Caballos fantasmas

Isak Dinesen

Había una gran mansión donde vivía una niña enferma. En cierto momento pareció que mejoraba, pero tuvo una súbita recaída y desde entonces daba la impresión de no querer recuperarse.

El famoso doctor venido de la ciudad dijo que ya estaba curada y que debía levantarse. Sin embargo la niña permanecía en cama, indiferente y laxa como una muñeca de trapo. Cuando le dirigían la palabra, mantenía los ojos cerrados; pero cuando creía que nadie la miraba, los abría, fijaba la vista tristemente en el vacío, a veces gruesas lágrimas se deslizaban bajo sus largas pestañas. No quería comer, no quería hablar y, cuando las enfermeras intentaban forzarla a ponerse de pie, ella gritaba que le dolían las piernas.

La niña tenía seis años y se llamaba Oenone, pero en su casa la llamaban Nonny. Era una hermosa niña, con una masa de cabellos oscuros y rizados, y ojos azules. Era hija única, y la habían mimado toda la vida; su camita de enferma estaba rodeada de espléndidos juguetes.

La casa en que vivía esta niña era un señorial edificio gris que tenía doscientos años y estaba rodeado por un enorme parque.

Había pertenecido a la misma familia durante generaciones y sobre ella se contaban extrañas y románticas historias. En la sala, un padre había apostado a su única hija en un partido de faro y la había perdido. El vestíbulo había sido escenario de un duelo de fatales consecuencias. Un siglo atrás, la joven señora de la casa había dejado a su marido para escapar con el guapo mozo de cuadra, llevándose todas las joyas de la familia.

La madre de Nonny heredó la casa de una vieja tía, y tanto ella como su esposo se sintieron muy complacidos al modernizarla. Había un aparato de radio en cada habitación y los viejos establos fueron transformados en magníficos garajes.

El doctor dijo a la madre de Nonny:

—Mi querida señora, estamos ante un caso extraordinario: Se trata de una elección deliberada entre la vida y la muerte, ¡y la persona que va a tomar esta decisión sólo tiene seis años! No olvide que Nonny es una niña de una voluntad férrea.

—¿Qué me quiere decir, doctor? —preguntó la madre.

—El  mundo  de  los  niños  —dijo  el  doctor—  suele  girar  en  torno  a  una personalidad por la que se siente atraído. Es natural que en este caso la admiración sea inspirada por una madre joven. Durante tres semanas, Nonny la ha tenido a usted dedicada por completo a ella, y ahora no quiere permitir que esta feliz situación se termine. Insiste en continuar enferma para causarle ansiedad y tal vez se empeñe en morir para que usted la eche de menos.

—¿Qué debo hacer? —exclamó la bonita y joven señora—. ¿Es preciso que me convierta en una maldición para los seres que amo? —añadió después de un momento con lágrimas en los ojos.

—Usted debe alejarse —dijo el doctor—, y Nonny debe comprender que no regresará hasta que ella esté perfectamente sana, y que sólo entonces permanecerá junto a ella para siempre. He oído hablar a su esposo de una carrera automovilística que tendrá lugar en Francia dentro de quince días. Mi consejo es que parta mañana
mismo.

La madre de Nonny miró al doctor y luego miró al exterior por la ventana.

—Usted dejará a su hija en excelentes manos —continuó él—. Miss Anderson es una persona seria y de absoluta confianza; miss Brown es una enfermera muy preparada, y la joven niñera sueca realiza su trabajo con dedicación. Yo le haré una visita diaria.

—Tal vez sea conveniente alejarme —dijo la madre con lentitud.

—Los cuatro —dijo el médico— nos pondremos de acuerdo para hablarle de usted a Nonny todos los días, y para decirle que cuanto antes sane, más pronto regresará usted. Entonces nuestra testaruda señorita no hará esfuerzos por morir sino por recuperarse.

—Mi hermano llega mañana de París —dijo la madre de Nonny—; le he enviado un telegrama.

—¿Su hermano el artista? —preguntó el médico—. ¿El joven que hace esos dibujos tan interesantes para Nonny? Es precisamente la persona que necesitamos. Él le describirá a la niña su viaje con todo detalle y también podrá ilustrarlo.

Así fue cómo la madre de Nonny partió para Francia con su esposo, en su coche nuevo, y, de camino, se encontró con su hermano en el puerto. Almorzaron en un hotel y, cuando después de comer, Peter, el marido, fue a revisar el coche, los dos hermanos sostuvieron una larga conversación mientras tomaban el café.

Hermano y hermana eran gemelos y se parecían tanto que sus amistades los llamaban Sebastian y Viola. Siempre habían sido grandes amigos. Cedric sorprendió a su familia cuando decidió ser pintor y también cuando logró adquirir reputación. Vivía en París, en un círculo de artistas cuyo arte admiraba, en tanto que juzgaba su propio trabajo. Era un hombre joven, de aspecto agradable, modales delicados y con esa suerte de equilibrio que poseen los muchachos cuyas familias han vivido durante generaciones en condiciones económicas inalterables, sean estas muy buenas o muy malas.

Annabelle explicó a su hermano que el mundo infantil suele centrarse en un ser con mucha personalidad, por el que se siente atraído, y que ella se iba a Francia para salvar la vida de Nonny. Él debía hablarle de su madre todos los días y a todas horas; decirle a Nonny que mamá volvería cuando ella estuviera totalmente sana. Le pidió que  le  enviase  informes  sobre  el  progreso  de  la  enfermedad,  a  sus  diversas direcciones en Francia. Cedric prometió hacer todo lo que ella le pedía.

—Pero ésa no es la única razón por la que me enviaste un telegrama —dijo él.

—No —repuso Annabelle—; la razón no era ésa. —Hizo una pausa y agregó—: Quería tu consejo.

Le había pedido consejo con frecuencia.

—Estoy a tus órdenes —dijo él.

—¡Bueno, eso es fácil de decir! —exclamó Annabelle—: Peter y yo hemos gastado más dinero del que tenemos. La gente llama a esto vivir por encima de sus posibilidades.

—¿Eres tú quién lo dice? —replicó Cedric sorprendido.

—Por el amor de Dios, no te burles de mí —dijo Annabelle—. Es terriblemente desagradable vivir por encima de las propias posibilidades. No puedo soportarlo. Y tú tampoco podrías… ¿O sí?

—No —replicó Cedric, que vivía muy sobriamente en París.

—Ya  lo  ves  —dijo  al  hermano—,  últimamente  se  nos  ha  presentado  una maravillosa oportunidad. Peter siempre ha querido trabajar en algo. Pues ahora, sir Maurice Mendoza le ha ofrecido aceptarle en la firma como socio y ése es el trabajo adecuado para Peter. ¿No te parece maravilloso?

—Sí, me lo parece —contestó el hermano.

—¿Te parece maravilloso? ¿Realmente te lo parece? —dijo la hermana—. ¿Y yo qué?

—¿Y tú qué? —preguntó él.

—¡Oh, Cedric! —exclamó ella—, trata de no ponerte difícil. Es que hay un detalle: sir Maurice es mi admirador.

—Igual que todo el mundo —dijo él.

—No —repuso ella—, no como todo el mundo, Cedric.

—Pero a Peter le agrada que te admiren —dijo él.
—No —dijo ella—; tal vez no le gustaría si lo supiera.

—¿Y a ti te gusta, querida? —le preguntó.

—Bueno, Cedric, se trata de lo siguiente: amo a Peter. Lo quiero desde hace siete años, por eso siento que lo conozco de memoria. A sir Maurice no lo conozco. Es una persona misteriosa, como puedes deducir por su reputación. No es rico de una manera normal y corriente: es un personaje de cuento de hadas. Posee la cueva de Aladino: ¡rubíes como cerezas y zafiros como uvas! Lo relaciono con nuestro viejo cuento de hadas porque sir Maurice es un gran entendido en piedras preciosas. ¡Ojalá la tatarabuela Annabelle no se hubiese llevado las joyas de la familia cuando huyó con el mozo de cuadra!

—Sí  —dijo  Cedric  lentamente—;  siempre  hay  algunos  problemas  en  esas románticas historias de amor.

—La noche anterior a que Nonny enfermara —dijo Annabelle—, cenamos juntos, y me mostró un gran rubí que había comprado en Holanda. Nos preguntó si cuando Peter y él hubieran cerrado el trato podría regalármelo, engarzado en un brazalete: «Como el rojo sello de nuestro pacto», dijo. Entonces Nonny cayó enferma y no lo he vuelto a ver desde entonces. Ahora pasaremos quince días en Francia durante los cuales habrá que tomar una decisión. Eso es todo. ¿Qué me aconsejas?

—¿Me  darás  también  quince  días  para  pensar  la  respuesta? —preguntó  el hermano.

—Sí —respondió la hermana.

En  ese  momento  vieron  que  Peter  se  acercaba  a  la  mesa  y  cambiaron  de conversación.

—Es muy extraño —dijo Annabelle—. Durante toda su enfermedad sólo ha hablado de caballos, nada más que de caballos: de carreras, de cacerías y del cuidado de los animales. ¡Y ella rara vez ha visto un caballo! Cuando empezó con esta obsesión, Peter le compró un hermoso caballo mecánico de juguete. Pero no le gustó.

Después de esto se separaron.

Cedric esperaba con ansia sus vacaciones porque estaba concibiendo una nueva gran pintura, y quería estar solo.

Nunca había estado en casa de su hermana en ausencia de esta. Ahora tuvo tiempo y tranquilidad para recorrer la mansión y apreciarla en todos sus aspectos; le parecía un lugar nuevo y fascinante.

«Si esta casa fuese mía —pensó—, la habría dejado tal como era. De haber vivido aquí habría podido pintar como Zoffany».

Subió hasta la habitación de Nonny. La niña era aún más bonita de lo que él recordaba. ¿Pero por qué tenía aquella expresión demacrada y sin esperanzas en su rostro de flor?

Siguiendo las instrucciones le habló a Nonny de su madre, le describió su propio viaje y se lo ilustró con lápiz y papel. Ella escuchó sin mostrar el menor interés y mirando apenas los dibujos. El caballo mecánico se hallaba inmóvil junto a la cama; cuando él se lo alabó, su rostro adquirió una expresión aún más trágica.

«Si es que tengo algún valor como artista —se dijo a sí mismo— debo ser capaz de curar a este hermoso Retrato de niña».

—¿A qué jugaremos cuando te levantes, Nonny? —preguntó.

Fue la primera vez que obtuvo una respuesta. Después de un silencio, Nonny dijo:

—No podemos jugar. Tú y yo no podemos.

Él meditó sobre su respuesta y replicó:

—Si tú y yo no podemos, ¿quién puede entonces jugar?

—Billy —respondió Nonny.

No quiso forzar la conversación y la dejó hasta allí.

Llegó el médico, examinó a la niña y preguntó si se había levantado. Cuando la enfermera movió la cabeza en forma negativa, le dijo que eso empezaba a ponerse serio y que, en su próxima visita, quería encontrar a la niña de pie. A continuación se marchó.

—Te levantarías si pudieras jugar con Billy, ¿verdad? —dijo Cedric a Nonny.

—Sí —dijo Nonny.

—¿Y por qué no puedes hacerlo ahora mismo? —volvió a preguntar.

El rostro de la niña se ensombreció de rabia.

—¡Tú lo sabes! —dijo.

—He  estado  mucho  tiempo  en  París,  querida  —replicó—.  Parece  que  han sucedido muchas cosas durante este tiempo. ¿No te importaría decírmelo?
—Porque Billy está muerto —dijo Nonny.

Por aquellos días Cedric descubrió que dedicaba tanto tiempo a pensar en Nonny como en su nuevo cuadro. Comprendió que no recibiría ayuda alguna ni de miss Anderson ni de miss Brown, por lo tanto recurrió a la joven niñera sueca, llamada Ingrid. Ella conmovía su corazón de pintor, pues con su toca blanca parecía un retrato de la escuela holandesa. Logró encontrarse a solas con ella y sentarse a su lado. Discutieron la enfermedad de Nonny y estuvieron de acuerdo en que debían curarla antes de que la madre volviera.

—A propósito, querida —dijo Cedric—, ¿quién es Billy?

Ingrid empalideció y lo miró fijamente.

—¡Oh, señor! —dijo.

—Usted comprenderá —replicó él—, que no podré ayudar a Nonny hasta que no lo sepa.

—Tenía esperanzas —dijo Ingrid— de que nadie se enterase.

—¿Y por qué razón no debería enterarse nadie? —dijo él.

—Porque Billy está muerto —respondió Ingrid.

—Eso ya lo sé —repuso Cedric—, y créame que lo siento. Pero debe de haber algo más respecto a Billy. Si usted tuviera la bondad de contármelo, yo le aseguro que no se lo repetiré a nadie.

Ingrid lanzó un profundo suspiro.

—Se lo contaré con gusto —dijo—. Es algo que me ha hecho muy desgraciada, señor.

Relató la historia con gravedad, con pausas de vez en cuando para mirarlo a la cara, como si quisiera recordarle la promesa que le había hecho.
Billy era el nieto de la anciana señora Peavey. ¿Y quién era la señora Peavey? La señora Peavey era la viuda del viejo cochero. El viejo cochero vivía en unas dependencias encima de los establos, que posteriormente fueron convertidos en garajes. Cuando él murió, se le permitió a la viuda seguir viviendo en aquel piso.
—¿El señor tal vez no había visto nunca a la anciana señora Peavey? No, porque le dolían las piernas y no podía bajar la escalera.

Ella e Ingrid se hicieron muy amigas porque la señora Peavey provenía del campo: su padre era un granjero dedicado a la cría de caballos, lo mismo que el padre de la chica sueca, y ambas tenían muchos intereses en común.

—Debió de ser muy agradable para ustedes dos —dijo Cedric.

—Lo fue, señor —dijo Ingrid.

La señora Peavey tuvo un solo hijo que trabajaba en una importante cuadra de caballos de carreras; estaba casado y tenía siete vástagos. Cuando su esposa murió y él volvió a contraer matrimonio, la nueva mujer no quiso ocuparse del benjamín y por lo tanto la vieja señora Peavey se hizo cargo de él. El hermano mayor del pequeño, que era un guapo mozo, y empleado en la caballeriza de la misma cuadra que su padre, lo había traído hasta aquí. (Cedric se preguntó si este mozo no sería el punto de interés que compartían la anciana y la joven). Y el pequeño se quedó a vivir con la señora Peavey, encima de los antiguos establos.

—Ése era Billy, señor —dijo Ingrid.

Billy era un chico guapo e inteligente, tres meses menor que Nonny. Pero era sordomudo.

A veces, cuando miss Anderson ordenaba a Ingrid sacar a Nonny a dar un paseo, en lugar de obedecerle, ambas subían a visitar a la señora Peavey. Ingrid se sentaba a su lado y la ayudaba a zurcir, pero Nonny y Billy se iban a la gran habitación donde se guardaban los arneses, que quedaba junto a las habitaciones de la señora Peavey, y allí jugaban.

—Pero no veo nada malo en eso —dijo Cedric.

—Sí, lo hubo, señor, porque Billy contagió a Nonny el sarampión. —Se retorció las manos sobre el regazo—. Y cuando Nonny comenzaba a recuperarse —continuó — se produjo la muerte de Billy. Cuando Nonny se enteró sufrió una recaída.

—¿Y cómo se enteró? —preguntó Cedric.

Lo supo por Ingrid. Ingrid había ido a ver a la señora Peavey, y había llorado con ella sobre el cuerpo de Billy, y cuando volvió, Nonny le preguntó por qué había llorado. Tuvieron que llamar al doctor a medianoche. Mientras Nonny deliraba, Ingrid se asustó ante la posibilidad de que hablara de Billy, de que todo se supiese y de que echaran de allí a la vieja señora Peavey. Pero Nonny fue leal y no dijo nada.

—Mi hermana me ha contado —dijo Cedric— que ella habla de caballos.

—Sí. Hablaba de caballos. En la sala de los arneses había muchos retratos de caballos y Billy le enseñó a la niña los nombres de todos ellos.
—¿Cómo pudo hacerlo si era sordomudo? —preguntó Cedric.
Era evidente que esto no le había parecido extraño a Ingrid, pero, sin embargo, no podía explicárselo. Nonny y Billy siempre quisieron que los dejaran jugar solos en la sala de los arneses, incluso cerraban la puerta con llave, y cuando jugaban no se oía el menor ruido. A Billy le habían enseñado —o él lo había aprendido por su cuenta— a leer en los labios de las personas; Ingrid creía que a su vez él se lo había enseñado a Nonny, pues Nonny solía decirle: te diré algo maravilloso, y movía los labios en silencio; luego ponía cara de disgusto al ver que Ingrid no la comprendía. A veces, en el momento en que Ingrid la metía en la cama, solía reírse sola y le decía a Ingrid en voz baja que ella y Billy tenían hermosos caballos para jugar.

—Creo que hablaré a Nonny acerca de Billy —dijo Cedric.
—¿Le parece que es lo correcto, señor? —preguntó Ingrid.

—Sí, me parece lo correcto —respondió Cedric—. El doctor dijo a mi hermana que para los niños siempre hay una persona que se destaca, los fascina, y capta su atención más que el resto. El doctor creyó que para Nonny esta persona era su madre, pero en realidad se trataba de Billy.

Cedric enviaba todos los días una postal a su hermana. Un día recibió una postal de ella. Francia era un encanto, le decía. Le resultaba encantador viajar con Peter. Sería encantador volver a ver a Nonny. A veces deseaba no tener que regresar. Cariños.

—En tu caso yo me desembarazaría de ese caballo —dijo Cedric a Nonny.

Ambos miraron con desprecio el caballo mecánico que había junto a la cama.

—Las cosas que son copia de otras son un fastidio —dijo Cedric.

Nonny lo miró, pero continuaba reticente y no hizo ningún comentario.

—Las únicas cosas verdaderamente reales —continuó él— son las que uno inventa y que no se parecen a las demás. En mi casa de París yo invento muchas cosas verdaderamente reales: flores, pájaros, y una dama que se arroja al río porque es desgraciada. Poseen aroma, cantan, y se arrojan al río con gracia y naturalidad.

Después de una pausa Nonny preguntó:

—¿Con qué los haces?

—Por lo general —dijo— encuentro algo con qué hacerlos. ¿No te pasa a ti lo mismo?

Una débil y descolorida sonrisa —la primera que él veía— iluminó el rostro de la niña.

—Sí —dijo.

Él esperó un momento.

—Volviendo  a  los  caballos  —dijo—,  a  los  caballos verdaderamente reales. Supongo que Billy podía hacerles hacer cualquier cosa.

Nonny lo miró a la cara, otra cosa que nunca antes había hecho. Su propio rostro estaba serio y orgulloso, pero no hostil.

—Billy me explicaba todo lo que ellos hacían.

—Ya lo sé —dijo él—, y por qué él no hablaba como los demás niños.

Parecía que ella iba a decir algo más pero apretó los labios con fuerza.

—Bueno, Nonny —dijo Cedric—, hasta la vista. Tengo que ir a dar un paseo en el coche que me dejó tu mamá. Es un fastidio, porque un coche resulta muy lento cuando piensas en los caballos de Billy.

—¿Volverás, tío Cedric? —preguntó Nonny.

Mientras se alejaba pensó: «El cambio se está produciendo. Es difícil, muy difícil que llegue, pero se está produciendo. Que Dios me ayude ahora a elegir los pinceles y los colores apropiados».

Al día siguiente logró que Nonny jugara con él en un tablero improvisado sobre los cuadros de la colcha. Mientras dudaba sobre si mover o no una pieza, ella le preguntó:

—¿Dónde guardas las flores, los pájaros y la dama?

—Los pongo contra la pared —respondió él—, así nadie puede verlos. Pero permanecen todo el tiempo allí, por supuesto.

Esta vez Nonny no dijo nada, pero él comprendió que no se debía a la falta de simpatía, sino simplemente a que no existían palabras que expresaran su nueva y maravillosa forma de comunicación.

—Nuestros caballos están en sus caballerizas —dijo ella por fin—, en las cuadras.

—Como la mayoría de los caballos de raza —repuso su tío.

Ella ganó la partida y, mientras él guardaba las fichas en la caja, Nonny preguntó de súbito:

—¿Quieres que te muestre mis caballos, tío Cedric?

—Sí, por favor —dijo él—. He pensado mucho en ellos. No me parece bien que no tengan agua y que nadie los atienda, ahora que Billy no está, ahora que tus piernas son demasiado débiles para sostenerse.

—No lo son —dijo Nonny y se puso de pie en la cama.

—Hay que tener las piernas muy fuertes para trabajar en un establo —objetó Cedric—. Tal vez puedas ir mañana.

—No —repuso Nonny—, quiero ir hoy. Después de comer. —Miró a su alrededor y agregó—: Que no se enteren miss Anderson y miss Brown.

—No se enterarán —dijo él.

—Ingrid puede vestirme —dijo la niña.

—Ingrid puede vestirte —ratificó él—, y yo les diré a miss Anderson y a miss Brown que tú me has invitado a dar un paseo en coche.

El rostro de la niña, erguida sobre la cama con su camisón de franela, quedaba al mismo nivel que el de Cedric. Sus ojos eran encantadores, las cejas delicadamente arqueadas y su cabellera abundante. Pero una inesperada y extraña fuerza emanaba de su ser.

—¡Es preciso —dijo ella con lentitud y solemnidad— que nunca, nunca se lo digas a nadie!

Los ojos claros de la niña lo miraban inquisitivos y graves. En su breve vida había tenido que soportar frustraciones y catástrofes, y ahora no quería arriesgarse en este asunto. Él hizo un esfuerzo mental para encontrar un juramento que lo comprometiera incondicionalmente.

—Si alguna vez menciono los caballos o las cuadras a cualquier alma viviente, que nunca más vuelva a pintar un buen cuadro en toda mi vida. Dios me ayude a cumplirlo.

Discutieron el asunto con su pequeña cómplice. Decidieron que miss Anderson tuviera el día libre y que Ingrid se encargara de mantener ocupada a miss Brown.
Era una deliciosa tarde de fines de verano. En el aire, sobre los setos de boj y los parterres de rosas y alhelíes, flotaba una dulce somnolencia; las grandes sombras de los árboles se extendían, leves y serenas, sobre el césped. Nonny, a quien Cedric 
llevaba en brazos, miraba hacia arriba y a su alrededor. Él se preguntó si una niña podría tener noción del tiempo, si comprendería que el tiempo había transcurrido y habían sucedido cosas desde la última vez que estuvo en el jardín.

—He alejado a Parker —le dijo mientras se dirigían al garaje—. Subiremos directamente por la escalera de la señora Peavey.

Lo miró como para preguntarle por qué conocía tan bien el camino, pero no dijo nada.

Cuando subían la escalera él pensó: «Cada uno de estos viejos y gastados peldaños me hace retroceder diez años». Una vez en el umbral de la señora Peavey, ya había vuelto, mentalmente, hasta la época de Zoffany.

Una anciana menuda, sentada en un amplio sillón junto al alféizar de una ventana en la que florecían los geranios, intentó levantarse al ver a sus visitantes. Pero como no lo lograra, pareció empequeñecerse aún más y se echó a llorar. Nonny le dirigió una mirada llena de bondad; sin embargo, no le dijo nada.

—No hay de qué alarmarse, señora Peavey —la tranquilizó Cedric—. Nonny se encuentra bien. ¿Cómo está usted? Quisiéramos pasar a la sala de los arneses.
—¡Oh!, me temo, señor, que allí debe de haber mucho polvo acumulado —dijo la señora Peavey—. No he entrado en la sala de los arneses desde que mi nieto falleció. Yo tenía un nieto, señor.

—Ya lo sé, señora Peavey —dijo Cedric—. Siento mucho lo sucedido. Lo del polvo no tiene importancia.

—Billy ponía la llave en la parte interior de la puerta —dijo Nonny—. Sólo él podía hacerla girar. Bájame aquí, tío.

—Sí, Nonny —dijo Cedric.

Abrió la puerta de acceso a la habitación de los arneses. Sintió el olor antes de ver nada; luego la luz y los olores se fundieron para darle una serena bienvenida, a la vez humilde y digna.

La habitación era larga, de techo bajo, abarcaba toda la longitud de la casa y tenía dos ventanas al Este y dos al Oeste. Todo se veía cubierto de polvo. Cuando la anciana aseguró no haber entrado allí desde la muerte de Billy, en realidad se quedaba corta: la delicada capa de polvo debía datar de la época del viejo cochero.

Era  tan  agradable  estar  allí,  que  por  un  momento  permaneció  inmóvil, olvidándose de su tarea. La cálida y dorada luz de la tarde bañaba la habitación vacía transformando su desnudez y su pobreza en esplendor. Las paredes encaladas tenían un lustre de alabastro y la vieja techumbre de madera un oscuro brillo metálico.

A lo largo de los muros había percheros y atriles de los que colgaban arneses y monturas. Había collares, correas, petos, ceñidores, bridas, cinchas y estribos. Había arneses simples y dobles, para coches de dos y de cuatro caballos, y arneses de bronce labrado con escudos en las anteojeras. Había sillas de montar para cacerías, para carreras y para amazonas.

Cedric sabía muy poco de guarniciones y ni siquiera recordaba haber viajado en un vehículo tirado por caballos. Observó los objetos y vio que estaban herrumbrosos y agrietados, pero que eran de buen cuero y de metal, y que habían sido fabricados con arte por unas manos hábiles, cuidadosas y pacientes.

En los otros dos muros había retratos de caballos, individuales o en grupos, y todos en gallardas actitudes: galopando, saltando vallas, haciendo cabriolas y tirando de faetones o de calesas que llevaban damas con traje de cola. Eran antiguos grabados, de hechura tan primorosa como los demás objetos de la habitación, y al igual que ellos, marchitos y con manchas de moscas, algunos con el vidrio roto o sin él.

Comprendió que estaba en el reino de Billy.

Las personas que habían vivido en aquella habitación pensaban en caballos, hablaban de caballos, sabían todo lo que se podía saber sobre caballos y sus más profundas satisfacciones y más altos ideales en la vida estaban relacionados con caballos. El mismo Billy —hijo de un domador y nieto de un cochero, tal vez el último descendiente de una línea de jinetes y criadores de caballos que se remontaba al más oscuro pasado— había sido el heredero legal de este viejo y perdido mundo de los caballos en Inglaterra. El pequeño y silencioso guardián, custodio de esta última y olvidada reserva, había logrado que su esplendor y su gloria volvieran a la vida ante los ojos de su amiga, que era una hija de la época motorizada.

Nonny, que había pedido que la dejara en el suelo permanecía tan inmóvil como Cedric y recorría con la vista la habitación, llena de apasionado y tierno orgullo. Ahora pidió otra vez que la alzara para poder mostrar los cuadros a su invitado. Reconoció que tenía fuerzas suficientes como para montar a horcajadas sobre sus hombros y en esta posición recorrieron lentamente el lugar.

—Este es Ranger, que ganó en Longchamps, tío Cedric. Este es Boiard, que ganó en Ascot. Este es el caballo favorito de la Reina y este el favorito del príncipe Alberto. Este es Roberto el Diablo, que ganó en Saint-Leger… ¿No te parece que tiene aspecto de diablo? ¡Este es Gladiateur, que ganó el derby! Todo está escrito debajo de cada uno de ellos.

—Pero si tú no sabes leer, Nonny —dijo Cedric—. ¿Cómo te has enterado?

—Billy sabía leer —repuso Nonny—. Me lo explicaba todo… ¡Mira! —exclamó con súbito entusiasmo—. ¡Esta es la coronación de la Reina el 28 de junio de 1838! —Se puso seria y permaneció por un momento en silencio—. Bájame —dijo—. Jugaremos al desfile de la coronación.

Cedric miró a su alrededor. En ninguna parte se veía un armario o un arcón. En una esquina había una cesta con pinzas para la ropa y algunas botellas vacías. Creía haber estado muy cerca de su meta; pero de pronto se sintió triste, torpe y demasiado adulto. ¿Qué objetos, se preguntó, habrían sido animados por la varita mágica de Billy, para formar el desfile real?

Había un sillón cuyo relleno de crin asomaba a través de la rasgada tapicería.

—Mira, Nonny —dijo—, te sentarás en el sillón y me dirás lo que tengo que hacer.

—No —respondió Nonny—, no me sentaré.

—¿Y por qué no? Si va a haber una carrera, ésa será la tribuna del jurado y tú serás el juez. Si vamos a hacer el cortejo de la coronación… —Se detuvo, pues no sabía qué papel quería representar Nonny.

—Yo seré Dios que contempla desde la altura —dijo Nonny con voz clara—. Billy decía que Dios contemplaba desde arriba a todos los caballos.
Se veía muy pequeña en el enorme sillón; sin embargo, se sentó en él como si fuera un trono.

—Abre las puertas del establo —dijo—, ¡y que salgan los caballos!

—Sí, querida —respondió él; y temeroso de cometer algún error por accidente, cogió uno de los cuadros y lo colocó en el suelo contra la pared.
—No —dijo Nonny—; Osmond no, tío Cedric. Ese otro: ¡Zeodone, que ganó el Grand National!

En el muro se veía a Zeodone, alzada sobre sus patas traseras y montada por un gallardo jinete.

—Nunca habrías podido encontrar el establo tú solo, tío Cedric, ¿no es así? —dijo Nonny—. Billy lo encontró sin ayuda. Tuvo que encaramarse sobre la silla de amazona para alcanzarlo.

Al quitar el cuadro apareció en la pared un hueco rectangular, oscuro y profundo.

—Están allí —dijo Nonny.

En el nicho había un montón de cajas grandes y pequeñas. Cedric las bajó una por una y después de haber cogido tres o cuatro comenzó a adivinar lo que contenían.
Las cajas, bellamente adornadas, eran de cuero y de terciopelo con cerraduras doradas, pero estaban herrumbrosas y agrietadas.

Nonny le ordenó que las dejara en el suelo y las abriera. Por dentro tenían un forro de satén descolorido. Pero sobre la tela ya ajada, las joyas resplandecían limpias y luminosas como cien sonrisas deslumbrantes.

—¿Había  visto  alguna  vez  caballos  tan  magníficos,  tío  Cedric? —preguntó Nonny llena de júbilo—. Billy y yo los lavamos con una pequeña esponja y con un jabón que perteneció a su abuelo. Puestos en fila llegan desde una pared hasta la otra.

Había  anillos  con  diamantes,  rubíes  y  zafiros.  Había  broches  en  forma  de ramilletes  o  de  cestos  con  flores,  de  arabescos  o  estrellas.  Había  brazaletes, pendientes y hebillas. Cinco cajas contenían collares o grandes dijes cuyas piedras, por  algún  motivo,  habían  sido  sacadas  del  engarce  y  se  hallaban  dispersas  o amontonadas. Dos sartas de perlas, una muy larga y otra un poco más corta, ambas de grandes perlas rosadas, se habían roto y las cuentas se entrechocaban suavemente al mover la caja. Había aretes de perlas y largos pendientes de diamantes. Había tres tiaras, de las cuales la más grande era toda de diamantes y tenía un aspecto regio.

El brillo de las piedras talladas y el suave resplandor de las perlas inundó el corazón del artista con una profunda y humilde adoración y una sencilla gratitud por las  cosas  hermosas  de  este  mundo.  Durante  un  rato  permaneció  inmóvil contemplando la exhibición y sin saber cuál era el objeto más hermoso.

Luego pensó: «Así es que era esto. Sólo Dios sabrá lo que sucedió. ¿Tal vez, los amantes, después de preparar la fuga cuidadosamente, tuvieron que escapar en el último momento a toda prisa, para librarse de la venganza del esposo? ¿O tal vez, George, el tatarabuelo, los sorprendió antes de partir y lo más probable es que si busco debajo del piso encontraré los esqueletos?».

Nonny parecía satisfecha con la impresión que sus caballos producían en la mente de su joven tío. Lo dejó un instante entregado a su muda admiración y enseguida le ordenó que comenzara su trabajo.

Obedeciendo sus órdenes se puso a gatas para arreglar el cortejo. El largo desfile se extendía desde la pared hasta el sillón y él debía comenzar con el encabezamiento. Mientras tomaba forma bajo sus manos, se volvía cada vez más deslumbrante y el más brillante era el carruaje de la Reina, que debía aparecer al final.

En primer lugar figuraba mister Lee, el alguacil de Westminster. Mister Lee era un gran sello tallado en ágata con el escudo de la familia. Podía mantenerse de pie y se sostenía con mucha dignidad.

A continuación venía el Regimiento Real de Caballería formado en ordenadas hileras por los rubíes más pequeños del collar.

Luego venían los carruajes con la familia real, representados por resplandecientes brazaletes con dos o tres anillos en su interior; el último era el carruaje de la Reina Madre: una tiara acompañada de seis anillos. La Reina Madre era una gran perla engarzada como pendiente, apoyada graciosamente en la curva interior de la tiara.

Después venía la Brigada de Palacio, compuesta de broches.

Las perlas del collar más pequeño seguían detrás y formaban los cuarenta y ocho remeros de la Reina.

En pos de ellos marchaba el Escuadrón Superior del Regimiento Real de Caballería, formado por los rubíes más grandes del collar; seguido de los Cazadores Reales, vestidos de verde y representados por las esmeraldas del collar y de los otros ornamentos. Los Alabarderos de la Guardia, montados en caballos blancos, eran diamantes.

Finalmente venía el carruaje de Su Majestad: la enorme y resplandeciente tiara, precedida por seis pares de aretes, los más pequeños delante y los más largos y pesados más cerca del carruaje.

—Ahora pon a la Reina en su coche —dijo Nonny—. ¿No te parece hermosa toda vestida de blanco? En realidad soy yo. ¡Billy decía que era yo!
Cedric  puso  con  mucho  cuidado  el  diamante  más  grande  en  medio  del semicírculo formado por la tierra. Recordaba haber oído hablar de este diamante comprado a un maharajá hacía cien años.

Detrás del coche marchaba un regimiento de perlas provenientes del collar más grande.

—Levántate para ver el desfile, tío Cedric —dijo Nonny.

Se puso de pie, intentó limpiarse los pantalones, pero tuvo que renunciar a hacerlo; contempló el desfile.

La mirada de Nonny seguía la suya; su rostro estaba sereno e iluminado de felicidad.

—Dime qué te parece, tío Cedric —dijo en tono gozoso.

—Parece la cueva de Aladino, Nonny —opinó él.

Al escuchar sus propias palabras recordó a su hermana, recordó la conversación sostenida en el hotel, y pensó: «Un gran rubí de Holanda para ser engarzado en un brazalete. Ay, Annabelle».

—No, tío Cedric —dijo Nonny—. No deberías decir que es como la cueva de Aladino, porque es exactamente igual a la coronación.

—Querida —replicó él—, eso es lo que quise decir. Es una verdadera coronación. Por eso es tan valiosa y fascinante. Sin embargo, algunas personas podrían decir que, en cierto modo, parece la cueva de Aladino.

—¡Oh, sí! —dijo Nonny después de una pausa—. Cuando hayamos acabado lo guardarás todo y volverás a poner a Zeodone en la puerta del establo, ¿no es así, tío Cedric? Entonces nadie podrá encontrarlos.

—Sí, Nonny —dijo él, y después de un momento añadió—: ¿No te parece que será igual que si Billy siguiera aquí? La niña se quedó callada por un rato.
—No —dijo por fin—, no será exactamente igual. Sin embargo, dentro de poco… —se detuvo por uno o dos segundos— estaré completamente bien. Entonces Billy volverá, y él y yo estaremos juntos otra vez. Para siempre.