El fuego

 

Eudora Welty

Delilah estaba bailando en la parte delantera con un mensaje; así fue como la casualidad quiso que ella lo viera. Un caballo entraba en la casa, por la puerta principal. Habían abierto la puerta de un empujón. Y detrás del caballo, una multitud que levantaba una larga cola de polvo por toda la carretera, desde la verja que había entre los cedros.

Corrió al salón, donde estaban ellas. Quietas frente a la chimenea, la labor blanca caída sobre los pies, de espaldas, las dos mujeres. La señorita Theo tenía ojos en la nuca.

— Retírate, Delilah —dijo.

—No soy yo, son ellos —gritó Delilah, y ahora le respondieron los pies que correteaban por el piso inferior; Ophelia y los demás lo habían oído. Fuera, los perros hacían un ruido ensordecedor. La señorita Theo y la señorita Myra, todavía de espaldas a la forma o al espíritu que el estruendo pudiera adoptar cuando hiciera aparición —mientras estuviera en el jardín, subiendo por las escaleras, cruzando el porche o, incluso, con un olor a animal repentino como el olor a serpiente, plantándose en la entrada principal—, aún tenían que ver si entraba en el salón, el caballo blanco. Se detuvo justo sobre el umbral de la puerta de dos hojas que Delilah había abierto, y las mujeres alzaron la cabeza al mismo tiempo y miraron el espejo que había sobre la chimenea, al que llamaban el espejo veneciano, y allí estaba.

Era una silueta blanca, como si la hubieran recortado de la oscuridad de la sala. Julio brillaba con tanta fuerza en el exterior y la sala estaba tan oscura a fin de evitar el calor que al principio nadie lo vio, salvo Delilah. A continuación las palabras atropelladas de la señorita Myra lo interrumpieron todo.

—¿Me subirá a caballo? Por favor, lléveme la primera.

Era un caballo blanco imponente, sudoroso, de gestos violentos, intranquilo. Había traído a dos soldados que tenían los ojos rojos y la cara arañada y destrozada por los mosquitos: a uno, el jinete, le colgaban la mandíbula y la cabeza; el otro caminaba a su lado, y aquí y ahora, todos respiraban ruidosamente.

La señorita Theo, con los ojos cerrados, habló después de la señorita Myra.

—Delilah, ¿qué has venido a decirme con ese delantal tan sucio?

Las hermanas se volvieron hacia la sala cogidas de la mano.

—Yo quería decirles que hemos apartado los huevos de la gallina clueca negra y que estoy segura de que están podridos —dijo Delilah.

Se fijó en que al jinete azul le colgaba aún más la mandíbula. Aquella era su risa. Pero el otro soldado golpeó la alfombra con la bota y oyó el crujido del suelo. Como si alguien se lo hubiera recordado, dio otro paso, y con los rojos ojos que se le salían de las órbitas se acercó a la señorita Myra y la agarró de su curvada y estrecha cintura. Sin apenas darse cuenta la levantó como a una niña, tan poco pesaba. El otro soldado gruñó y bajó del caballo para acercarse a la señorita Theo.

—Apártate, Delilah, aléjate del peligro —dijo la señorita Theo con una voz de mando tan contundente que Delilah creyó que el peligro era uno de aquellos hombres.

—Sujeta mi caballo, negra —le ordenó el hombre que lo era.

Delilah agarró la brida como si lo hubiera hecho muchas veces antes y sujetó el caballo que se erguía en el espejo —ahora lo veía allí, con sus propios ojos—, y entretanto, borroso, casi ciego, en la sala entre él y la puerta el primer soldado apartaba las mesas y las sillas mientras perseguía a la señorita Myra, que corría de un lado a otro, y la derribaba y se dejaba caer sobre su cuerpo. En el espejo seguía presente la sala, llena de cuadros polvorientos y cerrada desde las seis en punto contra el calor y ese olor a humo que tanto aborrecían todos, brillando con luz trémula los objetos preciosos y rompibles de los que las damas blancas jamás parecían cansarse y jamás rompían, salvo cuando se peleaban. Detrás de ella, la abertura desnuda de la entrada a sus espaldas, y la sombra de la escalera principal, grande como un árbol y vacía. Nadie subía por allí sin ser visto, y no se esperaba que bajara nadie. Solo si una

taza, o una cuchara de plata, o un hilo de carretes ensartados con una cinta azul bajaran saltando por las escaleras como una rana, entonces, en ocasiones Delilah se ocupaba de recogerlo y devolverlo al piso de arriba. Fuera del marco del espejo, la palma de la mano de la señorita Theo cayó sobre la humanidad con gran estrépito.

Entonces la señorita Theo levantó a la señorita Myra sin hablarle; la señorita Myra cerró los ojos pero no dormía. Con sus negros mechones de cabello alborotados y su ropa rígida crujiendo como cruje la ropa tras la calma del invierno, la señorita Theo se dirigió con paso decidido, cargando a medias con la señorita Myra, a la silla que había en el espejo y la sentó en ella. Era la bonita silla roja de terciopelo desgastado, parecida a la cajita del anillo de la señorita Myra. La señorita Myra echó

la cabeza hacia atrás y dirigió la mirada a las pequeñas flores de yeso que daban vueltas por el techo. Estaba dormida en algún lugar, si no en sus ojos.

Se oyó la voz de uno de los hombres, que resonó cargada de rectitud.

—Solo hemos venido a hacer una inspección.

—Supone que se atreverá a hacerla —dijo la señorita Theo. Bajó la mano para acariciar la cabeza de la señorita Myra, aún hacia atrás, con fuerza y severidad. Desde el piso de arriba, Phinny lanzó el plato de su desayuno, pero Delilah no se movió. El cabello de la señorita Myra colgaba suelto por la espalda, dorado brillante, con las peinetas enganchadas como si fueran hojas. Tal vez para mantenerla de aquel modo, dormida de corazón, la señorita Theo le acariciaba el pelo sin cesar, con demasiada fuerza.

—Hemos recibido órdenes de inspeccionar con antelación —dijo el soldado.

—Entonces hágalo —respondió la señorita Theo—. No hay ningún hombre en la casa que pueda impedírselo. Hermano: desaparecido. Padre: muerto. Por fortuna… —Hablaba casi con brusquedad, como las mujeres a quienes no les gusta la compañía, a quienes nunca les gustó la compañía, para nadie.

Phinny lanzó su taza. El caballo, tembloroso, empujó suavemente a Delilah, que aún lo sujetaba, una esclava buena y obediente con su vestido de rayas recién planchado debajo del delantal negro. Se habría puesto la cofia si hubiera sabido todo aquello, como la señorita Theo.

—Phinny nunca se marcha. Phinny aquí. Él, aquí —dijo. La cara de la señorita Myra miraba hacia arriba como si estuviera muerta, o como si fuera un pajarillo fiero y hambriento. La señorita Theo posó durante un instante la mano en el aire encima de su cabeza.

—¿Es vergüenza lo que les impide realizar la inspección? —preguntó la señorita Theo—. Me temo que las mujeres de esta casa los han hecho sentir fuera de su elemento. Mi hermana es la más delicada, como han podido comprobar. Quizá puedo ofrecerles a esta joven negra de la cocina, pues a mi entender…

Aquel norteño dirigió a la señorita Theo una mirada severa, penetrante, como si la mujer hubiera revelado el día que recibían el correo.

—Mi pobre hermanita —dijo la señorita Theo dirigiéndose a la señorita Myra—, no prestes atención a lo que oigas. No prestes atención a este viejo mundo. —Pero la señorita Myra detuvo la mano que la acariciaba. Kitty entró cautelosamente en la habitación y se sentó entre las patas delanteras del caballo. Se llamaba Friendly.

Un soldado volvió la cabeza hacia el otro.

—¿Qué me decías al entrar, Virge?

—Decía que opinaba que aún no se habían ido.

—¿Que no se habían ido?

De pronto ambos rompieron a reír, golpeándose el uno al otro con tal fuerza que parecía que se estuvieran peleando. Entonces uno dijo con seriedad:

—Traemos órdenes de incendiar la casa, señora.

Y el otro añadió:

—General Sherman.

—Ya lo he oído.

—¿No cree que vayamos a hacerlo? Incendiamos Jackson dos veces —dijo el primer soldado con la mirada clavada en la señorita Myra. Su voz creó un fuerte eco masculino en la entrada, como el de mucho tiempo atrás. El caballo relinchó y movió la cabeza y las patas.

—Como les estaba diciendo, tendrían que haberse marchado, señoras. ¿No se enteraron de que íbamos a venir? —El otro soldado señaló con un dedo a la señorita Theo. Ella cerró los ojos.

—Señora, se lo dijeron. —El soldado de la señorita Myra le dirigió una mirada severa—. Y cuando su propia gente le dice que va a llegar alguien para quemar su casa, lo más prudente es quitarse de en medio. Lo correcto. No tengo ninguna obligación de volver a decírselo.

—Entonces adelante.

—Quemar a personas es ir más lejos de lo que he ido nunca. La señorita Theo lo miró fijamente desde arriba:

—No veo la diferencia.

De modo que fue el soldado de la señorita Myra quien apartó la mano de Delilah de la brida y le dio la vuelta, y maldijo aquel caballo desquiciado que ahora golpeaba el suelo con las patas traseras. Delilah prestó atención, pero Phinny no lanzó nada más; quizá hubiera bajado en silencio hasta el rellano y los estuviera observando. Phinny tenía miedo, si no a los caballos, sí a los hombres. No sabía nada de ellos. El caballo se soltó. Paseó su chacoloteo por la entrada, el salón y la biblioteca, hasta que al fin su jinete lo atrapó. Entonces subieron en él a Delilah.

Volvió la cabeza por encima del hombro para mirar a través de la puerta y vio a la señorita Theo zarandear a la señorita Myra y atrapar la cara picuda de ojos violeta y abofetearla.

—Myra —dijo—, vuelve en ti. Tenemos que salir delante de ellos.

La señorita Myra alzó lentamente su blanco brazo, como una dama que hubiera concedido un baile, y gritó: «¡Delilah!», porque fue a ella a quien vio subida al abrupto lomo del caballo antes de que desapareciera por la puerta principal. Resbalando entre las herraduras, Kitty salió al trote, como si también ella fuera un caballo, y corrió hacia los bosques, donde nunca la volvieron a ver; pero Delilah, desde que la subieron al caballo y después la arrastraron por la hierba, nunca la llamó.

Es probable que reservara fuerzas para los gritos que pronto inundaron el exterior y rodearon la casa que ahora, sin duda, aquellos hombres se disponían a destrozar. Ella gritó, joven y fuerte, por todos ellos, por cada uno de los que deseaban que gritara por ellos, por todos aquellos que no lo querían; y a veces le parecía que gritaba con más fuerza que nadie por Delilah, ahora perdida, sacada de aquella casa, sin saber regresar.

 

En el interior de la casa, las mujeres seguían haciéndoles esperar.

La señorita Theo finalmente sacó a la señorita Myra por la puerta abierta de par en par y cruzó el porche bajo las aún perfectas e inmóviles sombras de las parras. Se oyeron algunos maullidos y el ulular de búhos procedentes de debajo de los árboles.

—Esperad, muchachos. Son demasiado distinguidas para vosotros.

—Las damas necesitan tomarse su tiempo.

—¡Y además son condenadamente malas para eso! —gritó una voz joven y clara, y en algún sitio, debajo de las ramas, sonó un banjo para animar a los fuegos a seguir adelante, algo más tarde, cuando todo aquello ya hubiera terminado.

A las hermanas no les sorprendió ver a soldados y a negros (la vieja Ophelia en medio, hablando y hablando) entrar y salir por las puertas de la casa, tanto por la delantera como por la de detrás, sacando camas, mesas, candelabros, lavabos, cubos de madera, jarras de porcelana, con las espaldas doblegadas, o con los caballos listos para salir, o la comida de la cocina a medio engullir y mucha otra tirada por el suelo, aquel debía de ser su segundo almuerzo; o los perros imposibles de silenciar, la vieja

manada mezclada con los forasteros, y luchando con toda su alma por unos huesos. Los últimos sacos medio vacíos fueron lanzados a los carros: el último de harina, las últimas sobras del anaquel de Ophelia, hasta su molinillo de pimienta. La plata que Delilah pudo contar fue contada sobre sábanas desconocidas y después, chocando contra la tetera, enrolladas, atadas como un saco de huesos. Un pequeño tamborilero que llevaba el tambor colgado del cuello atrapó los dos pavos reales de la señorita Theo, Marco y Polo, y les retorció el cuello en el jardín. Nadie pudo mirar los cuerpos de esas aves. Nadie lo hizo.

Las hermanas bajaron del porche como una, al mismo paso, cogidas de la mano, atravesaron la crecida hierba con sus vestidos aplastados y avanzaron por debajo de los árboles. Se detuvieron como si brillara la luz de la luna bajo la silueta frondosa del gran árbol del que colgaba el columpio, sin el menor rastro de desprecio en sus rostros, que eran uno solo, como un rostro que no perteneciera a nadie. Aquel rostro aclarado miró a izquierda y derecha y distinguió a cada uno de aquellos hombres

entre los matorrales y los troncos de los árboles, y se fijó también en los esclavos saqueadores, mientras todos ellos permanecían quietos durante un momento como cortejadores bajo la luz de la luna. Tan solo la vieja Ophelia hablaba todo el tiempo, sin cesar, y le contaba a todo el mundo, a su modo, cuál era el problema, pero por supuesto nadie era capaz de entender una palabra aquel día, en ningún rincón del mundo.

—¿Qué van a hacer ahora, Theo? —preguntó la señorita Myra, con el entrecejo tan fruncido que parecía a punto de arder en su frente casi transparente.

—Lo que quieran —respondió la señorita Theo, cruzándose de brazos.

A Delilah le parecía que la casa adonde llevaban las antorchas estuviera cobrando vida en ese instante —como el barco donde se hacían representaciones teatrales que llegaba lentamente a través de los árboles, solo una vez desde que ella estaba allí, con la marea alta— repleta de lo desconocido, despidiendo chispas de luz rojiza, a tan solo un minuto del grito desgarrador del calíope.

Cuando llegó —pero era como el bramido de un toro, procedía de dentro—, Delilah se acercó, tras la falda de la señorita Theo, para echar un vistazo, y la cara de la señorita Theo tenía la expresión misma de la muerte, y dijo: «Acordaos de esto, monos negros», mientras el fuego se adueñaba de todos.

 

Un rato después del incendio, cuando ya todo el mundo se había marchado, la señorita Theo y la señorita Myra, que habían rescatado a Delilah de una zanja, donde la habían encontrado boca abajo, con los ojos abiertos y abrasados, finalmente cruzaron la verja pisoteada y avanzaron por los extensos campos baldíos que ellas mismas habían quemado tiempo atrás.

Era una tarde calurosa, calurosa allí fuera, al aire libre, y las engañó con el truco del olor y la profecía de la caída: era el fuego. La llovizna marrón entre los tocones en la rajada taza del estanque sabía caliente como el café, e igual de amarga. Aún había humo, y lo habría siempre, entre ellos y el sol.

Después de las millas de July, allí estaba Jackson, dos veces quemado, o quién sabía si no habían sido cien las veces, frente a ellas, en la carretera. Delilah veía Jackson como si fuera un lugar conocido, lleno de chimeneas, de excavaciones. Había soldados con pistolas entre las cenizas, pero aquellas cenizas estaban frías. Muy pronto, incluso las dos mujeres, que habían estado en todas partes y conocían el camino, se dijeron que se habían perdido. Mientras algunos soldados las registraban, ellas señalaban lo que no lograban ver, buscaban pináculos desaparecidos, en tanto que un caballo sin jinete las rozaba con el costado, se alejaba suavemente por un callejón negro, y no regresaba.

Caminaron por aquí y por allí, a veces siguiendo el mismo camino, las tres

agarradas de la mano, nevaba como en un tiempo eterno, y blanco y negro se juntaban para jugar en bosques silenciados. Se soltaron solo para señalar y nombrar.

—La sede del gobierno estatal… La escuela.

—La escuela para ciegos… ¡La cárcel!

—Las caballerizas… Los sordomudos.

—¡Oh! ¿Te acuerdas de cuando pasamos por delante de aquellos tres, sentados en una colina? —Y siguieron respondiéndose la una a la otra, nombrando y señalando una ruina detrás de otra.

—¡El manicomio! La sede del gobierno estatal.

—No, ya lo había dicho yo. Y ahora, ¿dónde estamos? Aquello es sin duda el amarradero de caballos del capitán Jack Calloway.

—Pero ¿por qué sigue ese poste en pie y no todo lo demás?

—Debería haberte contado algo, Myra…

—Cuéntamelo ahora.

—Nos avisaron de que debíamos marcharnos cuando avisaron a todos los otros de Vicksburg Road. Con dos días de antelación. Creo que era un mensaje del general Pemberton.

—No te preocupes ahora por eso. Oh, no, por supuesto no podíamos marcharnos—dijo Myra. Un soldado la miró desde lejos y ella recitó:

 

Había un hombre en nuestra ciudad,

muy sabio y maravilloso.

Un día se metió en las zarzas

y le arañaron los ojos.

Se detuvo, mirando al soldado.

—Mandó que nos avisaran —continuó la señorita Theo—, el general Pemberton mandó que nos avisaran para que pudiéramos alejarnos de lo que estaba por llegar. Tú estabas en el cenador cuando llegó el aviso. Con dos días de antelación, pero no fui capaz de llamarte y decírtelo, Myra. Supongo que no pude convencerme, que no llegué a creer que vendrían y sembrarían la destrucción a nuestro alrededor.

—Pobre Theo. Yo habría podido…

—No, no habrías podido. No entendí ese mensaje, como tampoco lo habría hecho Delilah. Y ahora, por supuesto, puedo reprochármelo todo.

Comenzaron a caminar con atrevimiento a través de la ciudad quemada, a salir de ella con atrevimiento, las tres en fila.

—No todo, Theo. ¿Quién tuvo a Phinny? ¿Lo recuerdas? —gritó Myra con

vehemencia.

—¡Chis!

—Si no hubiera tenido a Phinny, entonces no habría pasado nada. Entonces Phinny no habría…

—¡Chis, querida! No era tu bebé, ya lo sabes. Era el bebé del hermano Benton.

No tengo ganas de oír tus tonterías. —La señorita Theo abría camino entre las cenizas, marchando al frente. Delilah corría peligro de que la dejaran atrás.

—… muerto. Querido Benton. Tan bueno. Nadie se habría sentido tan en deuda —dijo la señorita Myra.

—¡No después de que le dijera lo que le debía a aquel pequeño ser! Todo pequeño ser es culpa de un hombre, eso mismo le dije. Oh, ¿quién podría olvidar aquel día tan espantoso?

—Benton ya está olvidado, si está muerto. Se portó tan bien, después de aquello. Nunca se casó.

—Se quedó en su casa, se ocupó de sus hermanas. Solo quería que lo perdonaran.

—Todo el mundo necesita a alguien que se ocupe de él.

—Le dije que no se le pasara por la cabeza que estaba torturando a sus hermanas. Para eso estamos aquí.

—Y nunca nos habría torturado. Podríamos haber vivido y muerto. Hasta que llegaron ellos.

—Por la puerta principal a lomos de un caballo —dijo la señorita Theo—. ¡Si Benton hubiera estado allí!

—Jamás entenderé qué se apoderó de ellos, para irrumpir de aquel modo —dijo la señorita Myra casi con malicia; y la señorita Theo se volvió.

—Y tú dijiste…

—Dije algo que no estaba bien —respondió rápidamente la señorita Myra—. Me disculpo, Theo.

—No. Solamente yo tengo la culpa. Por haber permitido que pasaras una sola hora en esa casa cuando ya estaba condenada. Pensé que estaría a la altura y he demostrado que lo estaba, pero tú no.

—Para mi vergüenza ¡tú me viste, querida! ¿Por qué dices que no era mi bebé?

—No empieces con esas tonterías otra vez —dijo la señorita Theo rodeando un agujero.

—Yo tuve a Phinny. Cuando todos estábamos en casa y éramos felices juntos. ¿Y ahora, me quitarás a Phinny?

La señorita Theo le oprimió las mejillas con las manos y esbozó su sonrisa tensa, meditabunda, mientras se volvía para mirar por encima del hombro.

—Oh, ¿acaso no sé de quién era, a quién quería más que a nadie, ese bebé? —dijo la señorita Myra.

—No voy a permitir que te formes una imagen distorsionada de ti misma.

—Nunca lo que querido.

—Entonces haz caso a la razón y guarda silencio.

Las dos mujeres suspiraron, y también Delilah. Estaban demasiado cansadas para seguir. La señorita Theo iba delante pero miraba atrás con los ojos que tenía en la nuca.

—Escóndelo si quieres —dijo la señorita Myra—. Deja que papá lo encierre en el piso de arriba. Yo lo tuve, querida. Era un oficial, no, uno de nuestros pretendientes que venían a casa y cazaban con Benton. Es porque yo siempre fui la impetuosa, la que se ponía nerviosa y se dejaba llevar… Y si Phinny fuera mío…

—¿No te das cuenta de que es negro? —La señorita Theo le cerró el camino.

—Era blanco. —Luego la señorita Myra susurró—: Ahora es negro —añadió avanzando a toda prisa para darle la mano a su hermana. Caminaban hombro con hombro, como si fueran riendo o esperaran la caída de algo más.

—¡Si al menos pudiera comer algo! —se quejó la señorita Myra, y de nuevo se dejó abrazar. Un ojo se asomó por encima del alto hombro—. ¡Oh, Delilah!

—Tal vez escapó —gritó Delilah con tono agudo—. Él es fuerte.

—¿Quién?

—Puede que Phinny esté libre. No llore.

—Miro a lo lejos. ¿Y qué veo? Veo la hamaca perfecta de los Dickson, aún bajo las viejas pacanas —dijo la señorita Theo a la señorita Myra, y abrió la mano.

 

Había una tacita de plata redondeada, que les resultaba familiar, en la hamaca cuando llegaron a ella, allí abajo, en la arboleda. De lado, aún con algunas gotas en su interior, les hizo sonreír.

El jardín estaba repleto de mariposas. La señorita Myra, como si ya no pudiera esperar más, se subió a la hamaca y se tumbó con las piernas cruzadas. Recogió la taza como si fuera un cuento que hubiera comenzado y dejado allí el día anterior, sosteniéndola ante sus ojos entre aquellos dedos pecosos, retirando lentamente las hormigas.

—Se está tan tranquilo aquí fuera —dijo la señorita Myra—. Qué cielo tan enorme. ¿Os podéis acostumbrar a esto? Y todos los higos secos. Me gustaría que lloviera.

—No lloverá hasta el sábado —dijo Delilah.

—Delilah, no te vayas.

—No lo intentes, Delilah —dijo la señorita Theo.

—No, señora.

La señorita Theo se sentó, descansó un momento, aunque no sabía cómo sentarse en el suelo y tenía miedo de los saltamontes, y entonces se levantó, se sacudió la falda y llamó a gritos a Delilah, que se había retirado a un lado, donde varias gallinas correteaban sueltas sin que nadie las persiguiera.

—¡Vuelve aquí, Delilah! ¡Ya es tarde para eso! —Y dijo a la señorita Myra—: Dios proveerá. Aún tenemos a Delilah, y mientras la tengamos, la utilizaremos, querida.

La señorita Myra dejó morir el balanceo de la hamaca. Entonces tendió una mano para bajar y la señorita Theo la ayudó, y sin necesidad de que nadie la ayudara a ella, la señorita Theo desató la hamaca de las pacanas. Estuvo un buen rato doblegada sobre ella, mientras la señorita Myra estudiaba las mariposas. Había dejado la taza en el suelo, a la sombra de un árbol. Al fin la señorita Theo recogió dos extremos de cuerda de algodón, las hebras rojas y blancas por separado, onduladas como el cabello de las damas que se deshacen las trenzas por la mañana.

Delilah, al recibir la orden, trepó veloz al árbol y, sosteniéndose con los dedos de los pies, ató las cuerdas en las ramas, a poca distancia, allí donde le indicaba la señorita Theo. Bajó deslizándose por el tronco y se quedó allí esperando hasta que la señorita Myra repitió las veces suficientes, con su dulce tono de niña mimada, «pido ser la primera». Era lo que la señorita Theo había querido todo el tiempo. Entonces Delilah tuvo que agacharse y formar un peldaño con los dedos entrelazados, y la

señorita Myra se remangó la falda y apoyó su zapato cubierto de ceniza sobre las negras manos.

—Agáchate, Delilah.

La señorita Myra, que era quien le había dado la orden, alzó un pie por encima de la cabeza de Delilah y se puso de pie en su espalda, y Delilah sintió que su cuerpo tiraba de ella con la misma intimidad que la caña tira del pez, deseando que la señorita Myra se apartara de la señorita Theo, que se apartara de Delilah, lejos también de aquel árbol.

Delilah entornó los ojos. Las manos de la señorita Theo, arrugadas como un sombrero en un día de viento, estaban atando la soga, y el rostro joven de la señorita Myra la observaba desde abajo.

—Aprendí de niña a hacer nudos, de un libro ilustrado de la biblioteca de papá…, por mi cuenta —dijo la señorita Theo—. Supongo que siempre fui una niña muy poco femenina. —Besó la mano de la señorita Myra y casi en el mismo instante agarró a Delilah por las costillas y la arrastró hacia atrás mientras ella no dejaba de reír, y la apartó de allí abajo, aunque no llegó a tiempo, pues la señorita Myra ya le había pateado la cabeza, una patada mala, casi como si fuera la señorita Theo o un hombre quien estuviera en lo alto del árbol y supiera lo que estaba haciendo.

La señorita Theo siguió sujetando a Delilah y mirando hacia arriba, entregándose al dolor. No era de extrañar que la señorita Myra soliera esconderse en el cenador con sus lecturas, a veces gritando cuando no había nadie más que Delilah tirando al suelo el agua de fregar.

—He demostrado —comenzó a decir la señorita Theo a Delilah, mientras la arrastraba por algo más que la mera fuerza de nuevo hacia el árbol— lo que siempre había sospechado: que soy valiente como un león. Así es: mírame. Si te ordenara que subieras a ese árbol y que ayudaras a mi hermana a bajar a la hierba, a la sombra, darías media vuelta y saldrías corriendo. Conozco vuestras mentes. Me abandonarías con el trabajo a medias. Por eso no he dicho una palabra acerca de eso. Acerca de la clemencia. En cuanto hayas terminado, puedes irte y dejarnos donde nos hayas puesto, sin piedad, del mismo modo. Y así es como nos encontrarán. Se merecen ver algo así por todo lo que han hecho. —Y derribó a Delilah de un empujón y se puso de pie sobre sus hombros, aplastándola como una roca.

La señorita Theo hizo la lazada; no había espejo ni hermana que pudieran guiarla. Aun así, en aquella ocasión fue más rápida que en la anterior, pero Delilah también fue más rápida. Rodó por el suelo y después se levantó y echó a correr, mirando hacia atrás, llorando. A sus espaldas, la señorita Theo se dejó caer del árbol. Siempre fue demasiado poderosa para ser una dama. Incluso las gallinas revolotearon y gritaron, como si notaran su sombra en el lomo. Ahora la mujer alcanzaba la hierba.

No había nada que Delilah pudiera hacer, salvo esconderse, allí abajo, en la hierba embrollada, ahogada entre la hierba amarga y las margaritas amarillas que le escocían la piel, con montones de cabezas que asentían, calderos de hormigas, con mariposas que las montaban, saltamontes que las saltaban, mosquitos que llenaban el aire de vida, allí abajo, en la crecida y solitaria hierba, tan cubierta de malezas que casi enmarañaba también el cielo. Entonces, llena de picaduras y totalmente desesperada,

corrió de vuelta y preguntó a la señorita Theo:

—¿Qué debo hacer? ¿Adónde debo ir?

Pero la señorita Theo, cuyos ojos, desde el suelo, la miraban fijamente, no le respondió. Delilah se alejó bailando y de nuevo en la distancia se agachó. Creyó a la señorita Theo retorcida sobre la hierba como una serpiente muerta hasta que se puso el sol. Ella misma permaneció quieta como una mantis hasta que la hierba se hubo plegado y separado con la caída del rocío. Aquello sucedió cuando las gallinas ya habían ido a posarse en un árbol extraño e incómodo contra la nube en la que las armas aún tronaban y el camino a Vicksburg era rojo. Entonces Delilah se dio cuenta.

Sabía dónde estaba la señorita Theo. Vio la última franja blanca de la señorita Myra, las medias. Más tarde, junto al pantano, en un ave zancuda acomodada en su ala para dormir, vio el fantasma de la señorita Myra.

 

Después de pasar un día y una noche perdida, o tal vez más, agachada un rato, avanzando sigilosamente otro rato entre las soledades de arbustos de brezo, llegó de nuevo a Rose Hill. Lo supo por las chimeneas y por las lilas del borde del camino, donde la parte trasera del cenador seguía vacía como una cesta de huevos. Algunas de las flores tenían un aspecto sabroso, como muslos de pollo un poco chamuscados.

Rodeó la casa, saltó la barrera de la entrada sin escalones de la parte de atrás, y avanzando entre cenizas, seguía perdida en el interior de la casa. Encontró un cazo de hierro y la bota alta de un hombre, el pomo de una puerta y un pequeño libro que revoloteaba, sus hojas manchadas y cubiertas de pelusa como las plumas de las gallinas de guinea. Recogió el libro y leyó en voz alta:

—Ba-ba-ba-ba-ba… basura.

Era la señorita Theo quitándole la lectura a la señorita Myra. Entonces vio el espejo veneciano en la boca de la chimenea, tumbado cara arriba sobre los rescoldos.

A sus espaldas la única pared de la casa que aún se mantenía en pie estaba llena de muescas y escuchaba como la gran oreja del rey Salomón, en la cual se acumulaban las repetidas preguntas de los pájaros. El árbol se mantuvo y floreció. ¿Qué debía hacer ella? Se agachó de repente y oyó el fuerte cañón, el son, galopante y grave, del tambor del incendio. Avanzando de rodillas, se acercó al cristal y lo limpió con saliva y se inclinó sobre él y vio una cara, solo cuello y orejas, que desaparecía. Ante él abrió y extendió los brazos; había visto a la señorita Myra hacerlo, intentarlo. Pero su reflejo era confuso.

Aunque el espejo no conocía a Delilah, ella habría reconocido ese espejo en cualquier lugar del mundo, porque estaba entre dos negros. Los negros levantaban los brazos para sostener el techo del espejo, que ahora el espejo crecido desbordaba, entre hojas doradas y cabezas de oro… Negros cubiertos de oro, casi mirándose también en el espejo, como si quisieran mirar hacia atrás a través de una puerta, hombres medio divididos, aplastados por el fuego, barbudos, sin nariz, como el musgo que cuelga de los árboles de los pantanos.

Allí donde el espejo no se empañaba como el manantial pisoteado por el caballo, el oro se alejaba de los meandros, y la miel comenzaba a brotar por debajo del agua, y allí estaban los campos de oro, de oro endurecido. A través del agua, oro y miel se entrelazaban formando casas, temblorosos. Delilah vio gente cruzando los puentes bajo la primera luz de la mañana con colmenas de casas sobre sus cabezas, hombres con vestidos, algunos con pájaros rojos, y monos cubiertos de terciopelo, y mujeres con los rostros ocultos tras máscaras, mirando desde ventadas apuntadas. Delilah supuso que era Jackson antes de la llegada de Sherman. Entonces desapareció. En aquel mediodía tranquilo, allí por donde había pasado todo, a menos que hubiera pasado allí mismo, Delilah esperó de rodillas.

El fondo empañado del espejo despedía diminutos peces de luz hacia el borde donde ahora flotaba un rostro puro como la sombra de un nenúfar. Tan pequeños y profundos que apenas se veían, eran viejas cosas temblorosas, luchadoras, que cobraban vida, cosas que Delilah había visto ya en este mundo, a veces en lo que los hombres habían hecho a la señorita Theo y a la señorita Myra, y a los pavos reales y a los esclavos, y a veces en lo que un esclavo había hecho y en lo que ahora cualquiera podía hacer a los demás. Bajo el parpadeo de las caricias del sol, bajo todos sus golpes y su estrépito, como un grito inadvertido, como un acto de clemencia que desaparece, como la luz sin muro y las llamas de julio caídas de un cielo abierto, el espejo le cayó encima y la derribó.

Delilah se cubrió la cabeza con los brazos y esperó, porque sabía que todos regresarían, que se reunirían debajo y por encima de su cuerpo, abejas ensilladas como caballos surgidas del aire, mariposas enjaezadas entre sí, murciélagos enmascarados, pájaros juntos, todos con las armas desenfundadas. Esperó a escuchar los golpes y temió aquel ejército de alas: de moscas, pájaros, sierpes, sus resplandecientes caras enemigas y sus brillantes vestidos de reyes, aquel estandarte de colores desplegado, todo aquel mundo que volaba, golpeaba, que era golpeado, que caía, dorado o ennegrecido, escindiéndose mortalmente y deshaciéndose, orgullosos turbantes que se desenrollaban, que giraban como las hojas manchadas del otoño, trazando espirales hasta caer sobre una ceniza sin fondo; temió la furia de todas las mariposas y libélulas que cabalgaban por el mundo, en ese momento sin esconder las espadas; descendiendo y alzándose de nuevo desde las aguas de abajo, de lo más profundo, una ballena hecha de su propia tumba, abriendo la boca para tragarse de nuevo a Jonás.

¡Jonás! Una cara conocida, que aún podía mirar atrás desde el camino rojo que él había tomado, aunque fuera demasiado tarde ya para hablar. Él era su Jonás, su Phinny, su mono negro. Aún lo adoraba, si bien hacía mucho tiempo que lo habían apartado de ella por primera vez.

Rígida, Delilah se puso en pie. Ladeó la cabeza, miró fijamente el espejo y percibió la imagen maternal: la cabeza que se movía de un lado a otro en la frente despellejada de un caballo con las orejas y el penacho en alto, el escudo y el tambor de piel de enormes pájaros de los pantanos, la cornamenta de ciervos afilada para cortar y matar. Delilah enseñó los dientes. Después miró las ligeras cenizas y descubrió los huesos de Phinny. Arrancó un cuadrado de sus múltiples capas de faldas y envolvió en él los huesos.

A continuación tomó la carretera, caminando con dificultad con los zapatos de la señorita Myra, y con los de la señorita Theo atados y colgados al cuello, su séquito en la carretera, tras ella. Llevaba los anillos de la señorita Myra —que le ocupaban dos dedos—, pero al final había tenido que rendirse ante el enigma que escondía la cadena del brazalete de la señorita Theo. Eran dos piedras, de un blanco hirviente. Cuando le quitó las peinetas de la cabeza, la señorita Myra también cayó, junto a su hermana.

Ligera, sobre la cabeza de Delilah, reposaba la copa del jubileo. De vez en cuando se detenía y lamía el borde, y probaba de nuevo el dulce fantasma que aún podía hacer que se le pegara la lengua; algo dulce bebido a lengüetadas con glotonería mucho tiempo atrás, con la única incerteza de cuándo o quién lo había hecho. Delilah llevaba su propio bastón de acacia blanca para guiar a las serpientes.

Caminando tras el olor de caballos y fuego, hacia los hombres, Delilah siguió las huellas de las ruedas hasta que se perdieron en el río. A la sombra del puente, quemado y destruido, se sentó en un tocón y mordisqueó, sin sueños, el panal de una avispa del barro. Entonces, de nuevo de rodillas, bebió del río Grande Negro, se quitó los zapatos y comenzó a vadearlo.

Sumergida hasta la cintura, hasta el pecho, estirando el cuello como el tallo de un girasol por encima de la piel opaca del río, siguió avanzando, su tesoro amontonado sobre el tejado de su cabeza, sujetándolo con las manos. Se había olvidado de cómo o cuándo lo supo, y no sabía qué día era, pero sabía algo: no llovería, el río no crecería, hasta el sábado.