El dios del aprendiz

 

Naoya Shiga

 

I

 

Senkichi trabajaba de aprendiz en una tienda de balanzas de Kanda.

Los rayos del sol otoñal, suaves y claros, atravesaban con suavidad la entrada de la tienda bajo una desteñida cortina de índigo. No había ningún cliente en la tienda. El gerente estaba aburrido fumando un cigarrillo sentado dentro del biombo de la caja. Se dirigió al joven gerente que leía el periódico cerca del brasero:

—Eh, Kō san. Pronto vendrá la temporada en la que podrás comer la ventresca de atún que tanto te gusta, ¿verdad?

—Sí.

—¿Qué te parece esta noche? ¿Vamos después de recoger la tienda?

—Me parece bien.

—Si cogemos la línea Sotobori [1] tardaremos quince minutos.

—Así es.

—Si uno ya ha probado el de esa casa, no puede comer el que sirven por aquí.

—Estoy de acuerdo.

Senkichi, el aprendiz, los escuchaba pensando: «Ah, hablan del restaurante de sushi». Estaba sentado en postura formal, con las manos debajo del delantal, en el preciso lugar donde tenía que estar, un poco por detrás del joven gerente. Había una tienda «S» del mismo negocio en Kyōbashi. Como a menudo le mandaban allí, sabía bien dónde estaba el restaurante de sushi. Senkichi pensó: «Quiero hacerme gerente y alcanzar un estatus que me permita cruzar con libertad la cortina de esos restaurantes, hablando como ellos, como si fuera una autoridad».

—Parece que el hijo de Yohē ha abierto un restaurante cerca de Matsuya. Kō san, ¿tú lo conoces?

—Pues no. ¿De qué Matsuya se trata?

—No me paré a preguntar, pero es posible que sea Matsuya de Imagawabashi.

—De acuerdo. Entonces, ¿se come bien allí?

—Eso dicen.

—¿Y entonces es el de Yohē?

—No, se llama… restaurante no sé qué. Me lo dijeron, pero lo he olvidado.

Senkichi los escuchaba pensando: «Hay varios restaurantes tan famosos como ésos». Tragó la saliva que había acumulado en la boca con mucho cuidado de no hacer ruido. «Dicen que se come bien. Pero ¿cómo de bien se come?».

 

 

II

 

Un par de días después, al atardecer, mandaron a Senkichi hasta la tienda «S» de Kyōbashi. Al partir, el gerente le dio el importe justo para el tren de ida y vuelta.

Bajó del tren que pasaba por el foso en Kajibashi y pasó a propósito por delante del restaurante de sushi. Mientras veía la cortina del restaurante se imaginaba a sus gerentes entrando vivarachos bajo ella. Tenía bastante hambre. Le vino a la mente la imagen de un sushi de atún dorado por la grasa y pensó: «Quiero comerme aunque sea sólo una pieza». Hacía ya tiempo que de aquel importe de ida y vuelta en tren compraba la ida y regresaba andando. Y en ese momento esos cuatro sen que le quedaban estaban haciendo ruido, cling, clang, en su bolsillo.

«Puedo comer una pieza por cuatro sen, pero no puedo pedir sólo una pieza». Se resignó y pasó por delante de la taberna.

Enseguida acabó el recado en la tienda «S». Le dieron una caja de cartón bastante pesada. Llevaba unos pequeños contrapesos de latón. Senkichi se marchó de la tienda.

Desanduvo el camino recorrido como si algo le atrajera. Cuando en un descuido giró hacia el restaurante de sushi, descubrió una caseta con una cortina que rezaba el mismo nombre [2] en un callejón al otro lado del cruce. Caminó con pesadez en esa dirección.

 

 

III

 

«A», un joven parlamentario del Senado, tenía un compañero «B» del mismo Parlamento que no dejaba de explicarle que sólo se puede apreciar el gusto del sushi degustándolo en las casetas donde se hace en el acto y se come de inmediato con las manos. «A» pensó en probar un día aquello de comer de pie. Consiguió averiguar quiénes tenían una caseta donde se comía bien.

Un día, poco después de atardecer, «A» fue a la caseta de sushi de la que había oído hablar antes. Cruzó Ginza hasta llegar a Kyōbashi. Ya había tres personas de pie. Dudó unos instantes, pero se atrevió a cruzar por debajo de la cortina. Aun así, no le apetecía colocarse entre las personas que estaban de pie. Permaneció de pie tras ellas bajo la cortina durante un momento.

De pronto, por un lateral, entró un aprendiz que tendría unos 13 o 14 años. El aprendiz avanzó hasta el poco espacio que había delante de «A» empujándolo a un lado. Observó con nerviosismo sobre la tabla de olmo inclinada hacia ese lado. Había cinco o seis piezas de sushi encima.

—¿No hay maki de alga nori?

—No, hoy no lo hacemos. —El rechoncho dueño de la caseta de sushi fijó su mirada en el aprendiz mientras preparaba el sushi.

El aprendiz extendió con ímpetu su mano con un gesto un poco atrevido, como si no se tratara de la primera vez, y cogió una pieza de sushi de atún de las tres que había colocadas. Sin embargo, cuando retiró la mano, se quedó dudando de un modo extraño, aunque ya había sacado la mano con mucha energía.

—Esa pieza cuesta seis sen —dijo el dueño.

El aprendiz colocó de nuevo en silencio aquella pieza encima de la tabla, tirándola.

—No puedes devolver una pieza que hayas cogido. —Colocó una pieza recién terminada en la tabla al mismo tiempo que cogió la otra para devolvérsela.

El aprendiz no dijo nada. Se quedó inmóvil con el ceño fruncido. Al final recobró el ánimo y salió por debajo de la cortina.

—No se puede negar que el precio del sushi ha subido mucho. A los aprendices no les será fácil comerlo —dijo el dueño como si se sintiera un poco culpable. Terminó otra pieza más y cogió la que había tocado el aprendiz. La lanzó con destreza a su boca y se la comió al instante.

 

 

IV

 

—El otro día fui a la caseta de la que me hablaste.

—¿Qué tal?

—Estaba bastante bueno. Por cierto, todo el mundo cogía la pieza con la parte de pescado hacia abajo, así, como hago con la mano, y la tiran de golpe a la boca. ¿Es la manera de los expertos?

—Bueno, parece que por lo general el atún se come de esa manera.

—¿Por qué ponen el pescado hacia abajo?

—Así, si el pescado está malo, te puedes dar cuenta enseguida porque notas un resquemor en la lengua.

—Mira, aunque te escuche, no creo que tus conocimientos sean de fiar.

«A» se partió de risa.

Le contó la historia de aquel aprendiz.

—Me dio un poco de pena. Estuve a punto de invitarle a algo.

—Pues podrías haberlo hecho. Si le hubieras dicho que le invitarías a lo que quisiera, ¡se habría puesto tan contento!

—Ese aprendiz se habría puesto contento, pero yo habría tenido sudores fríos.

—¿Sudores fríos? Vamos, que te falta coraje.

—No sé si es coraje. Da igual, a mí no me surge esa clase de coraje. Si saliéramos juntos afuera y le invitara, quizás fuera posible.

—Bueno, así será —«B» estuvo de acuerdo.

 

 

V

 

«A» tuvo la idea de colocar una pequeña báscula en el cuarto de baño. Su hijo pequeño aún iba a la guardería y quería saber con precisión numérica cómo iba creciendo poco a poco. Un día, por casualidad, entró en la tienda de Kanda donde trabajaba Senkichi.

Senkichi no conocía a «A», pero «A» reconoció a Senkichi.

Había ordenadas unas siete u ocho balanzas de equipaje, desde las más pequeñas hasta las grandes, sobre el suelo sin entarimar que llegaba hasta el fondo del lateral de la tienda. «A» escogió la pequeña. Pensó que a su mujer y a su niño les haría ilusión esa pequeña y encantadora balanza. Era del mismo tamaño que las que solían encontrarse en las paradas y tiendas de transportes.

El gerente preguntó con un viejo cuaderno en la mano:

—¿Cuál es su dirección?

—Pues… —«A» se quedó pensativo unos momentos mirando a Senkichi—. ¿Está disponible ahora ese aprendiz?

—No tiene nada que hacer en particular…

—Entonces, que se venga conmigo. Me corre un poco de prisa.

—De acuerdo. Se la prepararé en un carro para que le acompañe.

«A» pensó en invitar al aprendiz a algún sitio, ya que no pudo hacerlo el otro día.

—Escriba aquí su nombre y dirección, por favor. —Después del pago, el gerente sacó otro cuaderno.

«A» se quedó perplejo. No sabía que, cuando se compraba una balanza, había una regla por la que se tenía que indicar el nombre y dirección del comprador junto con la referencia de la balanza. Iba a invitar al aprendiz después de dar a conocer su nombre. Empezó a recorrerle un sudor frío. No había otro modo. Se puso a darle vueltas y le entregó un nombre y dirección disparatados.

 

 

VI

 

El cliente caminaba relajado, moderando su paso. Senkichi le seguía a unos cuatrocientos o quinientos metros por detrás, tirando de un pequeño carro que portaba la báscula.

Cuando llegaron delante de una parada de carros, el cliente entró, dejando a Senkichi fuera. No tardaron en cargar la báscula en un carro que tenían preparado a la espera.

El cliente salió.

—Bueno, os la dejamos. Os pagarán en el destino anotado en la tarjeta de visita.

Y se dirigió a Senkichi sonriendo:

—Gracias. Te quiero invitar a algo, así que acompáñame.

Senkichi tenía la sensación de que era una historia demasiado buena y un poco rara, pero sintió alegría antes que cualquier otra cosa. Se inclinó haciendo dos o tres reverencias seguidas.

Pasaron delante de un restaurante de soba, [3] de sushi y de pollo. «¿Adónde cree que vamos?». Senkichi empezó a sentirse un poco nervioso. Pasaron bajo el cable eléctrico aéreo de la estación de Kanda y salieron al lado de Matsuya. Atravesaron las vías de los carriles y llegaron delante de un pequeño restaurante de sushi situado en un callejón. El cliente se detuvo.

—Espera un momento. —El cliente entró solo, y Senkichi se quedó de pie, con la barra del carrito bajada.

El cliente no tardó en salir. La dueña del local, joven y elegante, le siguió y dijo:

—Ven, aprendiz.

—Yo me marcho ya, come lo que necesites. —El cliente se fue apresurado hacia las vías de los carriles como si estuviera huyendo.

Senkichi se comió tres raciones de sushi. Se lo terminó en un instante, como si un hambriento perro escuálido se hubiera topado con una comida inesperada. No había ningún otro cliente. La dueña había cerrado la puerta corredera de papel a propósito. Por esa razón, Senkichi pudo ponerse morado y comió sin necesidad de guardar las apariencias.

La dueña que venía a servir té dijo:

—¿Quiere algo más?

Senkichi bajó la cabeza:

—No, nada más.

Se preparó apresurado para regresar.

—Muchas gracias. ¡Venga a comer en otra ocasión! Nos han pagado tal cantidad que aún ha sobrado algo.

Senkichi se quedó callado.

—¿Conoces al señor desde hace tiempo?

—No.

—Caray…

La dueña y el dueño, que acababa de salir, se miraron.

—Es un caballero muy sofisticado. De todos modos, si no vuelves, supondrá un problema para nosotros, ¿de acuerdo?

Senkichi se inclinó exageradamente mientras se calzaba las sandalias.

 

 

VII

 

Tras despedirse del aprendiz, «A» salió a las vías de los carriles como si le estuvieran persiguiendo. Cogió un taxi que pasaba por allí y se fue a casa de «B».

«A» sentía una extraña tristeza y pensó: «El otro día me percaté de la miserable situación del aprendiz y me compadecí de él de corazón. Se ha dado una casualidad y he tenido la oportunidad de ejecutar aquello que anhelaba. El aprendiz ha quedado satisfecho, y yo también debería estarlo. Alegrarle el día a alguien no es algo malo. No me cabe duda de que siento cierta alegría. Pero ¿por qué cargo con estos sentimientos tristes y desagradables? ¿Por qué? ¿A qué vienen? Se parecen mucho a la sensación que uno tiene después de haber hecho algo malo sin que nadie lo sepa.

»A lo mejor tengo una peculiar conciencia de que mi conducta ha sido la correcta. El corazón sincero la critica, la traiciona y se burla de ella. ¿Me lleva esto a sentirme triste? Quizá, si considero que he hecho algo sencillo e insignificante, no sea nada más. Me estoy preocupando sin razón. Es innegable que no he hecho nada deshonroso. Al menos no hace falta sentirme molesto».

Como habían acordado verse aquel día, «B» le estaba esperando. Cuando cayó la noche fueron al concierto de la señora «Y» en el coche de la casa de «B».

«A» regresó bastante tarde. Sus extraños y lastimosos sentimientos casi los había olvidado mientras veía a «B» y escuchaba el vigoroso solo de la señora «Y».

—Muchas gracias por la báscula.

Su esposa estaba tan contenta como esperaba al ver lo pequeña que era la báscula. El niño ya estaba dormido, pero su mujer le comentó que se había alegrado mucho.

—Por cierto, me he cruzado otra vez con el aprendiz que vi en la caseta de sushi el otro día.

—Anda, ¿dónde?

—Era el aprendiz de la tienda de básculas.

—¡Qué casualidad!

«A» le contó que le había invitado a sushi y que después se sintió triste.

—¿Por qué será? Es muy raro que te sientas triste. —Su buena esposa frunció las cejas—. Sí, comprendo esa sensación. —Y dijo de pronto—: Es algo que puede suceder. No sé por qué, pero me ha pasado algo parecido.

—¿Ah, sí?

—Sí, es cierto que puede pasar. ¿Qué opina «B» san?

—No le conté que había visto al aprendiz.

—¿Ah, no? Aun así, estoy segura de que el aprendiz se ha alegrado muchísimo. Si de repente te invitan a una comida así, cualquier persona se alegraría. Yo también quiero que me invites. ¿No se puede encargar ese sushi por teléfono?

 

 

VIII

 

Senkichi regresó tirando del carrito vacío. Su barriga estaba suficientemente satisfecha. Había llegado a comer hasta la saciedad. No recordaba haberse llenado con algo tan delicioso.

De pronto se acordó de la humillación que había sentido el otro día en la caseta de sushi de Kyōbashi. Por fin lo recordó. Fue en ese momento cuando se percató por primera vez de que la invitación de hoy tenía alguna relación con aquello. Pensó: «Tal vez estaba allí». Y siguió: «Seguro. Pero ¿cómo consiguió saber dónde estoy? Es un poco raro. De hecho, el restaurante donde me ha llevado hoy es la misma casa de la que hablaban los gerentes el otro día. ¿Cómo demonios se enteró aquel cliente de la conversación de los gerentes?».

Senkichi estaba tan confundido que no podía soportarlo. En su cabeza no podía imaginarse que «A» y «B» hablaran de aquella caseta de sushi como lo hacían los gerentes. Empezó a convencerse con firmeza: «Aquel cliente se enteró de la conversación de los gerentes al mismo tiempo que yo la escuchaba. No me cabe ninguna duda de que por eso me ha llevado allí». Siguió pensando: «Si no fuera así, no entiendo por qué hemos pasado delante de dos o tres restaurantes de sushi antes de llegar a aquél».

Llegó a considerar: «De todas maneras, ese cliente no es un hombre corriente». Pensó: «Supo de mi vergüenza en la caseta de sushi, y también que los gerentes habían hablado de aquel otro restaurante de sushi. Incluso ha podido leer mis sentimientos. Por eso me ha invitado a tanta cantidad. Eso es algo que no está al alcance de una persona. Quizá es un dios. O si no, un santo ermitaño. O quizás sea oinari sama». [4]

La razón por la que pensó en oinari sama fue porque tenía una tía que durante un tiempo estuvo enajenada por la creencia en él. Cuando oinari sama posee a alguien, su cuerpo comienza a temblar y es capaz de predecir o acertar lo que ha sucedido en lugares lejanos. Ya lo había visto antes. Sin embargo, le resultaba un poco extraño que oinari sama fuera tan haikara. [5] A pesar de todo, la idea de que se trataba de algo sobrenatural fue creciendo poco a poco.

 

IX

 

Aquella clase de extraños y lastimosos sentimientos de «A» desaparecieron con el tiempo sin dejar huella alguna. Pero ya no podía pasar por delante de la tienda de Kanda, ya que le hacía sentirse inquieto. No sólo eso, sino que ya no tenía ganas de ir a aquella caseta de sushi.

—¡Qué bien! Si lo encargamos para casa, todos podemos acompañarte y disfrutarlo —dijo riéndose su esposa.

«A» dijo sin la menor carcajada:

—Un cobarde como yo no debería hacer tal cosa con esa facilidad.

 

 

X

 

Para Senkichi, «aquel cliente» se convirtió en algo inolvidable. Ya no se trataba de si era un ser humano o sobrenatural. Sólo sentía agradecimiento. Por mucho que le hubiera insistido el matrimonio del restaurante de sushi, no quería que le invitaran de nuevo. Era horrible aprovecharse tanto de la generosidad de alguien.

Cuando estaba triste o se sentía amargado, siempre pensaba en «aquel cliente». Sólo el acto de pensar en él le consolaba de algún modo. Creía que un día «aquel cliente» se presentaría delante de él con bendiciones inesperadas.

Yo, el autor, he decidido dejar el pincel en este punto. De hecho, iba a escribir que el gerente le daba al aprendiz el nombre y la dirección de «aquel cliente» debido a la necesidad de verificar su verdadera identidad y hacerle una visita. El aprendiz llega hasta allí. Sin embargo, en dicha dirección no hay ninguna vivienda y lo único que encuentra es un pequeño altar de inari. El aprendiz se queda perplejo.

Iba a escribir algo así, pero tuve la impresión de que escribir algo así era un poco cruel para el aprendiz. Por consiguiente, yo, el autor, reposo mi pluma.

 

Enero de 1920

 

Notas

1. La línea ferroviaria n.º 1 de aquella época que unía Kanda y Nihonbashi/Kyōbashi a lo largo del sotobori, el foso exterior del Palacio Imperial.

2. El nombre de los comercios suele estar escrito en las cortinas que cuelgan de su puerta.

3. Fideos de alforfón.

4. Deidad que se encarga de la comida en el sintoísmo. También se refiere al espíritu del zorro.

5. Viene de high collar, «cuello alto», que fue una palabra de moda desde finales del período Meiji hasta principios de la era Shōwa. Se refiere a la tendencia o al tipo de personas que seguían la moda, el estilo occidental o las cosas modernas.