El último de la estirpe

  

Fleur Jaeggy

 

Taciturnos y lunáticos los criados estaban sentados en la cocina. El primogénito de una familia grisona circula por la casa seguido de sus perros, exhaustos y sacudidos por temblores. Los gemidos, filamentos de sueños vagabundos, parecen una voz femenina, ronca y doliente. Esperan con extrema sumisión la ejecución. La mirada velada. Las órbitas amarillentas vueltas hacia el amo, Caspar, un viejo solterón.

Su estirpe termina con él y comenzó en los retratos en la pared de un largo pasillo, en las semblanzas de Ursulina. Esposa, madre y viuda. Tres virtudes teologales. Ausentes en la expresión de su rostro tanto la fe como la esperanza y la caridad. Sus descendientes, junto a ella en la pared, como si no hubieran tenido existencia real, permanecen en los retratos. La última generación son niños. Anton de siete años y Stefano de nueve. Están de pie, expresan una suavísima apatía. Son los hermanos de Caspar. Tras posar para el retrato, parecen decir: «Ya no estamos ahí». Y así ocurrió más o menos. Era un día de invierno. El paisaje blanco asomaba por las ventanas estrechas. La casa estaba construida como una fortaleza, aislada del resto del pueblo, y mentalmente aislada del resto del mundo. Los lagos estaban helados. Caspar patinaba. Atravesó muchas veces el lago. Se estrelló con violencia sobre las placas de hielo. ¿Quería acaso atraparlas? La inmortalidad no le convencía del todo. Tenía once años. En el bosque, la nieve friable, vítrea.

En la casa el silencio es brutal. Caspar ostentaba una altanera, hermética frialdad. No tomó en consideración las lágrimas. Había intentado llorar, quería ver el dolor manifestarse en la cara. Nadie se percata del dolor, ni siquiera él mismo. Estaba asustado. Habían jugado juntos y de pronto habían palidecido, como presos de un embrujo. Poco después, Anton y Stefano están muertos. Caspar es pródigo en preguntas. Indiferente a las respuestas. La muerte, había pensado, nos hace prisioneros. Y él, como un condenado a pensamientos forzados, no encontró mejor salida que sentarse en la cocina con el servicio e interrogarles. Olía a pan recién hecho. La chimenea, encendida. Se ponen de pie. Nunca lo habían hecho antes. Todos a la vez gritaron que estaban dolidos. Se sientan pesadamente. Escuchan la voz de Caspar. Tenían los dedos entrelazados encima de la mesa, como trozos de leña pesada. Cada una de sus palabras salía lentamente de su boca. Los ojos serenos. Las frentes surcadas por la ausencia de júbilo. Eran soberbios y parecían reyezuelos. «Nosotros no sabemos», contestaron al fin. Por el tono parecía que aludieran a alguna amenaza, o simplemente, a que de ellos únicamente se esperaba la ignorancia. El niño pregunta una vez más: «¿Acaso se atrevieron a buscar a quien ya no está?». Contestaron a coro. Ellos no van en busca de milagros, ni de corderos votivos.

En el fondo del pasillo los cuernos, regalos del ciervo. Él es el santo protector de los retratos. No tiene ojos, sino huesos. Él es el que ostenta la majestad, fue Ursulina quien, durante la cacería, lo siguió con los anteojos. Los dos aún parecen mirarse. El uno está sin ojos, la otra lleva los iris pintados. Se ha notado. Los cervatillos de Rhäzüns hacían la ronda alrededor de la casa y entraban a mirar a su rey. Tímidos y curiosos, alzaron la mirada hacia su progenitor. Los cervatillos tal vez no sepan qué son los huesos de una criatura abatida, pero reconocieron el trofeo.

Ursulina no participó en el almuerzo de la cacería, desdeña comer carne. Le habían asignado un lugar en la cabecera de la mesa. Ya era viuda. Y no está bien visto que una viuda se mezcle con los hombres y la caza. Permaneció en su aposento, sentada cerca de la chimenea. Los perros jadeantes y sudados a sus pies. Olían mal.

Tras hablar con el servicio, Caspar se dirigió a la Divinidad. Al no saber lo que era, salvo de un modo más bien oscuro, se dirigió a la nada. Y la nada pasó a llamarse Divinidad. Presentó el nombre ante los retratos de sus hermanos. Según él, los hermanos, por fuerza, sí debían de conocer a la Divinidad. Le parece que los retratos se burlan de él. Todavía no había encontrado una visión adecuada de la nada. Para identificarla bastaba con decir: «Nada». Era como un juego. El sonido de la palabra. El servicio oyó al niño pronunciar: «Nada». Pensaron que se había vuelto loco. Más rico tras la muerte de los hermanos y, de paso, loco. Caspar observó lentamente los retratos. Quiso vestirse como ellos, una camisita blanca y una chaqueta color fango y ciénaga. Al cuello se anudó un pañuelo de encaje. Habría sido fácil estrangularse. Bastaba con apretar. Está ridículo con un pañuelo de encaje. Habría sido fácil morir. Todas las soluciones que le acudían a la mente le parecían degradantes. Un dolor, pensó, vuelve indiferentes las estaciones. ¿Era el pasado, cuando desaparecieron? Es el silencio que surge, como una llama. Y él está solo.

Los recuerdos acudían segados de golpe, en siete días, dejando en la nieve algunas formas. El paso apesadumbrado de un hombre que se hunde, el paso ligero de un cuervo. Le parece que la memoria poco tiene que ver con el recuerdo. Porque ya no tiene recuerdos. El color de los ojos de los hermanos padecía lagunas. Cualquier objeto tenía el color de los ojos de los hermanos. Se mimetizaba. No con el cielo. Era un extraño injerto de tintes.

Al día siguiente Caspar arrojaba bolas de nieve a los retratos. Se comportaba como antes, de hecho la nieve no había cambiado. Golpeaba con sus flechitas el corazón de los retratos, el corazón de sus hermanos. Para quitar las flechitas se armaba de un matacandelas.

El viejo montero se había percatado de que el niño, el último de la estirpe, divagaba con los muertos. Era un hombre que se volvió bueno tras la terrible fatalidad. Arnold desgracias nunca padeció. Las desgracias permanecieron siempre muy lejanas a su comprensión. Incluso las que leía en los periódicos. Quedaban lejos del cantón. Lejos del valle, de los bosques y, si alguna vez ocurría algo en la montaña, se encogía de hombros. Su cabeza era indemne a la idea de un acontecimiento trágico. Muy voluminosa. Aun así no se consideraba afortunado. Pero cayó en la cuenta de que se había vuelto bueno. Y de que sería cada vez más bueno. De este modo participaba en la vida de cada día. Empezó a experimentar un tenue y agudo placer al descubrir su comprensión del dolor ajeno. Rodeaba a Caspar de un gran afecto y atenciones, que el niño no retribuía. Esto suscitaba en él un afecto y una devoción aún mayores.

Tenía ante sí los mejores años, los que le quedan. Poder respirar, vivir el dolor de los demás. Servir al dolor. Caspar juega y él participa en la terrible desgracia. Tiene tan poco que hacer. Habían ya contratado a un nuevo montero, joven, que se pasaba los días por ahí. Y ahora Arnold podía permitirse el lujo, así decía, de sufrir. Y el sufrimiento le producía una maravillosa paz. Le habría gustado recorrer los Grisones e incluso el macizo del Jura predicando. Su especialidad habría sido la de predicar a los niños. ¿Cuántos Caspar habrá en los Grisones? Muchas veces en invierno desaparecen niños. Todas las mañanas Arnold les dejaba un cubo lleno de nieve. Esta dedicación no parecía gustarle a Caspar. Una vez el niño le cuenta que un hermano le había geschlagen, pegado. Y le había enseñado una pequeña herida en la sien. Una herida que no cicatrizaba. Fue entonces cuando el montero empezó a preocuparse. No lo dejaba un segundo. Lo seguía por todas partes. La inquietud perjudicó el afecto. «Tú impides que mi hermano me hiera», dijo con rabia Caspar. Se arrojó contra el anciano montero con una fuerza sobrehumana. El viejo cayó y su cabeza se golpeó con un hierro en forma de hoz, en una esquina del pasillo, que sirve para limpiarse las suelas. Caspar se inclinó sobre el cuerpo robusto tumbado en el suelo. Le susurró al oído: «¿Por qué te has entrometido? No puedes entrometerte mit den toten Kindern, con los niños muertos. Es un sacrilegio». ¿Acaso no temía la condena de las imágenes? La mano gruesa del montero agarraba un pañuelo de encaje. Caspar intentó en vano arrancárselo.

El viejo solterón está sentado a la mesa para la comida, con sus perros. Helga y Alì. Bracos alemanes. Para los tres, mollejas al limón. Caspar es presa de nostalgia. Nostalgia de los niños del retrato. Le repugna la comida, la tira a los perros. Se llena un vaso de oporto. Es de noche. Los perros no tocan la comida si el amo no empieza. Espesas cortinas cubren las ventanas, pero se percibe el viento que sacude la vegetación. También los perros enderezan las orejas. Y husmean los pensamientos del amo.

Caspar siente nostalgia de sus hermanos, los hermanos que siempre permanecieron en los retratos. Ahora deben tomar una decisión. Hay quietud en la habitación, en la lejanía un sonido, casi un sonido originario que quiere ser oído como silencio. Procede, le parece, del lago helado. Es el lago que sueña.

Quieta relumbra una vela. La mano de Caspar despliega un testamento. Llama por su nombre a sus hermanos, pero el que le sale de la boca como una oración es su propio odioso nombre. Sus hermanos perdieron ya la exterioridad. Antaño en China se le daba nombre a un niño según el sonido de su voz. Las voces callan. Todo se cumple antes mismo de acaecer. Por compasión Caspar dispara a los perros. Y la pistola emula aquel gesto apuntando recta hacia Caspar. Estaba a punto de cumplir setenta y nueve años. Su deseo quedó satisfecho. No se mostró impaciente. Había augurado que uno de los niños del retrato lo mataría. De eso hace mucho tiempo.

Dicen en Rhäzüns que el último de una estirpe suele morir a manos de sus muertos, de sus hermanos. Caspar, cuando miraba los retratos, se preguntaba cuál de ellos sería su asesino. Por eso había empezado a hostigar sus imágenes. Las crisálidas. Los funerales se celebraron por todo lo alto. Los viejos de Rhäzüns, y también los niños, acompañaron la carroza casi bailando. La carroza, cual nave muerta, se deslizó en la nieve, ebria y silenciosa.