«Siempre he querido que admiraseis mi ayuno», o Una mirada a Kafka

 

Philip Roth

A LOS ALUMNOS DE INGLÉS 275,

UNIVERSIDAD DE PENSILVANIA, OTOÑO DE 1972

 

«Siempre he querido que admiraseis mi ayuno», dijo el artista del hambre. «Lo admiramos de veras», replicó afablemente el supervisor. «Pero no deberíais admirarlo», dijo el artista del hambre. «Bien, entonces trataremos de no admirarlo —dijo el supervisor—, pero ¿por qué no habríamos de admirarlo?» «Porque he de ayunar, no puedo evitarlo», respondió el artista del hambre. «Hay que ver cómo eres —dijo el supervisor—, ¿y por qué no puedes evitarlo?» «Porque —respondió el artista del hambre, alzando un poco la cabeza y hablando con los labios fruncidos, como para dar un beso, al oído del supervisor, de modo que no pudiera perderse ninguna sílaba—, porque no podría encontrar la comida que me gusta. Si la hubiera encontrado, créeme, no habría hecho aspavientos y me habría atiborrado como cualquier otro.» Estas fueron sus últimas palabras, pero en sus ojos que se apagaban permaneció la firme aunque ya no orgullosa persuasión de que seguía ayunando.

 

FRANZ KAFKA, «Un artista del hambre»

 

 

1

 

Mientras escribo sobre Kafka, miro la fotografía que le hicieron a los cuarenta años (mi edad). Estamos en 1924, un año tan dulce y esperanzado como quizá jamás conoció otro en su vida, y el año de su muerte. Su rostro es anguloso y esquelético, el rostro de alguien que pide prestado: pómulos pronunciados que resaltan todavía más por la ausencia de patillas; las orejas, separadas de la cabeza, en forma de alas de ángel; una mirada intensa, anómala, de sobresaltada compostura: enormes temores, un enorme dominio de sí mismo; una negra toalla de cabello levantino enrollada al cráneo, su único rasgo sensual; hay un familiar ensanchamiento judío en el puente de la nariz, y la misma nariz es larga y algo cargada en la punta, la nariz de la mitad de los chicos judíos que fueron amigos míos en la escuela de enseñanza media. Cráneos cincelados así fueron sacados a millares, una palada tras otra, de los hornos crematorios. De haber vivido, el suyo habría estado entre ellos, junto con los cráneos de sus tres hermanas menores.

Por supuesto, no es más espeluznante pensar en Franz Kafka en Auschwitz que pensar en cualquier otro en el mismo lugar; el hecho en sí es horroroso. Pero él murió demasiado joven para el Holocausto. De haber vivido, tal vez habría huido con su buen amigo Max Brod, que encontró refugio en Palestina y fue ciudadano de Israel hasta que murió allí en 1968. Pero ¿huir Kafka? Parece improbable para un hombre tan fascinado por el miedo a ser atrapado y las carreras que culminan en una muerte angustiada. Sin embargo, ahí está Karl Rossmann, su pardillo americano. Tras haber imaginado la huida de Karl a Norteamérica y la variada suerte que tuvo aquí, ¿no podría Kafka haber encontrado la manera de ejecutar su propia huida? ¿No podría haberse convertido la Nueva Escuela de Investigación Social de Nueva York en su Gran Teatro Natural de Oklahoma? O tal vez, gracias a la influencia de Thomas Mann, un puesto en el departamento de alemán de Princeton… Claro que, de haber vivido Kafka, no hay ninguna seguridad de que los libros que Mann celebraba desde su refugio de Nueva Jersey hubieran llegado jamás a publicarse. Finalmente Kafka podría haber destruido los manuscritos que cierta vez le había pedido a Max Brod que hiciera desaparecer tras su muerte o, como mínimo, que siguiera manteniéndolos en secreto. El refugiado judío que hubiera llegado a Norteamérica en 1938 no habría sido el «sin par humorista religioso» de Mann, sino un soltero frágil y libresco de cincuenta y cinco años, ex abogado de una compañía de seguros gubernamental de Praga, retirado con una pensión en Berlín cuando Hitler subió al poder… un autor, sí, pero de unos pocos relatos excéntricos que trataban sobre todo de animales, relatos de los que en Norteamérica nadie habría oído hablar y que solo un puñado de personas habrían leído en Europa; un K. sin hogar, pero sin la terquedad y la determinación de K., un Karl sin hogar, pero sin el espíritu juvenil y la resistencia de Karl; tan solo un judío lo bastante afortunado para haber salvado la vida, poseedor de una maleta con algunas prendas de vestir, unas fotos familiares, algunos recuerdos de Praga y los manuscritos, todavía sin publicar y hechos pedazos, de América, El proceso y El castillo, y (cosas más extrañas suceden) otras tres novelas fragmentadas, no menos notables que las singulares obras maestras que guarda para sí por timidez edípica, locura perfeccionista e insaciables anhelos de soledad y pureza espiritual.

 

 

Julio de 1923: Once meses antes de que muera en un sanatorio de Viena, Kafka encuentra de alguna manera la resolución para abandonar definitivamente Praga y el hogar paterno. Nunca hasta ahora ha tenido el menor éxito fuera de la familia, independiente de su madre, sus hermanas y su padre, ni ha sido escritor más que durante las pocas horas en las que no trabaja en el departamento legal de la Oficina de Seguros Contra Accidentes de los Trabajadores en Praga. Desde que se graduó en la universidad, ha sido, según todos los informes, el más diligente y escrupuloso de los empleados, aunque el trabajo le parece tedioso y enervante. Pero en junio de 1923 —hace unos meses y, debido a su enfermedad, está de baja laboral y cobra una pensión— conoce a una muchacha judía de diecinueve años en un centro turístico costero en Alemania, Dora Dymant, empleada del campamento vacacional del Hogar Judío de Berlín. Dora ha abandonado a su familia ortodoxa polaca para vivir por su cuenta (con la mitad de la edad que tiene Kafka). Ella y Kafka, que acaba de cumplir los cuarenta, se enamoran… Por entonces Kafka se ha relacionado con dos jóvenes judías algo más convencionales —con una de ellas, en dos ocasiones—, compromisos agitados y angustiosos, rotos en buena medida por sus temores. «Soy mentalmente incapaz de casarme —le escribe a su padre en la carta de cuarenta y cinco páginas que le dio a su madre para que se la entregara—… en cuanto decido casarme ya no puedo dormir, la cabeza me arde de día y de noche, la vida ya no puede llamarse vida.» Explica el motivo. «El matrimonio me está vedado —le dice a su padre—, porque es tu dominio. A veces imagino el mapa del mundo desplegado y tú estás tendido en diagonal encima de él. Y me siento como si pudiera considerar la posibilidad de vivir solo en las regiones que no cubres o a las que no puedes dar alcance. Y en consonancia con la idea que tengo de tu magnitud, no son unas regiones muy numerosas ni muy cómodas, y el matrimonio no figura entre ellas.» La carta que explica lo que va mal entre este padre y este hijo está fechada en noviembre de 1919. A la madre le pareció mejor no entregarla siquiera, tal vez por falta de valor, probablemente, como el hijo, por falta de esperanza.

Durante los dos años siguientes, Kafka trata de tener una relación amorosa con Milena Jesenká-Pollak, una apasionada joven de veinticuatro años que ha traducido algunos de sus relatos al checo y vive en Viena, donde su matrimonio no la hace feliz. Su aventura con Milena, que se desarrolla de un modo febril pero en general por correspondencia, es incluso más desmoralizadora para Kafka que los temibles compromisos con las buenas muchachas judías. Tan solo despiertan los anhelos de paterfamilias a los que no se atreve a ceder, unos anhelos inhibidos por el exagerado temor reverencial que siente hacia su padre («hechizado —dice Brod—, por el círculo familiar») y el hechizo hipnótico de su propia soledad; pero la checa Milena, impetuosa, frenética, indiferente a las restricciones convencionales, una mujer con apetitos y que puede encolerizarse, despierta en él unas ansias y unos temores más elementales. Según un crítico de Praga, Río Preidner, Milena era «psicopática»; según Margaret Buber-Neumann, que vivió dos años a su lado en el campo de concentración donde Milena murió tras una operación de riñón en 1944, tenía una gran lucidez y era extraordinariamente humana y valerosa. La necrológica de Kafka escrita por Milena fue la única importante que apareció en la prensa praguense. Es una prosa fuerte, como lo son las afirmaciones que hace sobre los logros de Kafka. Aún es solo veinteañera, al difunto apenas se le conoce como escritor más allá de su pequeño círculo de amigos, y, sin embargo, Milena describe: «Su conocimiento del mundo era excepcional y profundo, y él mismo era un mundo profundo y excepcional… [Tenía] una delicadeza de sentimientos que lindaba con lo milagroso y una claridad mental tremendamente intransigente, y en cambio achacaba a su enfermedad toda la carga de su temor mental a la vida […] Escribió los libros más importantes de la reciente literatura alemana». Uno puede imaginar a esta joven vibrante extendida en diagonal sobre la cama, tan imponente para Kafka como su mismo padre extendido sobre el mapa del mundo. Las cartas que le dirige son inconexas, distintas a todos sus demás textos editados, y la palabra «miedo» aparece en una página tras otra. «Los dos estamos casados, tú en Viena, yo con mi Miedo en Praga.» Ansía apoyar la cabeza en su pecho, la llama «madre Milena». Durante al menos uno de sus dos breves encuentros, no puede superar la impotencia. Finalmente tiene que decirle que le deje, una orden que ella cumple, aunque se queda llena de aflicción. «No me escribas —le dice Kafka—, y no volvamos a vernos. Solo te pido que cumplas discretamente esta solicitud mía; solo en esas condiciones será posible mi supervivencia; todo lo demás continúa el proceso de destrucción.»

Entonces, a comienzos del verano de 1923, durante una visita a su hermana, que estaba pasando las vacaciones con sus hijos en la costa del mar Báltico, conoce a la joven Dora Dymant, y antes de que transcurra un mes Franz Kafka se ha ido a vivir con ella en dos habitaciones de un barrio periférico berlinés, por fin fuera del alcance de las «garras» de Praga y del hogar. ¿Cómo es posible? ¿Cómo él, que está enfermo, ha logrado de una manera tan rápida y decisiva ese alejamiento del que fue incapaz cuando más sano estaba? El corresponsal apasionado que podía usar interminables subterfugios acerca del tren que tomaría para ir a Viena y reunirse con Milena (si es que iba a su encuentro para pasar el fin de semana); el pretendiente burgués con cuello alto que, durante el prolongado sufrimiento del compromiso con la decorosa Fräulein Bauer, redacta en secreto un memorándum para sí mismo, donde rebate los argumentos «en pro» del matrimonio con los argumentos «en contra»; el poeta de lo inaferrable y lo no resuelto, cuya creencia en la inamovible barrera que separa el deseo de su realización ocupa el centro de sus espantosas visiones de derrota; el Kafka cuya obra refuta cada ensoñación fácil, conmovedora, humana de salvación, justicia y satisfacción con unos sueños contrarios llenos de densas imaginaciones que se burlan de todas las soluciones y huidas… este Kafka huye. ¡De la noche a la mañana! K. atraviesa los muros del Castillo, Joseph K. evade su acusación, «un absoluto desprendimiento de ello, una manera de vivir totalmente fuera de la jurisdicción del Tribunal». Sí, la posibilidad de la que Joseph K. acaba de tener un atisbo en la catedral, pero que ni puede sondear ni llevar a cabo («no […] alguna influyente manipulación del caso, sino […] sortearlo»), Kafka la realiza en el último año de su vida.

¿Fue Dora Dymant o fue la muerte la que señaló el nuevo camino? Tal vez no pudo haber sido la una sin la otra. Sabemos que el «vacío ilusorio» que K. contemplaba, al entrar por primera vez en el pueblo, alzar la vista a través de la niebla y la oscuridad y ver el Castillo, no era más vasto e incomprensible que la idea de sí mismo como marido y padre era para el joven Kafka; pero parece que ahora, la perspectiva de una Dora para siempre, de una esposa, un hogar e hijos para siempre ya no es la aterradora y desconcertante perspectiva que en otro tiempo habría sido, pues ahora «siempre» no es más que unos meses. Sí, el Kafka moribundo está decidido a casarse, y escribe al padre ortodoxo de Dora pidiéndole la mano de su hija. Pero la muerte inminente que ha resuelto todas las contradicciones e incertidumbres en Kafka es el mismo obstáculo colocado en su camino por el padre de la joven. ¡Se le niega al moribundo Franz Kafka la solicitud de unirse en su invalidez a la sana y joven Dora Dymant!

Si no hay un padre que se interpone en el camino de Kafka, hay otro… y otro detrás de él. El padre de Dora, escribe Max Brod en su biografía de Kafka, «fue con la carta [de Kafka] a consultar al hombre que más respetaba, cuya autoridad contaba para él más que ninguna otra cosa, el “Gerer Rebbe". El rabino leyó la carta, la dejó a un lado y no dijo más que una sola sílaba: “No"». No. El mismo Klamm no podría haber sido más brusco ni distar más del solicitante. No. Con su áspera irrevocabilidad, tan revelador e inevitable como la amenaza, similar a una maldición, que le hiciera su padre a Georg Bendemann, aquel prometido frustrado: «Toma a tu novia del brazo y trata de interponerte en mi camino. ¡La arrebataré de tu lado, no sabes cómo!». No. No poseerás, dicen los padres, y Kafka acepta que así sea. El hábito de la obediencia y la renuncia, y también su propio desagrado por los enfermos y su reverencia a la fuerza, el apetito y la salud. «“¡Bien, llevaos esto de aquí!", dijo el supervisor, y enterraron al artista del hambre, con paja y todo. En la jaula pusieron a una joven pantera. Incluso a los más insensibles les parecía reconfortante ver a aquella criatura salvaje dando saltos por la jaula que había sido deprimente durante tanto tiempo. La pantera estaba bien. Los ayudantes le traían sin vacilar la comida que le gustaba; ni siquiera parecía añorar su libertad; su noble cuerpo, provisto de todo cuanto necesitaba casi hasta el punto de reventar, también parecía acarrear consigo la libertad; parecía acechar entre sus mandíbulas; y la alegría de la vida brotaba con tan ardiente pasión de su garganta que a los espectadores no les resultaba fácil resistir la conmoción que producía. Pero se armaban de valor, rodeaban la jaula y nunca querían irse de allí.» Así pues, no es no; él lo sabía bien. Una saludable muchacha de diecinueve años no puede, no debe, ser entregada en matrimonio a un hombre enfermo que le dobla la edad, que escupe sangre («¡Te sentencio a morir ahogado!», grita el padre de Georg Bendemann) y se agita en la cama con fiebre y escalofríos. ¿Qué clase de sueño tan poco propio de Kafka había estado Kafka soñando?

Y aquellos nueve meses pasados con Dora tienen aún otros elementos «kafkianos»: un duro invierno en habitaciones con una calefacción inadecuada; la inflación que convierte en una miseria su magra pensión y que envía a las calles de Berlín a los hambrientos y necesitados cuyo sufrimiento, dice Dora, hace que el rostro de Kafka se le vuelva «gris ceniza»; y sus pulmones tuberculosos, la carne transformada y castigada. Dora cuida del escritor enfermo con tanta entrega y ternura como la hermana de Gregor Samsa cuida de su hermano, el insecto. La hermana de Gregor toca tan bien el violín que Gregor «tuvo la sensación de que se abría ante él el camino hacia la desconocida nutrición que ansiaba». ¡En el estado en que se encuentra, sueña con enviar a su dotada hermana al conservatorio de música! La música de Dora es el hebreo, que le lee en voz alta a Kafka, con tal habilidad que, según Brod, «Franz reconoció su talento dramático. Siguiendo su consejo y orientada por él, más adelante ella se educó en el arte…».

Solo Kafka no es una sabandija para Dora Dymant ni para sí mismo. Lejos de Praga y del hogar de su padre, Kafka, a los cuarenta años, por fin parece haberse librado del odio a sí mismo, las dudas y aquellos impulsos de dependencia y modestia, cargados de culpabilidad, que casi le habían vuelto loco cuando tenía veinte y treinta años. De repente parece haberse desprendido de esa desesperación irremediable y constante que informa las grandes fantasías punitivas de El proceso, En la colonia penitenciaria y La metamorfosis. Años atrás, en Praga, le había pedido a Max Brod que destruyera todos sus papeles, incluidas tres novelas inéditas, después de su muerte. Ahora, en Berlín, cuando Brod le presenta a un editor alemán interesado por su obra, Kafka acepta la publicación de un volumen de cuatro relatos, y consiente, dice Brod, «sin mucha necesidad de largos argumentos para persuadirle». Con la ayuda de Dora, reanuda diligentemente el estudio del hebreo. A pesar de su enfermedad y del duro invierno, viaja a la Academia de Estudios Judíos de Berlín para asistir a una serie de conferencias sobre el Talmud, un Kafka muy diferente del distanciado melancólico que cierta vez escribió en su diario: «¿Qué tengo en común con los judíos? Apenas tengo nada en común conmigo mismo, y debería quedarme muy quieto en un rincón, satisfecho de poder respirar». Y para señalar más el cambio, tiene una relación sosegada y feliz con una mujer. Con esa joven y adorable compañera es juguetón, es pedagógico y, cabe conjeturar a la luz de su dolencia (y de su felicidad), es casto. Si no un marido (como el que ha procurado ser con la convencional Fräulein Bauer), si no un amante (como el que ha procurado en vano ser con Milena), parece haberse convertido en algo no menos milagroso en su visión del mundo: un padre, una especie de padre para aquella hija que se portaba con él como una madre, como una hermana. «Al despertar una mañana Franz Kafka, tras un sueño intranquilo, se encontró en la cama convertido en padre, escritor y judío.»

«Acabo de completar la construcción de mi madriguera —comienza el largo, exquisito y tedioso relato que escribió aquel invierno en Berlín—, y parece haber sido un éxito […] Precisamente el lugar donde, según mis cálculos, debería estar la torre del homenaje, el suelo estaba muy disgregado y era arenoso, y tenía que golpearlo literalmente hasta darle un estado firme que sirviera como muro de la hermosa cámara abovedada. Mas para esas tareas la única herramienta que poseo es mi frente. Así que tuve que correr con la frente contra el suelo miles y miles de veces, durante días y noches, y me alegré cuando brotó la sangre, porque eso probaba que las paredes empezaban a endurecerse. De esa manera, como todo el mundo debe admitir, pagué generosamente por mi torre del homenaje.»

La madriguera es la historia de un animal con un agudo sentido del peligro cuya vida se organiza alrededor del principio de defensa y cuyos más profundos anhelos son los de seguridad y serenidad. Con dientes y uñas, además de la frente, el animal construye un complejo e ingeniosamente intrincado sistema de cámaras subterráneas y corredores destinados a proporcionarle cierta tranquilidad. Sin embargo, aunque esa madriguera consigue reducir la sensación de peligro procedente del exterior, su mantenimiento y protección están igualmente cargados de inquietud: «estas inquietudes son distintas de las ordinarias, más orgullosas, de un contenido más rico, a menudo largamente reprimidas, pero en sus efectos destructivos tal vez sean iguales que las inquietudes a las que da lugar la existencia en el mundo exterior». El relato, cuyo final se ha perdido, termina cuando el animal está atento a unos lejanos ruidos subterráneos que le hacen «suponer la presencia de una gran bestia» que se está amadrigando en dirección a la torre del homenaje.

Otro sombrío relato de encierro y de obsesión tan absoluta que es imposible distinguir entre el personaje y su difícil situación. Sin embargo, esta ficción imaginada en los últimos meses «felices» de su vida tiene un espíritu de reconciliación personal y de aceptación sardónica de sí mismo, una tolerancia de la propia y peculiar locura, que no son evidentes en La metamorfosis. La aguda y masoquista ironía del anterior relato de animales, como de El juicio y El proceso, ha cedido aquí el paso a una crítica del yo y sus preocupaciones que, aunque bordea la chanza, ya no trata de resolverse en imágenes de la mayor humillación y derrota… Sin embargo, aquí hay algo más que una metáfora del ego demencialmente defendido, cuyo esfuerzo por obtener la invulnerabilidad produce un sistema defensivo que, a su vez, debe convertirse en objeto de perpetua preocupación; hay también una fábula muy poco romántica y muy realista sobre cómo y por qué se hace arte, un retrato del artista con todo su ingenio, inquietud, aislamiento, insatisfacción, implacabilidad, obsesión, hermetismo, paranoia y adicción a sí mismo, un retrato del pensador mágico al final de su cadena, el Próspero de Kafka… Este relato de una vida en un agujero es incesantemente evocador, pues, en última instancia, recuerda la proximidad de Dora Dymant durante los meses que Kafka estuvo trabajando en La madriguera en las dos habitaciones mal caldeadas que eran su hogar ilícito. Ciertamente un soñador como Kafka no necesita haber penetrado jamás el cuerpo de la joven para que su tierna presencia encienda en él la fantasía de un orificio oculto que promete «deseo satisfecho», «ambición colmada» y «profundo sueño», pero que, una vez penetrado y en posesión de uno, despierta los temores más atroces y desgarradores de castigo y pérdida. «Por lo demás trato de desentrañar los planes de la bestia. ¿Deambula o está trabajando en su propia madriguera? Si está deambulando, entonces tal vez sería posible llegar a un entendimiento. Si consigue entrar en la madriguera, le daré parte de lo que tengo almacenado y se irá de nuevo. Se irá de nuevo, ¡una buena historia! Tendido en mi montón de tierra, naturalmente puedo soñar con toda clase de cosas, incluso con un entendimiento con la bestia, aunque sé muy bien que eso no puede suceder, y que en el instante en que nos veamos, más aun, en el momento en que meramente cada uno conjeture la presencia del otro, mostraremos a ciegas nuestras garras y dientes…»

Murió de tuberculosis de los pulmones y la laringe el 3 de junio de 1924, un mes antes de cumplir los cuarenta y uno. Dora, inconsolable, susurra durante días: «Mi amor, mi amor, mi buen amor…».

 

 

2

 

1942. Tengo nueve años. Mi profesor de la escuela de hebreo, el doctor Kafka, tiene cincuenta y nueve. Los niños que deben asistir a su clase «de cuatro a cinco» cada tarde lo conocen como doctor Kishka, en parte porque es un extranjero exótico y melancólico, pero sobre todo porque volcamos sobre él nuestra inquina por tener que aprender una caligrafía antigua a la hora en que deberíamos estar desgañitándonos en el campo deportivo. Confieso que ese nombre se lo puse yo. Su aliento agrio, perfumado por los jugos intestinales a las cinco de la tarde, creo que hace que la palabra yiddish que significa «entrañas» sea especialmente reveladora. Es cruel, sí, pero la verdad es que me habría cortado la lengua de haber imaginado que el nombre se convertiría en una leyenda. Soy un niño mimado, y todavía no me considero persuasivo ni, todavía, una fuerza literaria en el mundo. Mis chistes no hacen daño; ¿cómo van a hacerlo, si soy tan adorable? Y si no me creéis, solo tenéis que preguntar a mi familia y a los maestros de mi escuela. Ya a los nueve años, con un pie en la universidad y el otro en las montañas Catskills. Como soy tan buen cómico judío fuera de la clase, durante el trayecto de regreso a casa desde la escuela de hebreo en el crepúsculo divierto a mis amigos Schlossman y Ratner con una imitación de Kishka, sus precisos y maniáticos ademanes profesionales, su acento alemán, su tos, su melancolía. «¡Doctor Kishka!», grita Schlossman, y se lanza violentamente contra el puesto de periódicos que pertenece al propietario de la confitería a quien Schlossman vuelve un poco loco cada noche. «¡Doctor Franz… doctor Franz… doctor Franz Kishka!», chilla Ratner, y mi regordete amiguito, que vive un piso por encima del mío y solo se alimenta de leche con chocolate y Mallomars, no deja de reír hasta que, como de costumbre (su madre me ha pedido que «le eche un vistazo» por ese motivo), se moja los pantalones. Schlossman aprovecha la humillación de Ratner para sacar una hoja que está entre las páginas del cuaderno del chico y sacudirla en el aire. Es el ejercicio que el doctor Kafka nos acaba de devolver, calificado. Nos había pedido que hiciéramos un alfabeto propio, con líneas rectas y curvas y puntos. «En eso, y nada más que en eso, consiste un alfabeto —nos había explicado—. En eso consiste el hebreo, como el inglés. Líneas rectas, líneas curvas y puntos.» El alfabeto de Ratner, por el que ha recibido un aprobado, parece veintiséis cráneos colgados en hilera. A mí me ha puesto un sobresaliente por un alfabeto con florituras, inspirado en gran parte, como parece haber supuesto el doctor Kafka, dado su comentario en lo alto de la página, en el número ocho. A Schlossman le ha suspendido por haberse olvidado incluso de hacerlo, y al muchacho no parece afectarle mucho. Está contento, está encantado con las cosas tal como son. Tan solo agitar una hoja de papel en el aire y gritar «¡Kishka! ¡Kishka!», le hace delirar de felicidad. Todos deberíamos ser tan afortunados.

En casa, a solas a la luz de mi flexo (que después de cenar enchufábamos en la cocina, donde estudiaba), la visión de nuestro profesor refugiado, delgado como un palo y vestido con un raído traje azul de tres piezas, ya no es muy divertida, sobre todo después de que toda la clase de hebreo para principiantes, de la que soy el alumno más estudioso, se toma en serio el nombre de Kishka. Mi culpabilidad despierta fantasías redentoras de heroísmo, que tengo a menudo acerca de los «judíos en Europa». He de salvarlo. Si no lo hago yo, ¿quién lo hará? ¿El demoníaco Schlossman? ¿El pequeño Ratner? Y si no es ahora, ¿cuándo? Pues en las últimas semanas me he enterado de que el doctor Kafka vive en una habitación en casa de una anciana dama judía, en la desastrada parte inferior de la avenida Avon, por donde todavía pasa el trolebús y los negros más pobres de Newark arrastran los pies sumisamente calle arriba y abajo, como si creyeran que todavía están en Mississippi. Una habitación. ¡Y dónde! El piso de mi familia no es ningún palacio, pero por lo menos es nuestro, mientras paguemos el alquiler de 38,50 dólares al mes. Y aunque nuestros vecinos no son ricos, se niegan a ser pobres y se niegan a ser sumisos. Con lágrimas de vergüenza y lástima en los ojos, corro a la sala de estar para decirles a mis padres lo que he oído, aunque no que lo oí durante un rápido juego de pelota un minuto antes de la clase contra la pared trasera de la sinagoga (peor todavía, jugando directamente debajo de una vidriera de colores que tiene grabados los nombres de los muertos): «Mi profesor de hebreo vive en una habitación».

Mi madre me dice que le invite a cenar. ¿Aquí? Pues claro, aquí, el viernes por la noche. Estoy segura de que puede soportar una comida casera, me dice, y una agradable compañía. Entretanto, mi padre telefonea a mi tía Rhoda, que vive con mi abuela y la atiende, tanto a ella como a sus plantas en macetas, en el bloque de pisos que está en la esquina de nuestra calle. Durante casi dos décadas mi padre ha ido presentando a la hermana «pequeña» de mi madre a los solteros y viudos judíos del norte de Jersey. Hasta ahora no ha tenido suerte. Tía Rhoda, que es «decoradora de interiores» en el departamento de lencería del Gran Oso, un enorme mercado de la industrial Elizabeth, lleva rellenos en el sostén (una información que me ha facilitado mi hermano mayor) y blusas transparentes de volantes, y es creencia familiar que se pasa cada día horas en el baño, aplicándose polvos y recogiéndose el cabello bastante rígido en un peinado espectacular sobre la cabeza. Pero a pesar de tanto brío y exhibición, según mi padre «todavía tiene miedo a las cosas de la vida». Él, sin embargo, no se arredra y le administra terapia con regularidad y gratuitamente: «Déjales que te aprieten, Rhoda… ¡Es agradable!». Soy carne de su carne y no puedo reconciliarme con la idea de mantener una conversación tan escandalosa en nuestra cocina… pero ¿qué pensará el doctor Kafka? Sin embargo, ya es demasiado tarde para hacer nada. Mi padre, inasequible al desaliento, ha puesto en marcha la pesada maquinaria casamentera, y los suaves motores de la orgullosa hospitalidad doméstica de mi madre ya ronronean. Arrojarme a los engranajes para tratar de detener la máquina… bueno, eso sería como empeñarse en causar la ruina de la compañía Bell Telephone de Nueva Jersey por el procedimiento de dejar descolgado nuestro receptor. Solo el doctor Kafka puede salvarme ahora. Pero a mi invitación musitada responde, con una reverencia formal que me hace sonrojar (¿quién ha visto jamás a una persona hacer semejante cosa fuera de la pantalla del cine?), que para él sería un honor cenar en casa con mi familia. «Mi tía —me apresuro a decirle—, también estará allí.» Parece ser que he dicho algo un tanto cómico, y resulta curioso ver sonreír al doctor Kafka. Suspirando, me dice: «Será un placer conocer a tu tía». ¿Conocerla? Se supone que ha de casarse con ella. ¿Cómo voy a advertirle? ¿Y cómo advierto a tía Rhoda (gran admiradora mía y de mis calificaciones escolares) acerca de su aliento agrio, su palidez de realquilado, sus maneras del Viejo Mundo, que no armonizan en absoluto con alguien como ella, tan al día? Tengo la sensación de que la cara me va a arder por combustión espontánea, y prenderá el fuego que engullirá la sinagoga con Torá incluida, cuando veo que el doctor Kafka anota nuestra dirección en su agenda y, debajo, unas palabras en alemán. «¡Buenas noches, doctor Kafka!» «Buenas noches y gracias, muchas gracias.» Me doy la vuelta y echo a correr, pero no lo hago bastante rápido: en la calle oigo a Schlossman, ¡ese demonio!, que anuncia a mis compañeros de clase, que se están aporreando mutuamente a la luz de la lámpara al pie de los escalones de la sinagoga (donde también tiene lugar un juego de cartas, organizado por los chicos que se preparan para la bar mitzvah): «¡Roth ha invitado a Kishka a su casa! ¡A comer!».

¡Vaya trabajo que hace mi padre con Kafka! ¡Vaya rollo publicitario a favor de la dicha familiar! ¡Lo que significa para un hombre tener dos hijos estupendos y una mujer maravillosa! ¿Puede el doctor Kafka imaginar lo que es eso? ¿La emoción? ¿La satisfacción? ¿El orgullo? Le habla a nuestro visitante de la red de parientes de su madre que se reúnen en una «asociación familiar de unas doscientas personas que viven en siete estados, ¡incluido el estado de Washington! Sí, parientes incluso en el Lejano Oeste: aquí están sus fotografías, doctor Kafka; este es un hermoso libro que publicamos totalmente por nuestra cuenta a cinco dólares el ejemplar, fotos de cada miembro de la familia, incluidos los bebés, y una historia familiar escrita por «Tío Lichtblau», el patriarca del clan, que tiene ochenta y cinco años. Este es el boletín de nuestra familia, que se publica dos veces al año y se distribuye a todos los parientes de uno a otro lado del país. Esto que ve aquí, enmarcado, es el menú del banquete de la asociación familiar, celebrado el año pasado en una sala de baile de la YMHA, la Asociación de Jóvenes Hebreos, de Newark, en honor de la madre de mi padre al cumplir setenta y cinco años. Mi madre, se informa el doctor Kafka, ha servido seis años consecutivos como secretaria y tesorera de la asociación familiar. Mi padre ha sido presidente durante dos años, lo mismo que cada uno de sus tres hermanos. Ahora tenemos catorce muchachos en la familia de uniforme. Philip escribe una carta a cinco de sus primos que están en el ejército cada mes. «Religiosamente», tercia mi madre, acariciándome el pelo. «Tengo el firme convencimiento —dice mi padre—, de que la familia es la piedra angular de todo.»

El doctor Kafka, que ha escuchado con suma atención el discurso de mi padre, manejando los diversos documentos que le han pasado con gran delicadeza y examinándolos con una especie de embelesamiento que me recuerda a mí mismo cuando contemplo las filigranas de mis sellos, se expresa sobre el tema de la familia por primera vez. «Estoy de acuerdo», dice en voz baja, y vuelve a inspeccionar las páginas de nuestro libro familiar. «Estar solo —dice mi padre, como conclusión—, estar solo, doctor Kafka, es lo que hace una piedra.» El doctor Kafka, dejando el libro suavemente sobre la reluciente mesita baja de mi madre, concede con un gesto de asentimiento que así es. Los dedos de mi madre enroscan ahora los rizos detrás de mis orejas, aunque en ese momento no soy consciente de lo que hace, ni ella tampoco. Ser acariciado es mi vida; acariciarnos, a mí, a mi padre y a mi hermano, es la suya.

Mi hermano se va a una reunión de los Boy Scouts, pero solo después de que mi padre le haya hecho colocarse, con su pañuelo al cuello, ante el doctor Kafka, y le haya descrito a este las habilidades que ha dominado para ganarse cada una de sus insignias. Entonces mi padre me invita a traer a la sala de estar mi colección de sellos y mostrarle al doctor Kafka mis sellos triangulares de Zanzíbar. «¡Zanzíbar!», exclama mi padre, extasiado, como si yo, que aún no tengo diez años, hubiera ido allí y regresado. Mi padre nos acompaña al doctor Kafka y a mí a la galería, donde mis peces tropicales nadan en el aireado, caldeado e higiénico paraíso que les he creado con mi asignación semanal y el gelt que me dieron en la Hanukkah. Me estimula a contarle al doctor Kafka lo que sé sobre el temperamento del pez ángel, la función del siluro y la vida familiar de ese pececillo negro azabache habitual en los acuarios. Sé bastante. «Todo esto lo hace por su cuenta —le dice mi padre a Kafka—. Cuando me da una conferencia sobre uno de esos peces, es el séptimo cielo, doctor Kafka.» «Me lo imagino», replica Kafka.

De regreso a la sala de estar, mi tía Rhoda emprende de improviso un monólogo bastante abstruso sobre los «cuadros escoceses», dirigido, según parece, exclusivamente a la edificación de mi madre. Por lo menos mira con fijeza a mi madre mientras habla. Todavía no la he visto mirar directamente al doctor Kafka; ni siquiera se ha vuelto hacia él durante la cena, cuando él le preguntó cuántos empleados había en el Gran Oso. «¿Cómo voy a saberlo?», replicó ella, y siguió conversando con mi madre, acerca de un carnicero que le atendería «bajo mano» si podía encontrarle medias de nailon para su esposa. No se me ocurre pensar que no mira al doctor Kafka porque es tímida, pues, a mi modo de ver, nadie que se emperifolle de esa manera puede ser tímido. Solo puedo pensar que está molesta. Es su aliento. Es su acento. Es su edad.

Estoy equivocado: resulta ser lo que tía Rhoda llama el «complejo de superioridad» del profesor. «Ahí sentado, mirándonos desdeñosamente de esa manera», dice mi tía, ahora ella misma un tanto superior. «¿Mirándonos desdeñosamente?», repite mi padre, incrédulo. «¡Sí, y riéndose de nosotros!», dice tía Rhoda. Mi madre se encoge de hombros. «No me ha parecido que se riera.» «Puedes tener la seguridad de que se lo estaba pasando en grande… a nuestra costa —replica Rhoda—. Conozco al hombre europeo. Por dentro todos se creen señores de la casa solariega.» «¿Sabes una cosa, Rhoda? —le dice mi padre, con la cabeza ladeada y señalándola con un dedo—. Creo que te has enamorado.» «¿De él? ¿Estás loco?» «Es demasiado callado para Rhoda —interviene mi madre—. Creo que es un poco tímido. Rhoda es una mujer muy animada y necesita gente animada a su alrededor.» «¿Tímido? ¡No es tímido! Es un caballero, eso es todo. Y está solo», dice mi padre enérgicamente, mirando furibundo a mi madre por llevarle la contraria en detrimento de Kafka. Mi tía Rhoda casi tiene cuarenta años… no es precisamente una remesa de bienes flamantes lo que trata de colocar. «Es un caballero, es un hombre educado, y os diré algo, daría lo que fuera por tener un buen hogar y una esposa.» «Bien —dice mi tía Rhoda—, pues que encuentre una, si es tan educado. Alguien que esté a su altura, ¡a quien no tenga que mirar despectivamente con sus grandes y tristes ojos de refugiado!» «Sí, está enamorada», anuncia mi padre, apretando triunfalmente la rodilla de Rhoda. «¿De él? —exclama ella, y al ponerse en pie de un salto el tafetán de su falda crepita a su alrededor como una hoguera—. ¿De Kafka? —Suelta un bufido—. ¡A un viejo como él no le daría ni la hora!»

El doctor Kafka telefonea e invita al cine a mi tía Rhoda. Estoy asombrado, tanto de que él llame como de que ella acepte. Parece ser que en la vida hay más desesperación de la que he observado hasta ahora en mi acuario. El doctor Kafka lleva a mi tía Rhoda a ver una obra teatral que representan en la YMHA. El doctor Kafka cena el domingo con mi abuela y mi tía Rhoda y, al atardecer, acepta con una reverencia el cuenco de sopa de cebada que mi abuela le insta a llevarse de regreso a su habitación en el autobús número 8. Al parecer, le ha gustado mucho la jungla de plantas en macetas de mi abuela, por lo que a ella el hombre le ha caído la mar de bien. Juntos hablaban en yiddish de jardinería. Un miércoles por la mañana, solo una hora después de que hayan abierto la tienda, el doctor Kafka aparece en el departamento de lencería del Gran Oso y le dice a tía Rhoda que quiere ver el lugar donde trabaja. Esa noche escribe en su diario: «Con los clientes es directa y alegre, y tal es su autoridad en materia de “gusto" que cuando le oigo explicar a una novia joven y llenita el motivo de que el verde y el azul no “casan", estoy dispuesto a creer que la naturaleza se equivoca y R. tiene razón».

Una noche, a las diez, el doctor Kafka y tía Rhoda vienen a casa inesperadamente, y se improvisa una fiestecita en la cocina: café y tarta, incluso un dedo de whisky, para celebrar la reanudación de la carrera de tía Rhoda en el escenario. Yo solo he oído hablar de las ambiciones teatrales de mi tía. Mi hermano dice que cuando yo era pequeño ella solía venir los domingos a divertirnos a los dos con sus marionetas (en aquel entonces estaba empleada en la WPA para viajar por toda Nueva Jersey y montar espectáculos de marionetas en escuelas e incluso en iglesias). Tía Rhoda ponía voz a todas las marionetas y, con una ayudante, manipulaba los muñecos que pendían de sus hilos. Al mismo tiempo había sido miembro del Teatro Colectivo de Newark, una troupe organizada principalmente para visitar a los grupos de trabajadores en huelga y representar ante ellos Esperando a Lefty. Todo el mundo en Newark (tal como yo lo entendía) había puesto grandes esperanzas en que Rhoda Pilchik llegara a actuar en Broadway, todo el mundo excepto mi abuela. Este período de la historia me resulta tan difícil de creer como la era de los habitantes de los lagos que había estudiado en la escuela. La gente dice que en el pasado fue así, por lo que me lo creo, pero de todos modos resulta difícil conceder a tales relatos la categoría de verídicos, dada la clase de vida que veo a mi alrededor.

Sin embargo, mi padre, que es un realista muy ávido, está en la cocina con un vasito de schnapps en la mano, brindando por el éxito de tía Rhoda. Le habían dado uno de los papeles estelares en la obra maestra rusa Las tres hermanas, que representaría al cabo de un mes y medio el grupo de aficionados de la YMHA. Todo, anuncia tía Rhoda, todo se lo debe a Franz y su estímulo. Una conversación («¡Una!», exclama ella alegremente) y al parecer el doctor Kafka convenció a mi abuela de que los actores son seres humanos serios, pese a que durante toda su vida ella había creído lo contrario. Y qué actor es él, por derecho propio, dice tía Rhoda. Cómo le ha abierto los ojos al significado de las cosas al leerle la famosa obra de Chéjov, sí, leérsela desde la primera línea hasta que cae el telón, todos los papeles, y al final a ella le habían brotado las lágrimas. Al llegar aquí, tía Rhoda dice: «Escuchad, escuchad, esta es la primera línea de la obra… es la clave de todo. Escuchad… me hace pensar en la noche en que murió papá, cuando no dejaba de preguntarme qué iba a ser de nosotros, qué haríamos… y… y… escuchad…».

«Te estamos escuchando», replica mi padre, riendo.

Y también yo la escuchaba desde la cama.

Hubo una pausa. Ella debía de haber ido al centro del suelo de linóleo de la cocina.

«Hoy hace un año que murió papá», dijo, al parecer un poco sorprendida.

«Chiss —le advirtió mi madre—. Harás que el pequeño tenga pesadillas.»

No soy el único que ve en mi tía una «persona cambiada» durante las semanas de ensayos. Mi madre dice que es tal como era de pequeña. «Las mejillas rojas, siempre esas mejillas rojas y calientes… y todo le entusiasmaba, hasta darse un baño.» «Se calmará, no te preocupes —dice mi padre—, y entonces él planteará la cuestión.» «Toquemos madera», replica mi madre. «Vamos —dice mi padre—, sabe qué es lo que le conviene. Viene a esta casa, ve qué clase de familia somos y, créeme, se relame. Solo tienes que verle cuando se sienta en esa butaca. Este es su sueño hecho realidad.» «Rhoda dice que en Berlín, antes de Hitler, tuvo relaciones con una chica, que duraron años y años hasta que ella le dejó por otro. Se cansó de esperar.» «No te preocupes —dice mi padre—, cuando llegue el momento le daré un empujoncito. Tampoco él va a vivir eternamente, y lo sabe.»

Entonces, un fin de semana, como un respiro de la «tensión» de los ensayos nocturnos (a los que el doctor Kafka acude con regularidad, mirando, con el sombrero y el abrigo puestos, desde el fondo del auditorio, hasta que llega el momento de acompañar a casa a tía Rhoda), hacen un viaje a Atlantic City. Desde que llegó a estas tierras, el doctor Kafka ha querido ver el famoso paseo entablado y el caballo que se lanza al agua desde el trampolín. Pero en Atlantic City sucede algo que no se me permite saber. Siempre que hablan del asunto en mi presencia lo hacen en yiddish. El doctor Kafka envía a Rhoda cuatro cartas en tres días. Ella viene a cenar con nosotros y permanece sentada en la cocina llorando hasta medianoche. Telefonea a la YMHA para decirles, entre sollozos, que su madre sigue enferma y que no puede ir a ensayar de nuevo, que tal vez incluso tenga que abandonar la obra. No, no puede, no puede, su madre está demasiado enferma, ¡ella misma está demasiado trastornada! ¡Adiós! Entonces vuelve a la mesa de la cocina y sigue llorando. No lleva polvos rosados ni rojo de labios, y su cabello castaño y rígido, sin recoger en lo alto de la cabeza, es espeso y en punta como una escoba nueva.

Mi hermano y yo escuchamos desde nuestro dormitorio, a través de la puerta discretamente entreabierta.

«¿Lo habéis visto alguna vez? —pregunta tía Rhoda, llorando—. ¿Habéis visto alguna vez tal cosa?»

«Pobre…», dice mi madre.

«¿Quién? —le susurro a mi hermano—. ¿Tía Rhoda o…?»

«¡Chiss! —replica él—. ¡Calla!»

En la cocina mi padre gruñe: «Hmmm… hmmm». Le oigo levantarse, ir de un lado a otro y sentarse de nuevo, y entonces vuelve a gruñir. Aguzo tanto el oído que puedo oír el sonido de las cartas al ser dobladas y desdobladas, al ser colocadas de nuevo en sus sobres y al ser extraídas para examinar una vez más su sorprendente contenido.

«¿Y bien? —pregunta mi tía Rhoda—. ¿Y bien?»

«¿Y bien qué?», replica mi padre.

«Bien, ¿qué quieres decir ahora?»

«Él es meshugeh —admite mi padre—. Algo no le funciona bien, desde luego.»

«¡Pero nadie me creería cuando lo dijera!», solloza tía Rhoda.

«Rhody, Rhody —la arrulla mi madre con esa voz que conozco desde las ocasiones en que me tenían que poner unos puntos, o cuando me despertaba llorando, en el suelo al lado de mi cama—. No te pongas histérica, Rhody, cariño. Se ha terminado, pequeña, ya ha pasado.»

Tiendo la mano hacia la cama gemela de mi hermano y tiro de la manta. No creo haber estado nunca tan confuso en toda mi vida, ni siquiera ante la experiencia de la muerte. ¡La velocidad de las cosas! ¡Todo desmoronado en un momento! ¿Por qué? «¿Qué? —susurro—. ¿Qué pasa?»

Mi hermano, el niño explorador, sonríe lascivamente y, con un silbido que no es una respuesta y, al mismo tiempo, es una respuesta suficiente, responde a mi perplejidad: «¡El sexo!».

Once años después, cuando estudio el primer curso en la universidad, recibo un sobre que contiene la necrológica del doctor Kafka, recortada de The Jewish News, el periódico sensacionalista de asuntos judíos que envían semanalmente a los hogares de los judíos del condado de Essex. Es verano, ha terminado el curso, pero he seguido en la universidad, solo en mi habitación de la pequeña ciudad, tratando de escribir relatos breves. Me alimentan un joven profesor de inglés y su esposa a cambio de que les haga de canguro. Les digo a la simpática pareja, que también me presta el dinero del alquiler, por qué no voy a casa. De todo lo que puedo hablar durante la cena con ellos es de las penosas peleas con mi padre. «¡Apártalo de mí!», le grito a mi madre. «Pero cariño, ¿qué pasa? —me pregunta ella—. ¿A qué viene todo esto?» La misma pregunta con la que yo acosaba a mi hermano, y que ahora me hacen a mí con la misma perplejidad e inocencia. «Él te quiere», me explica.

Pero me parece que precisamente eso es lo que me obstaculiza el camino. A otros les afectan las críticas paternas… ¡yo me siento oprimido por la alta opinión que tiene de mí! ¿Puede ser cierto (y puedo admitir tal cosa) que le estoy odiando porque me quiere tanto? ¿Porque me alaba de esa manera? Pero eso no tiene sentido… ¡qué ingratitud! ¡Qué estupidez! ¡Qué empeño en llevar la contraria! Que te quieran es con toda evidencia una bendición, la mayor de las bendiciones, la alabanza no es algo que te concedan a menudo. No hay más que escuchar por la noche a mis amigos más íntimos de la revista literaria y la asociación teatral… cuentan horrores de la vida familiar que rivalizan con El camino de la carne, regresan anonadados de las vacaciones, como si hubieran sufrido un bombardeo, regresan a las clases como si vinieran de la guerra. ¡Lo que habrían dado por calzar mis zapatillas doradas! «¿Qué ocurre?», me ruega mi madre que le diga. Pero ¿cómo voy a hacerlo cuando yo mismo no puedo creer del todo que nos esté sucediendo eso, o que sea yo el que está haciendo que suceda? ¡Que ellos, que juntos despejaron todos los obstáculos de mi camino, me parezcan ahora mi definitivo obstáculo! No es de extrañar que mi furor deba filtrarse a través de las lágrimas infantiles de vergüenza, confusión y sensación de pérdida. Todo lo que juntos hemos construido en el curso de dos largas décadas del siglo, y mirad cómo he de derribarlo ahora… ¡en nombre de esta tiránica necesidad a la que llamo mi «independencia»! Mi madre, que mantiene abiertas las líneas de comunicación, me envía una nota a la universidad: «Te echamos de menos», e incluye la breve necrológica. En el margen, al pie del recorte, ha escrito (con la misma caligrafía con que escribía notas a mis maestros y firmaba mis tarjetas de calificaciones, aquella misma caligrafía que en el pasado facilitó mi camino en el mundo): «¿Recuerdas al pobre Kafka, el novio de tía Rhoda?».

La nota dice: «El doctor Franz Kafka, profesor de hebreo y la Torá del Talmud en la sinagoga de la calle Schley entre 1939 y 1948, murió el 3 de junio en el Centro Deborah de Medicina Cardiaca y Pulmonar, en Brown Mills, Nueva Jersey. El doctor Kafka había estado ingresado en el centro desde 1950. Tenía setenta años de edad. El doctor Kafka había nacido en Praga, Checoslovaquia, y era un refugiado de los nazis. No deja supervivientes».

Tampoco deja ningún libro: ni El proceso ni El castillo ni los diarios. Nadie reclama los papeles del difunto, y desaparecen… todos excepto esas cuatro cartas meshugeneh que todavía hoy, por lo que sé, están en alguna parte entre los recuerdos acumulados por mi tía solterona, junto con una colección de reproducciones de carteleras de Broadway, citas de ventas del Gran Oso y pegatinas de vapores transatlánticos.

Así desaparece todo rastro del doctor Kafka. Puesto que el destino es el destino, ¿cómo podría ser de otro modo? ¿Llega el agrimensor al Castillo? ¿Huye K. del juicio del Tribunal o Georg Bendemann del juicio de su padre? «“¡Bien, llevaos esto de aquí!", dijo el supervisor, y enterraron al artista del hambre, con paja y todo.» No, sencillamente no está en las cartas que Kafka vuelva a ser jamás el Kafka… vamos, eso sería incluso más extraño que un hombre transformándose en un insecto. Nadie se lo creería, y Kafka el que menos.