Despacio, despacio, a merced del viento

Patricia Highsmith

Edward (Skip) Skipperton estaba casi constantemente furioso. Él era así. De niño había tenido el genio vivo, y de mayor se impacientaba ante la lentitud, la estupidez o la ineptitud de las personas. Skipperton tenía ya cincuenta y dos años. Su esposa le había dejado hacía dos años, incapaz de seguir soportando sus rabietas. Conoció a un pacífico profesor de la Universidad de Boston, se divorció de Skipperton aduciendo incompatibilidad de caracteres, y se casó con el profesor. Skipperton hizo todo lo posible para conseguir la custodia de su hija Margaret, que por entonces tenía quince años, y con el asesoramiento de hábiles abogados y el argumento de que su esposa lo había abandonado para marcharse con otro hombre, lo consiguió. A los pocos meses del divorcio, Skipperton tuvo un grave ataque cardíaco que le dejó medio paralítico, pero logró recuperarse milagrosamente a los seis meses. Sin embargo, los médicos le advirtieron muy en serio que debía tomar precauciones.

—Skip, es cuestión de vida o muerte. O dejas de fumar y de beber inmediatamente, o mueres antes de tu próximo cumpleaños.

Estas fueron las palabras del especialista del corazón.

—Debes hacerlo por Margaret —le dijo el médico de cabecera—. Has de dejar de trabajar, Skip. Dinero tienes de sobra. Y dado tu carácter, estás metido en una profesión poco indicada. De acuerdo, sí, has conseguido grandes cosas, pero lo que te queda de vida es más importante, ¿no crees? ¿Por qué no te pones a vivir como un rico hacendado o algo por el estilo?

Skipperton se dedicaba a asesorar a directores de empresa. En la vida entre bastidores de los grandes negocios, Skipperton era persona famosa. Trabajaba por su cuenta. Las empresas que se encontraban a punto de quebrar le llamaban para que las reorganizara, las reformara y despidiera personal… Los consejos de Skip eran seguidos totalmente a ciegas.

—¡Voy yo y los despierto con una patada en el culo! —decía Skip, impunemente grosero, cuando le entrevistaban, lo que no sucedía a menudo, pues él consideraba más útil pasar inadvertido.

En Maine, Skipperton compró Coldstream Heights, finca de casi tres hectáreas, con una granja muy modernizada, y contrató a un individuo de la zona, un tal Andy Humbert, para que viviera y trabajara en ella. Skipperton compró además algunas de las máquinas que el antiguo propietario se vio obligado a vender, pero no todas, pues no quería dedicarse plena y exclusivamente a la granja. Los médicos le habían recomendado un poco de ejercicio físico, sin esfuerzo de ninguna clase. Habían sido conscientes de que Skip no podía cortar a rajatabla sus vínculos con el mundo empresarial al que durante tantos años había asesorado. De vez en cuando se trasladaría a Chicago o a Dallas, pero oficialmente habíase declarado retirado de la profesión.

Margaret pasó de la escuela privada a la que asistía en Nueva York, a un pensionado suizo. Skipperton conocía Suiza, país que le gustaba y en el que tenía varias cuentas bancarias.

Skipperton dejó de beber y de fumar. Asombró a los médicos con su fuerza de voluntad… y, sin embargo, era característico en él cortar las cosas por lo sano, rápidamente, como un buen soldado. Ahora Skip se dedicaba a morder las pipas, y sólo se fumaba una por semana. Echó a perder también dos muelas de la mandíbula inferior, pero en Bangor se las hizo enfundar de acero. Skipperton y Andy criaban un par de cabras para que les mantuvieran la hierba, y una cerda que Skip compró ya preñada y que le dio doce lechones. Margaret escribía cartas repletas de amor filial, en las que decía que Suiza le gustaba mucho y que aprendía muchísimo francés. Skipperton había optado por vestirse con camisas de franela sin corbata, zapatillas de tenis y americanas de leñador. Su apetito había aumentado considerablemente, y él no tuvo más remedio que reconocer que se encontraba mejor.

La única espina en su nueva vida, espina absolutamente imprescindible para dar cierto sentido de normalidad a su existencia, era el individuo propietario de la finca vecina, un tal Peter Frosby, que se negaba a vender un pequeño trozo de terreno por el que Skipperton había llegado a ofrecer el triple de su verdadero valor. El terreno descendía suavemente a un riachuelo denominado Coldstream, linde natural por el norte entre las fincas de Skipperton y de Frosby, cosa que a Skipperton no molestaba en absoluto. A él le interesaba el trecho de río que pasaba más cerca de su casa y que se veía desde Coldstream Heights. Skipperton hubiera querido pescar un poco, poder decir que era propietario de aquel trozo de paisaje y disfrutar de ciertos derechos de ribereño. Pero el viejo Frosby no toleraba que nadie pescara en su riachuelo, según le dijeron los corredores de fincas, y esto a pesar de que la casa de Frosby se encontraba aguas arriba y fuera del campo de visión de la de Skipperton.

A la semana de la negativa de Peter Frosby, Skipperton decidió invitarle a su casa.

—Para conocernos… como vecinos —le había dicho Skipperton a Frosby por teléfono.

Hacía ya cuatro meses que Skipperton vivía en Coldstream Heights.

Skipperton tuvo buen cuidado de poner al alcance de la mano su mejor whisky, puros y cigarrillos —todo cuanto a él le estaba tajantemente vedado— para cuando apareciera Frosby en un Cadillac polvoriento pero nuevo, conducido por un joven a quien Frosby presentó como a su hijo Peter.

—Los Frosby no venden tierras de su propiedad —dijo Frosby a Skipperton—. Somos dueños de este paraje desde hace trescientos años y el río ha sido siempre nuestro.

Frosby, individuo delgaducho pero de aspecto robusto, de fríos ojos grises, se dedicaba a dar delicadas chupadas al cigarro, sin mostrar prisa por apurar el vaso de whisky que le habían servido más de diez minutos antes.

—No comprendo por qué le interesa tanto.

—Para pescar un poco —dijo Skipperton tratando de sonreír agradablemente—. Se ve desde la casa. Para bañarse en verano, por ejemplo.

Skipperton dirigió la mirada hacia Peter Junior, sentado al lado, detrás de su padre, con los brazos cruzados. Skipperton no contaba con más refuerzos que el destartalado Andy, hombre de probada eficacia en las labores del campo, pero que nada tenía que ver con su dinastía. Skipperton hubiera dado cualquier cosa (salvo su vida) por poder tener un vaso de whisky sin agua en una mano y un buen puro en la otra.

—Pues lo siento mucho —dijo por fin Skipperton—. Pero al menos reconocerá que el precio que yo le ofrezco no está nada mal: veinte mil al contado a cambio de doscientos metros de derechos de ribereño. Dudo mucho que se le vuelva a presentar tamaña oportunidad…, por lo menos en lo que le queda de vida.

—Lo que pueda quedarme de vida es lo de menos —declaró Frosby con una leve sonrisa—. Tengo a mi hijo.

El hijo era un apuesto muchacho de pelo negro y anchos hombros, más alto que su padre. Continuaba erguido, con los brazos cruzados sobre el pecho, como para ilustrar la actitud negativa de su padre. Habíase inclinado un poco para encender un cigarrillo que no tardó mucho en apagar. De todos modos, Peter Junior sonrió en el momento de partir, detrás de su padre, y comentó:

—Me gusta el trabajo que ha hecho en la casa, señor Skipperton. Ha quedado mucho mejor que antes.

—Gracias —dijo Skipperton complacido.

La amuebló con sillones y sillas de cuero de calidad, colgó cortinas espesas que llegaban hasta el suelo, y en la chimenea puso un par de morillos de bronce y unas tenazas del mismo metal.

—Detalles a la antigua que resultan simpáticos —observó Frosby en tono que a Skipperton se le antojó a medio camino entre el cumplido y la sorna—. Hacía mucho tiempo que no se veía un espantapájaros por la región; más de… Bueno, me parece que desde antes de mis tiempos.

—Me gustan las cosas anticuadas… como la pesca, por ejemplo —replicó Skipperton—. Estoy probando de cultivar maíz en aquel campo. Y lo que le corresponde es un buen espantapájaros, ¿no es cierto? El espantapájaros en el maizal.

Habló lo más amablemente que pudo, aunque estaba que trinaba. Hombre más tozudo que una mula, aquel Frosby de Maine, propietario de una hacienda adquirida por antepasados más vigorosos que él.

Frosby Junior miraba el retrato de Maggie, el que estaba sobre la mesa de la entrada, en marco de plata. La foto fue tomada cuando la niña tenía trece o catorce años, pero en su fina cara enmarcada por una lisa melena negra destacaba el perfecto perfil de su nariz y sus cejas, y la sutil sonrisa que años después la iban a convertir en una auténtica belleza. Ahora Maggie ya tenía dieciocho años, y las esperanzas de Skipperton al respecto habían sido colmadas.

—Hermosa muchacha —dijo Frosby Junior mirando a Skipperton, y luego a su padre.

Los tres estaban en el vestíbulo de la entrada, con aire ligeramente perdido.

Skipperton no respondió al comentario. El encuentro no había resultado. Skipperton no estaba acostumbrado a los fracasos. Miró a los ojos verdegrisáceos de Frosby y propuso:

—Se me ocurre otra idea. ¿Por qué no llegamos a un arreglo por el que yo usufructúo el terreno con carácter vitalicio, y después vuelve a sus manos o a las de su hijo? Le daría cinco mil al año. ¿Qué le parece?

Frosby sonrió de nuevo con expresión helada.

—No me parece bien, señor Skipperton. Gracias de todos modos.

—¿Por qué no lo discute con su abogado? Yo no tengo prisa.

Entonces Frosby soltó una risita.

—Aquí sabemos de leyes tanto como los abogados. En todo caso, conocemos los límites de nuestras propiedades. Encantado de haberle conocido, señor Skipperton. Muchas gracias por el whisky y… hasta otra.

No se estrecharon la mano. El Cadillac se puso en marcha.

—¡Maldito hijo de perra! —exclamó Skipperton entre dientes a Andy, pero éste se limitó a sonreír.

La vida era un juego, a fin de cuentas. A veces se gana, a veces se pierde.

Era a principios de mayo. El maíz había sido sembrado y Skipperton había ya detectado tres o cuatro brotes, muy robustos y verdes, que salían de la tierra parda cuidadosamente removida. Aquello le llenó de satisfacción y le recordó a los indios de la antigua América, a los antiquísimos mayas. ¡Maíz! Y además él tenía un espantapájaros al estilo clásico que habían confeccionado, un par de semanas antes, él y Andy. Revistieron los palos en cruz con una vieja americana, y los dos más largos, clavados perpendicularmente a los de arriba, con unos pantalones de color marrón. Skip había encontrado la ropa vieja en la buhardilla. Como remate pusieron un sombrero de paja que fijaron con un clavo en el extremo superior, y el monigote quedó perfecto.

Skip se marchó a San Francisco a trabajar cinco días en una empresa de aeronáutica paralizada por un pleito y atemorizada mortalmente por las amenazas de los sindicatos y las pérdidas de contratos. Skip la dejó con un mayor número de parados y con tres directores de patitas en la calle, pero saneada, a cambio de lo cual se embolsó la bonita suma de cincuenta mil dólares.

Como celebración del éxito conseguido y de la proximidad del verano, con la consiguiente llegada de Maggie, Skip mató de un tiro a uno de los perros de caza de Frosby, que, a la zaga de un ave caída, habíase aventurado en aguas que cruzaban su propiedad. Skipperton lo aguardó pacientemente desde la ventana de su dormitorio, en el piso de arriba, advertido por el ruido de las escopetas de la oportunidad del tiro. Skip se armó con unos prismáticos y un fusil de largo alcance. ¡Que Frosby osara quejarse! Acerca del respeto a la propiedad no se admitían bromas.

Skip casi se alegró cuando Frosby recurrió a los tribunales por el asunto del perro. Andy había enterrado el animal, obedeciendo órdenes de Skipperton, pero éste no tuvo inconveniente en confesar inmediatamente que él lo había matado de un tiro. Y el juez dictó sentencia a su favor.

Frosby palideció de cólera.

—Puede que así lo dicte la ley, pero no es humano. No es justo.

¡De nada le sirvió a Frosby decir eso!

El maíz de Skipperton creció hasta la altura de las caderas del espantapájaros, y todavía más. Skip pasaba muchos ratos en su dormitorio, con los prismáticos y el fusil cargado a mano, por si alguna otra cosa perteneciente a Frosby invadía su propiedad.

—No me dé a mí —le advirtió Andy con una risita de inquietud—. Usted apunta al margen de aquel campo de maíz, y yo voy allí de vez en cuando a limpiarlo de hierbas.

—¿Crees que no veo bien? —replicó Skip.

A los pocos días Skip tuvo la oportunidad de demostrar que sí, que veía perfectamente, al tumbar a un gato gris que perseguía a un pajarito o a una rata entre la alta hierba de la orilla de acá del río. A Skip le bastó con un solo tiro. No estaba muy seguro de que el gato perteneciera a Frosby.

El tiro ocasionó la visita en persona de Frosby Junior, al día siguiente.

—Sólo he venido para hacerle una pregunta, señor Skipperton. Ayer, mi padre y yo oímos un disparo, y por la noche echamos en falta uno de nuestros gatos, que no ha aparecido para comer, ni ayer ni esta mañana. ¿Sabe usted si le ha sucedido algo al gato?

Frosby Junior había rehusado cortésmente tomar asiento.

—Lo maté yo de un tiro. Estaba en mi propiedad —dijo Skipperton con calma.

—Pero el gato… ¿qué mal podía hacerle un gato?

El joven miró fijamente al rostro de Skipperton.

—La ley es la ley. La propiedad es la propiedad.

Frosby Junior sacudió la cabeza.

—Usted es un hombre sin corazón, señor Skipperton.

Después se marchó.

Peter Frosby volvió de nuevo a los tribunales, y el mismo juez de la vez anterior dictaminó que según una antigua ley inglesa y también según la ley americana, el gato es un animal merodeador por naturaleza, que no está sujeto al mismo control que un perro. Multó a Skipperton con la cantidad máxima de cien dólares, y le advirtió de que en el futuro procurara no irse de la mano con el fusil.

Lo cual irritó a Skipperton, a pesar de que fácilmente pudo permitirse el lujo de reírse de la parquedad de la multa. Si se le ocurriera algo verdaderamente enojoso, algo que de veras le asustara, el viejo Frosby tal vez bajara un poco la cabeza y se aviniera a arrendarle parte del riachuelo, pensó Skipperton.

Pero con la llegada de Margaret se olvidó del conflicto. Skip acudió a esperarla al aeropuerto de Nueva York, y juntos fueron a Maine en coche. Skip la encontró más alta, más llenita, y con un redondel de color rosa en ambas mejillas. ¡La chica era toda una belleza!

—En casa te espera una sorpresa —le dijo Skip.

—A ver… ¿Será un caballo, por casualidad? Te he dicho que este año he aprendido a saltar a caballo, ¿verdad?

¿Se lo había dicho? Skip contestó:

—Sí. Pero no es un caballo, no.

La sorpresa que le tenía guardada Skip era un Toyota rojo descapotable. De lo que sí se acordaba, por lo menos, era de que Margaret le había escrito que en la escuela estaba aprendiendo a conducir. La chica quedó extasiada, y se arrojó con los brazos abiertos al cuello de Skip.

—¡Eres un sol, papá! Además, ¿sabes?, tienes un aspecto estupendo.

Por Pascua, Margaret había pasado dos semanas en Coldstream Heights, pero ahora le pareció que la finca en general estaba mejor cuidada. Ella y Skip llegaron a eso de la medianoche, pero Andy aún no se había acostado y estaba mirando la televisión en la casita donde él moraba, en plena finca, y Margaret se empeñó en ir a saludarlo. Skip se puso muy ufano al ver cómo se agrandaban los ojos de Andy al mirar a la muchacha.

Skip y Margaret salieron al día siguiente a probar el nuevo coche. Fueron hasta un pueblo que había a unos treinta kilómetros y almorzaron en él. Aquella misma tarde, de regreso a casa, Maggie preguntó a su padre si tenía alguna caña de pescar, una caña sencilla, para probar fortuna en el riachuelo. Por supuesto que Skip disponía de una variada colección de cañas, pero no tuvo más remedio que decirle que no podía pescar, y hubo de explicarle la razón y que él había tratado de arrendar parte del riachuelo.

—Frosby es peor que una mula —dijo Skip—. No quiere ceder ni un palmo.

—No importa, papá. Hay muchas cosas que hacer.

Maggie era de la clase de chica que disfrutaba yendo a pasear, leyendo o correteando por la casa reordenando objetos para que tuvieran mejor aspecto. Y a esto se dedicó, precisamente, siempre que su padre pasaba una hora o más en el teléfono hablando con alguien de Dallas o de Detroit.

Skip se sorprendió un poco el día en que Maggie llegó a casa a eso de las siete de la tarde, en su Toyota, con tres truchas colgadas de un hilo, pescadas por ella. La muchacha apareció descalza y con los bajos de los pantalones empapados.

—¿Dónde has conseguido estos pescados? —preguntó Skip, sospechando en el acto que la muchacha, desobedeciéndole, había tomado una de sus cañas y se había ido a pescar al río.

—He conocido al chico que vive allí —dijo Maggie—. En la gasolinera, los dos estábamos llenando el depósito del coche, y él se me acercó a saludarme… Dijo que había visto una foto mía en tu casa. Después hemos tomado un café en el restaurante de la gasolinera…

—¿Con el hijo de Frosby?

—Sí. Es muy simpático, papá. Tal vez el antipático sólo sea el padre. En fin. Pete me ha dicho: «Ven a pescar conmigo esta tarde», y lo he hecho. Me ha dicho que su padre tiene el río bien surtido aguas arriba.

—No quiero… Francamente, Maggie. ¡No quiero que te trates con los Frosby!

—Son solamente dos —dijo Maggie desconcertada—. A su padre casi ni le he visto. Tienen una casa muy bonita, papá.

—He tenido un conflicto bastante desagradable con el viejo Frosby, ya te lo conté, Maggie. No me parece bien que ahora tú intimes con el hijo. Hazme este favor, te lo ruego, Maggie; tengamos un buen verano, muñeca.

La llamaba con ese apelativo cariñoso siempre que necesitaba sentirse más próximo a ella, cuando quería que ella se sintiera cercana a él.

Al día siguiente, Maggie estuvo fuera de casa casi tres horas, y Skip se dio cuenta. La chica dijo que iba al pueblo a comprarse un par de zapatillas de tenis y regresó a casa calzada con ellas, pero Skip no pudo evitar preguntarse por qué diablos había necesitado tres horas para hacer un viaje de ocho kilómetros. Hizo un esfuerzo enorme y no le preguntó nada a la muchacha. El sábado por la mañana, Maggie anunció que aquella noche había baile en Keensport, y que pensaba ir.

—Ya me temo con quién vas a ir —dijo Skip con el corazón acelerado por la adrenalina.

—Voy sola, te lo juro, papá. Las chicas ya no necesitan ir acompañadas. Podría ir con tejanos, pero no lo haré. Me pondré unos pantalones blancos.

Skipperton comprendió que no existía motivo para prohibirle ir al baile. Pero estaba seguro de que el hijo de Frosby también iría, y que probablemente se encontraría con Maggie en la puerta.

—¡Qué ganas tengo de que vuelvas a Suiza!

Skip preveía lo que iba a ocurrir. Estaba clarísimo. Su hija se había encaprichado de aquel chico, y lo único que él podía hacer era rezar para que no sucediera nada irreversible antes del comienzo de curso, cuando ella regresaría a la escuela (faltaba un mes), porque tampoco tenía ganas de mantenerla encerrada en casa, como en una cárcel. No quería quedar en ridículo ante sí mismo ni ante Andy, tiranizando a la muchacha.

Era evidente que aquella noche Maggie volvió muy tarde a casa, y con tanto sigilo que Skip ni la oyó, a pesar de que estuvo sin pegar ojo hasta las dos de la madrugada, resuelto a saber a qué hora regresaba. Pero Maggie se presentó a desayunar sorprendentemente descansada y radiante.

—¿Estaba el hijo de Frosby en el baile de anoche?

Repentinamente Maggie se quedó cabizbaja, con la mirada fija en su plato de huevos con jamón.

—No sé qué tienes en contra del muchacho, papá…, sólo porque su padre no te quiso vender una tierra que ha pertenecido a la familia desde hace muchos años…

—¡No me hace ninguna gracia que mi hija se enamore de un patán! Para eso no te mando a una buena escuela. Tú tienes toda una educación… o por lo menos trato de dártela.

—¿No sabes que Pete ha estudiado tres años en Harvard… y que ahora está cursando ingeniería electrónica por correspondencia?

—¡Bueno! Me imagino que debe de estudiar eso de la programación de los ordenadores. ¡Más sencillo que la mecanografía!

Maggie se levantó.

—Dentro de un mes cumplo dieciocho años, papá. No me da la gana que alguien me diga con quién puedo hablar y con quién no.

Skip, también de pie, rugió:

—¡No son gente de mi clase ni de la tuya!

Maggie salió de la estancia.

Skipperton estuvo varios días furioso y echó a perder, a mordiscos, dos o tres pipas. Andy, que notó su intranquilidad, no hizo ningún comentario, y pasó sus días de fiesta solo, mirando estupideces en la televisión. Skip recorrió a zancadas su propiedad mientras ensayaba el discurso que se disponía a dirigirle a Maggie, ciego a todo, a la cerda y a sus cerditos y al bonito huerto de Andy. Lo que Skip deseaba era dar con el resorte de la palanca, con el tipo de arma que nunca dejaba de encontrar cuando de asuntos empresariales se trataba y necesitaba hacer que las cosas siguieran un determinado camino. Mandar a Maggie a Suiza era imposible, aunque el internado permanecía abierto en verano para alojar a las chicas cuyos hogares estaban excesivamente alejados para el viaje. Si la amenazaba con no volverla a dejar ir a la escuela, corría el riesgo de darle una alegría. Skipperton mantenía abierto un piso en Nueva York, con dos sirvientes que dormían en él, pero estaba seguro de que Maggie se negaría a ir, y a él tampoco le divertía la idea. Le interesaba muchísimo el marco en que presentía iba a estallar la próxima batalla.

Llegó otro sábado, una semana después del baile de Keensport, y Skipperton se sentía exhausto y con las manos vacías. Aquella tarde, Maggie anunció que iba a una fiesta en casa de un tal Wilmers, que había conocido en el baile. Skip le pidió la dirección, Maggie se la escribió precisamente en el bloc del teléfono. Skip había acertado al pedírsela, porque la mañana del domingo Maggie todavía no había comparecido. Skip se levantó a las siete, esperó a que dieran las nueve, nervioso como un gato y lleno de rabia, y a esa hora juzgó que ya no sería incorrecto llamar a alguien aunque fuera domingo. Dios sabe lo que le costó esperar tanto rato.

Una voz de adolescente le informó que Maggie había ido a la fiesta, sí, pero que se había marchado muy temprano.

—¿Iba sola?

—No, iba con Pete Frosby.

—Es lo que quería saber —dijo Skip sintiendo que la sangre le subía al rostro como si le hubiera dado una hemorragia—. ¡Ah! ¡Un momento! ¿Y no sabe por casualidad adónde se dirigían?

—Pues no.

—¿Mi hija se fue en su coche?

—No, en el de Pete. El de Maggie todavía está aquí.

Skip dio las gracias al chico y colgó el aparato con manos temblorosas a causa de la energía que se desbordaba de todos sus nervios y músculos. Volvió a descolgar el teléfono y marcó el número de Frosby.

Contestó el viejo Frosby.

Skipperton se dio a conocer y preguntó si su hija se encontraba en su casa.

—No, aquí no está, señor Skipperton.

—¿Está su hijo? Me gustaría…

—No, en este momento no está.

—¿Cómo dice? ¿Debo entender que ha estado y ha vuelto a salir?

—Mire, señor Skipperton, mi hijo tiene su propia vida, su habitación particular, su llave. Y yo no…

Skipperton colgó el teléfono bruscamente. Le estaba sangrando la nariz a chorro, y salpicaba el borde de la mesa. Corrió a por una toalla mojada.

Maggie no compareció por casa ni la noche del domingo, ni la mañana del lunes, y Skipperton no quería avisar a la policía porque le horrorizaba la idea de que el nombre de su hija apareciera públicamente vinculado a un Frosby, en el caso de que la policía la encontrara en compañía del muchacho. El martes por la mañana, Skipperton tuvo noticias. Recibió una carta de Maggie, escrita en Boston. En ella contaba que se había fugado con Pete con la intención de casarse y evitar «escenas desagradables».

… Aunque te parezca precipitado, el hecho es que nos queremos y no dudamos de nuestro amor. La verdad es que no me apetecía volver al internado, papá. Tendrás noticias mías dentro de una semana. He ido a ver a mamá, pero no nos hemos instalado en su casa. Siento haber abandonado mi bonito coche nuevo, pero supongo que estará bien guardado.

Con cariño,

                                                                                                                                             MAGGIE

Skipperton estuvo dos días sin salir de casa, y casi sin probar bocado, sintiéndose como muerto en tres cuartas partes de su persona. Andy llegó a preocuparse en serio, y un buen día logró convencer a Skipperton de que le acompañara hasta el pueblo a hacer unas compras. Skipperton le acompañó, tieso como un cadáver, en el asiento del pasajero.

Mientras Andy compraba en la tienda y en la carnicería, Skipperton permaneció en el coche, con los ojos empañados por sus reflexiones secretas. Hasta que, de pronto, una forma que caminaba por la acera le obligó a fijar la mirada. ¡El viejo Frosby! Frosby avanzaba con un paso sorprendentemente elástico para sus años, pensó Skip. Iba vestido con un traje nuevo de tweed, con un sombrero de fieltro negro calado, y en la mano un puro. Skipperton hubiera querido evitar que Frosby le viera sentado en el coche, pero fue imposible.

Frosby no aminoró el paso, se contentó con su insultante sonrisita de labios estrechos, una señal con la cabeza, como diciendo…

Bueno, Skip no dudaba de lo que Frosby hubiera querido decir, de lo que significaba su asquerosa sonrisita. A Skip se le alborotó la sangre en las venas, y comenzó a recobrar su personalidad de antes. Cuando regresó Andy, Skip estaba de pie en la acera, con las manos metidas en los bolsillos y las piernas separadas.

—¿Qué hay para cenar esta noche, Andy? ¡Tengo mucho apetito!

Aquella noche Skipperton persuadió a Andy de que saliera el sábado por la noche y de que, además, pasara la noche fuera, si lo deseaba.

—Te daré dos billetes de cien para que eches una cana al aire, muchacho. Te lo mereces.

Skip puso tres billetes de cien dólares en la mano de Andy.

—Tómate el lunes también, si te apetece. Yo ya me las apañaré.

Andy se marchó el sábado a última hora de la tarde, en el autobús de Bangor.

Entonces Skip telefoneó al viejo Frosby. Frosby cogió el teléfono, y Skipperton dijo:

—Señor Frosby, en mi opinión ha llegado la hora de que hagamos las paces, ¿no cree? Teniendo en cuenta las circunstancias.

Frosby pareció sorprendido, pero se avino a presentarse en su casa el domingo a las once de la mañana para hablar. Frosby llegó en el mismo Cadillac de la vez anterior, pero solo.

Y Skipperton no perdió ni un minuto. Esperó a que Frosby llamara a la puerta, fue a abrir y en cuanto Frosby estuvo en el interior de la casa, le golpeó la cabeza con la culata del fusil. Arrastró el cuerpo hasta el vestíbulo para cerciorarse de que el trabajo estaba hecho. En el vestíbulo no había alfombra, y Skip no quería manchas de sangre por la casa. La venganza le supo a gloria, y casi se sonrió. Desnudó a Frosby y envolvió su cuerpo en tres o cuatro sacos de lona que tenía preparados. Luego quemó la ropa de Frosby en la chimenea, donde chisporroteaba un fuego de parcas proporciones. El reloj de pulsera de Frosby, su cartera y sus dos anillos los guardó Skipperton en un cajón, con el propósito de hacerlos desaparecer más tarde.

Había decidido que el mejor tiempo de llevar a cabo su plan era durante el día, a pleno sol, pues de noche hubiera podido llamar la atención con la luz de la linterna que se hubiera visto obligado a encender de vez en cuando. De modo que Skip pasó un brazo por la espalda del cadáver de Frosby y lo transportó a rastras al campo donde estaba el espantapájaros. A rastras todo un kilómetro. Skip llevaba un trozo de cuerda y una navaja en los bolsillos traseros. Hizo descender de un tajo el viejo monigote, cortó los cordeles con que habían atado la ropa a la cruz, vistió a Frosby con los viejos pantalones y la chaqueta, le ató un saco alrededor de la cabeza y de la cara, y le encasquetó el sombrero. Este no se mantenía en su sitio sin cordel, y Skip lo ató haciendo un par de agujeros en el ala con la punta de la navaja. Luego Skip recogió los sacos y se encaminó a la casa, por la bajada del campo, deteniéndose a menudo para mirar hacia atrás y admirar su obra, con abundancia de sonrisas. El espantapájaros casi no había cambiado de aspecto. Acababa de resolver un problema que a mucha gente le parecía imposible: cómo deshacerse de un cadáver. Y para colmo, podría disfrutar de su vista tranquilamente desde las ventanas de arriba con la ayuda de unos prismáticos.

Skip quemó los sacos en la chimenea, y se aseguró de que incluso las suelas de los zapatos quedaran reducidas a ceniza blanda. Cuando ésta se enfrió, la removió para buscar los botones y la hebilla del cinturón, y los apartó. Tomó una horca, se encaminó hacia la parte de atrás de la cuadra del cerdo y enterró la cartera (cuyos papeles ya había quemado), el reloj de pulsera y los anillos, a un metro de profundidad. En aquel trozo de tierra sólo se criaba una hierba correosa que servía como pasto para las cabras, y allí nadie hubiera soñado plantar nada.

Después Skip se lavó las manos y la cara, comió una gruesa tajada de buey cocido al horno, y se dispuso a pensar en lo que iba a hacer con el coche. Eran ya las doce y media. Skip no sabía si Frosby tenía sirvientes, si alguien le esperaba en casa para almorzar, pero pensó que lo más seguro era suponer que sí. La hostilidad que le había inspirado el viejo Frosby le impidió preguntar detalles a Maggie sobre cómo funcionaba su casa. Skip se metió en el coche de Frosby, sin olvidarse de tomar un paño de cocina, que se guardó en el bolsillo trasero, para borrar las huellas digitales, y se dirigió a unos bosques por los que recordaba haber pasado varias veces. De la carretera principal salía un camino sin asfaltar que se adentraba en el bosque, camino que Skip tomó. Gracias a Dios no había nadie a la vista, ni un leñador ni un solo excursionista. Skip detuvo el coche y se apeó, frotó el volante, las llaves de contacto y la puerta, y después volvió caminando a la carretera.

Para regresar a casa necesitó más de una hora. Había encontrado un bastón largo, del tipo que acostumbraban llevar los vagabundos de antes, pensó Skipperton, y caminó con aire de amante de la naturaleza o de observador de aves, en consideración a los pocos conductores con quienes se cruzó por la carretera. No miraba los coches. Era ya la hora del copioso almuerzo dominical.

La policía de la zona telefoneó aquella tarde, a eso de las siete, y preguntó si podía hacerle una visita. Skipperton dijo que sí, por supuesto.

Había sacado los botones y la hebilla de entre las cenizas de la chimenea. Cerca de la una y media, llamó una mujer por teléfono (Skip supuso que era una criada) y preguntó si estaba el señor Frosby. Skipperton contestó que el señor Frosby salió de la casa poco después de las doce.

—¿Sabe usted si el señor Frosby salió con la intención de regresar derecho a su casa? —preguntó el regordete policía a Skipperton.

El policía debía de ser sargento o algo así, pensó Skipperton, e iba acompañado de otro más joven.

—No dijo nada de adónde iba —replicó Skipperton—. Y no me fijé en la dirección que tomaba el coche.

El policía asintió en silencio, y Skip notó que estaba a punto de decir algo parecido a «Tengo entendido, por lo que me ha dicho el ama de llaves del señor Frosby, que ustedes dos no mantenían relaciones muy cordiales», pero el polizonte lo debió de pensar mejor y cambió de idea, limitándose a inspeccionar la sala de estar de Skip y a dar una ojeada a los patios delantero y trasero de la casa, con aire desconcertado. Luego, los dos agentes decidieron largarse.

A medianoche, Skip fue despertado por el timbre del teléfono que tenía en la mesita de noche. Era Maggie, que llamaba desde Boston. Ella y Pete sabían lo de la desaparición del padre de Pete.

—Papá, dicen que esta mañana fue a verte. ¿Qué pasó?

—No pasó nada. Yo le invité a que charláramos amistosamente… y así lo hicimos. A fin de cuentas, ahora somos parientes… Cariño, ¿cómo quieres que yo sepa adónde se dirigió después?

Skipperton se sorprendió de la facilidad con que podía mentir acerca de Frosby. En cierta manera, muy tosca, sus emociones habían sopesado y juzgado la situación, y Skip se convenció de que la razón estaba de su parte, de que la venganza tomada era justa, dadas las circunstancias. El viejo Frosby hubiera podido influir fácilmente sobre su hijo, mientras que él no. Skip había perdido a una hija…, no le cabía ninguna duda sobre ello; había perdido a Maggie. La veía como a una futura provinciana, entregada a sus hijos, y a éstos adoleciendo de la estrechez de miras que inevitablemente heredarían del viejo clan Frosby.

Andy llegó a la mañana siguiente, el lunes. En el pueblo ya le habían contado la historia, y también que la policía encontró el coche del señor Frosby en unos bosques no muy lejanos, dijo Andy. Skip fingió sorprenderse ligeramente al oír lo del coche. Andy no le hizo ninguna pregunta. ¿Y si descubría el espantapájaros? Skip supuso que con dinero podría comprar su silencio. Por aquel lado, el maíz ya había sido cosechado; sólo quedaban unas espigas de calidad inferior, para los cerdos. Skipperton en persona fue a segarlas el lunes por la tarde, mientras Andy estaba ocupado con los cerdos y las cabras.

La diversión de Skipperton fue, a partir de entonces, observar el campo de maíz desde la ventana de su dormitorio con sus prismáticos de diez aumentos. Le encantaba ver cómo el viento mecía los tallos del maíz en torno al cadáver del viejo Frosby; disfrutaba imaginando cómo debía encogérsele el cuerpo, cómo se secaba igual que una momia, a merced del viento. Retorciéndose despacio, despacio, a merced del viento, como decía un secretario de Nixon al referirse a los enemigos del presidente. Frosby no se retorcía, pero colgaba a la vista de todos, sin atraer a ningún ave de rapiña. A Skip la idea de las aves de rapiña le había atemorizado un poco. La única cosa que le preocupó fue que una vez, por la tarde, vio a unos colegiales caminando por la cuneta de la derecha de la carretera y apuntando con el dedo hacia el espantapájaros. Bien apoyado contra el alféizar de la ventana, con los brazos apretados contra ambos costados para mantener lo más firmemente posible los prismáticos, Skip vio reír a dos de los niños. ¿Y hubo uno que se tapó la nariz? ¡Imposible! ¡Si estaban a un kilómetro de distancia del monigote! De todos modos, hicieron un alto, un niño golpeó el suelo con el pie, y otro sacudió incrédulamente la cabeza y se rió.

¡Lo que Skip hubiera dado por poder oírlos! Habían pasado diez días desde la muerte de Frosby. Corrían numerosos rumores: que si el viejo Frosby había sido asesinado y desposeído de su dinero por un autoestopista, que si lo habían secuestrado y se esperaba una carta que especificara el rescate…

¿Y si uno de esos niños tenía la ocurrencia de decirle a su padre, o a quien fuera, que el cadáver de Frosby estaba dentro del espantapájaros? Era exactamente la clase de ocurrencia que Skipperton hubiera tenido de niño. Es decir, que Skipperton temía más a los niños que a la policía.

Y la policía volvió, con un inspector vestido de paisano. Inspeccionaron la casa y la tierra de Skipperton… en busca, quizá, de un trozo de terreno recién removido, pensó Skip. Fuera lo que fuera, el hecho es que no encontraron nada. Escudriñaron los dos fusiles de Skip y tomaron nota de su calibre y número de serie.

—Mera rutina, señor Skipperton —explicó el inspector.

—Lo comprendo.

Aquella misma noche, telefoneó Maggie para decir que estaba en casa de Frosby y que si podía hacerle una visita.

—¡No faltaba más! ¡Es tu casa! —contestó Skip.

—Bueno, es que nunca sé de qué humor voy a encontrarte… o con qué actitud —explicó Maggie cuando entró en la casa.

—Pues me parece que me encuentras de excelente humor. Y espero que tú seas feliz, Maggie, qué remedio.

Maggie llevaba sus bombachos azules, zapatillas deportivas y un jersey conocido. A Skip le costó convencerse de que estaba casada. La muchacha permaneció sentada con las manos cruzadas y mirando el suelo. Hasta que, de pronto, levantó los ojos, lo miró y dijo:

—Pete está muy apenado. No nos hubiéramos quedado una semana entera en Boston, de no haber creído que la policía estaba investigando a toda marcha. ¿Encontraste a Frosby deprimido? Pete piensa que no lo estaba.

Skip se echó a reír.

—¡Qué va! Estaba de muy buen humor. Contento de vuestra boda y de lo demás.

Skip esperó inútilmente que Maggie dijera algo.

—¿Vivirás en la casa de los Frosby?

—Sí. —Maggie se levantó—. Me gustaría llevarme unas cosidas, papá. He traído una maleta para ellas.

La calma de su hija, su tristeza, llegaron al alma de Skip. La chica había dicho que volvería a visitarle, pero no mencionó la posibilidad de que él fuera a verlos…, aunque Skip no hubiera ido por nada del mundo.

—Yo sé lo que hay dentro del espantapájaros —dijo un día Andy.

Skip se dio la vuelta, con los prismáticos en la mano, y vio a Andy de pie en la puerta de su dormitorio.

—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer al respecto? —preguntó Skip preparado para encajar cualquier cosa, con los hombros repentinamente enderezados.

—Nada, nada —contestó Andy con una sonrisa.

Skip se desconcertó, sin saber cómo tomárselo.

—Querrás que te dé dinero, ¿verdad, Andy? Un regalito… a cambio de tu silencio, ¿eh?

—No, señor —contestó Andy meneando la cabeza. En su rostro curtido por el viento se dibujaba una leve sonrisa. —Yo no soy de ésos.

¿Y cómo, realmente, debía tomárselo Skip? Él estaba acostumbrado a los hombres ávidos de dinero, de mucho dinero. Andy era distinto, saltaba a la vista. «Bueno; mejor, si no quiere dinero —pensó Skip—. Me saldrá más barato». Además, intuía que de Andy podía fiarse totalmente. ¡Qué extraño!

Las hojas comenzaron a caer en masa. Se aproximaba la fiesta de Todos los Santos, y Andy tomó la precaución de quitar la cancela de madera del sendero y guardarla, por lo que pudiera ser. Le dijo a Skip que los niños podían llevársela para quemarla en la hoguera. Andy conocía la zona. No era que los niños se dedicaran a hacer fechorías, pero de cada casa esperaban algo, o lo cogían ellos por su cuenta. Skip y Andy procuraron tener a mano gran cantidad de calderilla, maíz azucarado y regaliz, e incluso pusieron dos calabazas en la ventana, con caras esculpidas en su superficie por el propio Andy, para indicar a los recién llegados que los moradores de aquella casa participaban en los festejos. Cuando llegó la noche festiva, resultó que nadie absolutamente llamó a la puerta de Skip. En Coldstream, en casa de los Frosby, había una fiesta, según descubrió Skip por la música que hacía llegar el viento que soplaba de aquella dirección. Se imaginó a su hija bailando, pasándolo en grande. Quizá los invitados se hubieran puesto caretas y disfraces. Comerían pastel de calabaza con nata y jugarían a las adivinanzas o a la caza del tesoro. Skip se sintió solo por primera vez en su vida. Solo. Se moría de ganas de beber un whisky, pero decidió no faltar a su palabra, aunque sólo la hubiera empeñado ante sí mismo. Claro que acabó preguntándose el porqué. Puso las palmas de las manos contra la mesa de su tocador y miró fijamente el rostro que se reflejaba en el espejo. Vio arrugas que descendían de las aletas de la nariz hasta las comisuras de la boca, arrugas debajo de los ojos. Intentó sonreír, y la sonrisa le pareció totalmente falsa. Se puso de espaldas al espejo.

En aquel instante, sus ojos toparon con la luz de una linterna. Venía del exterior, del campo de arriba. Era una procesión, por lo menos eso le pareció, de ocho o diez figuras, que ascendían por el campo con linternas, antorchas o ambas cosas. Skip entreabrió un poco la ventana. Estaba rígido de rabia y de miedo. ¡Estaban en su propiedad! ¡Sin derecho! Y eran niños como no tardó en descubrir. Incluso en la oscuridad, por las antorchas de la procesión era fácil ver que las figuras no eran de la talla de los adultos.

Skip se dio la vuelta precipitadamente, decidido a llamar a gritos a Andy, pero luego cambió de idea. Bajó corriendo las escaleras y cogió su linterna, que era muy potente. No se paró a descolgar la americana de la percha, a pesar de que hacía bastante fresco.

—¡Eh! —gritó Skip después de haber corrido varios metros a campo través—. ¡Fuera de mi propiedad! ¿Qué hacéis caminando por mis tierras?

Los niños cantaban una canción totalmente insensata, con voces muy agudas, y no había ni uno que no desafinara. Era un canto absurdo, berreado a grito pelado. Skip oyó la palabra «espantapájaros»: Vamos a quemar el espantapájaros… o algo por el estilo.

—¡Eh, vosotros! ¡Salid de mi propiedad!

Skip tropezó, se dio un golpe en la rodilla y consiguió incorporarse de nuevo. Los niños le habían oído, de eso Skip estaba totalmente seguro, pero no daban muestras de hacerle caso. Nadie hasta entonces se había atrevido a desobedecer una orden de Skip… salvo Maggie, naturalmente.

—¡Fuera de mis tierras!

Los niños avanzando parecían una negra oruga con un faro de color naranja y un par de lucecitas más a lo largo del cuerpo. No cabía duda de que los niños que iban a la cola habían oído a Skip, porque éste vio cómo volvían la cabeza, y luego arrancaban a correr para no quedar rezagados. Skip dejó de correr. La oruga estaba más cerca que él del espantapájaros, y era inútil que tratara de llegar primero.

Y mientras todavía pensaba esto, un grito se alzó al cielo. ¡Un chillido! Un chillido de terror mezclado de alegría que interrumpió el canto. Luego la histeria. De lo que seguramente era la garganta de una niña, se alzó un grito estridente como el de un pito. Sus manos debieron de haber dado con el cadáver; tal vez con los huesos del cadáver, pensó Skip.

Skip se dio la vuelta y regresó a casa, iluminando el suelo con la linterna. Era peor que la policía, en muchos aspectos. Cada niño iba a contar a sus padres lo que habían encontrado. Skip no dudó de que aquello era el final. Había conocido a hombres que no habían vacilado en arrojarse por la ventana, en tomar una sobredosis.

Skip fue derecho a la sala de estar de la planta baja, donde guardaba el fusil. Se metió el cañón dentro de la boca y apretó el gatillo.

A los pocos segundos, cuando los niños comenzaron a salir del campo, hacia la carretera, Skip murió. Los niños oyeron el tiro, y pensaron que era alguien que disparaba contra ellos.

Andy oyó el tiro. También había visto la procesión subiendo por el campo y escuchó los gritos de Skip. En seguida comprendió lo que pasaba. Apagó el televisor y se encaminó sin prisas hacia la casa de su señor. Tendría que llamar a la policía. Era lo correcto. Decidió declarar que él ignoraba que dentro de la ropa del espantapájaros había un cadáver. A fin de cuentas, aquel fin de semana no había estado en la casa.