Demasiada felicidad

Alice Munro

Muchas personas que no han estudiado matemáticas las confunden con la aritmética y las consideran una ciencia seca y árida. Lo cierto es que esta ciencia requiere mucha imaginación.

SOFIA KOVALEVSKI

 

1

El primer día de enero del año 1891 una mujer menuda y un hombre corpulento andan por el Viejo Cementerio de Génova. Los dos rondan los cuarenta años. La mujer tiene la cabeza grande, como un niño, con una mata de pelo oscuro y rizado y una expresión preocupada, un poco suplicante. Su rostro empieza a parecer ajado. El hombre es inmenso. Pesa ciento veinticinco kilos, repartidos por un cuerpo enorme; como es ruso a menudo lo llaman oso, y también cosaco. En estos momentos está agachado sobre unas lápidas, escribiendo en un cuaderno, recopilando inscripciones y tratando de descifrar abreviaturas que no comprende de inmediato, a pesar de que habla ruso, francés, inglés e italiano y comprende el latín clásico y medieval. Sus conocimientos son tan dilatados como su físico, y aunque su especialidad es el derecho administrativo, es capaz de disertar sobre el desarrollo de las instituciones políticas contemporáneas de Estados Unidos, las peculiaridades de la sociedad en Rusia y en Occidente y las leyes y costumbres de los imperios antiguos. Pero no es un pedante. Es ocurrente y goza de muchas simpatías, se siente a sus anchas en ambientes muy distintos y puede llevar una vida sumamente cómoda gracias a sus propiedades cerca de Jarkov. Sin embargo, tiene prohibido ocupar un puesto académico en Rusia, por ser liberal.

Su nombre le pega mucho. Maksim. Maksim Maksimovich Kovalevski.

La mujer que lo acompaña también es una Kovalevski. Estuvo casada con un primo lejano de él, pero ahora es viuda.

Le habla en tono de broma.

—Sabes que uno de los dos va a morir —le dice—. Uno de los dos morirá este año.

Sin prestarle demasiada atención, él le pregunta:

—¿Y eso por qué?

—Porque hemos estado en un cementerio el primer día de Año Nuevo.

—En efecto.

—Todavía hay unas cuantas cosas que tú no sabes —añade ella con voz coqueta pero inquieta—. Yo las sabía antes de los ocho años.

—Las chicas pasan más tiempo con las cocineras y los chicos con los mozos de cuadra… Supongo que es por eso.

—¿Y los chicos de las cuadras no saben nada de la muerte?

—No mucho. Se concentran en otras cosas.

Ese día hay nieve pero es blanda. Donde pisan dejan huellas negras, derretidas.

Se conocieron en 1888. Él había ido a Estocolmo para asesorar sobre la fundación de una escuela de ciencias sociales. Su nacionalidad común, que llegaba hasta un apellido común, habría cruzado sus caminos aunque no hubiera existido una atracción especial. Ella habría tenido la responsabilidad de acompañar y hacerse cargo de un correligionario liberal a quien no acogían en su propio país.

Pero no resultó en absoluto una obligación. Cayeron el uno en brazos del otro como si de verdad hubieran sido parientes que no se veían desde hacía tiempo. A continuación un torrente de bromas y preguntas, una comprensión inmediata, una exuberante algarabía en ruso, como si las lenguas de Europa occidental fueran endebles jaulas puramente formales en las que llevaban demasiado tiempo confinados, o míseras sustitutas de la verdadera habla humana. También su conducta desbordó muy pronto las convenciones de Estocolmo. Él se quedaba hasta tarde en el apartamento de ella. Ella iba sola a almorzar con él en su hotel. Cuando él se hirió una pierna por culpa de un percance en el hielo, ella lo ayudaba a bañarse y vestirse, y no solo eso: se lo contó a la gente. Entonces estaba tan segura de sí misma, y sobre todo de él… Escribió una descripción de Maksim, sacada de De Musset, y se la envió a una amiga.

Es muy alegre, y al mismo tiempo muy sombrío,

vecino desagradable, excelente camarada,

sumamente gracioso y sin embargo tan afectado.

Indignantemente ingenuo, mas muy displicente.

Terriblemente sincero, y tan astuto al mismo tiempo.

Y al final decía: «Y encima, un verdadero ruso; eso es».

Maksim el Gordo, lo llamaba ella por entonces.

«Nunca he sentido tal tentación de escribir novela romántica como con Maksim el Gordo». Y: «Ocupa demasiado sitio, en el diván y en mi cabeza. En su presencia me resulta del todo imposible pensar en otra cosa que no sea él».

Esto ocurría precisamente cuando tendría que haber estado trabajando noche y día, preparando la memoria para el premio Bordin. «No solo estoy descuidando las Funciones, sino también las Integrales Elípticas e incluso mi Cuerpo Rígido», bromeaba con su colega, el matemático Mittag-Leffler, quien convenció a Maksim de que había llegado el momento de que fuera a Upsala a dar conferencias durante una temporada. Sofia lo apartó con gran esfuerzo de sus pensamientos, dejó de fantasear, volvió a centrarse en el movimiento de los cuerpos rígidos y en la solución del llamado problema de la sirena mediante las funciones zeta con dos variables independientes. Trabajaba apresurada pero feliz, porque en el fondo seguía pensando en él. Cuando regresó, ella estaba agotada, aunque pletórica. Dos triunfos: su trabajo listo para una última revisión y una presentación anónima; su amante gruñón pero alegre, entusiasta tras regresar del destierro y, según todos los indicios, decidido a convertirla en la mujer de su vida, o eso pensaba ella.

Lo que los echó a perder fue el premio Bordin. Eso creía Sofia. Al principio también ella se dejó seducir, fascinada por las luces y el champán. El vértigo de los halagos, el deslumbramiento y los besamanos recubrían con una gruesa capa ciertas realidades, realidades fastidiosas pero inmutables. La realidad de que jamás le ofrecerían un trabajo digno de su talento, de que tendría mucha suerte si le tocaba dar clase en una escuela femenina de provincias. Y mientras ella disfrutaba, Maksim se disponía a desaparecer. Ni una sola palabra sobre el verdadero porqué, solo los artículos que tenía que escribir, lo mucho que necesitaba la paz y la tranquilidad de Beaulieu.

Maksim se sentía relegado. Un hombre que no estaba acostumbrado a ser relegado, que probablemente jamás había acudido a ningún salón, a ninguna recepción, desde que era adulto, donde hubiera ocurrido tal cosa. Y tampoco ocurría en París. No era que él se sintiese invisible allí, donde Sofia acaparaba la atención, sino que lo de él se daba por supuesto. Un hombre de consolidada valía y reputación permutable, con cierto volumen corporal e intelectual, unido a un ingenio agudo, una habilidad y un encanto masculinos. En cambio, ella era una absoluta novedad, un bicho raro delicioso, la mujer con talento artístico y timidez femenina, encantadora, y sin embargo con una mente pertrechada de una forma nada convencional bajo sus rizos.

Él le escribió desde Beaulieu, frío y desabrido, pidiendo disculpas y rechazando el ofrecimiento de Sofia de ir a verlo una vez hubiera pasado todo aquel trajín. Había una señora que se alojaba en su casa a quien de ninguna manera podía presentarla, decía él. Esa señora estaba pasando por grandes dificultades y en aquellos momentos requería toda su atención. Sofia debía regresar a Suecia, decía; sería feliz donde la esperaban sus amigos. Sus alumnos la necesitaban, y también su hijita. (¿Un golpe bajo, la insinuación, que Sofia ya había oído, de que no era una buena madre?).

Y al final de la carta, una frase terrible: «Si te amara, habría escrito de otra manera».

 

El fin de todo. Volver de París con su premio y su chocante y fulgurante fama, volver con sus amigos, que de repente no significaban nada para ella. Volver con sus alumnos, que significaban algo más, pero solo cuando se presentaba ante ellos transformada en matemática, la parte de su personalidad que, cosa rara, aún era accesible. Y volver con su Fufu, supuestamente desatendida pero tremendamente dichosa.

En Estocolmo todo se lo recordaba.

Estaba en la misma habitación, con los muebles trasladados a costa de un gasto disparatado desde la otra orilla del mar Báltico. El mismo diván frente a ella que hacía poco había soportado con entereza la mole de Maksim. Y encima la suya, cuando él la tomaba diestramente entre sus brazos. A pesar de su tamaño, él jamás había sido torpe como amante.

El mismo damasco rojo, en el que se habían sentado invitados ilustres y no tan ilustres cuando estaba en su antiguo hogar, ya perdido. Quizá se hubiera sentado en él Fiodor Dostoievski, en su lamentable estado nervioso, deslumbrado por Aniuta, su hermana. Y por supuesto, Sofia, la hija que tanto dejaba que desear a ojos de su madre, la hija siempre molesta.

La misma vieja vitrina, también traída desde su casa de Palibino, con los retratos de sus abuelos incrustados, pintados sobre porcelana.

Los abuelos Shubert. Ningún consuelo por esa parte. Él de uniforme, ella con un vestido de fiesta, tan absurdamente satisfechos de sí mismos. Habían conseguido lo que querían, suponía Sofia, y por quienes no eran tan intrigantes o tan afortunados solo sentían desprecio.

—¿Sabías que soy medio alemana? —le había dicho Sofia a Maksim.

—Por supuesto. ¿Cómo si no podrías ser tal prodigio de laboriosidad, y tener la cabeza tan llena de números míticos?

Si te amara.

Fufu le trajo un plato de mermelada y le pidió que jugara a un juego de cartas infantil.

—Déjame en paz. ¿Es que no puedes dejarme en paz?

Más adelante enjugó las lágrimas de la niña y le pidió perdón.

Pero bien mirado Sofia no era de las que se hundían para siempre. Se tragó el orgullo e hizo acopio de sus recursos; escribió cartas desenfadadas que al hablar con desenvoltura de placeres frívolos —patinar, montar a caballo— e interesarse por la política rusa y francesa podían bastar para tranquilizar a Maksim, e incluso para hacerle sentir que su advertencia había sido cruel e innecesaria. Logró arrancarle otra invitación, y se marchó a Beaulieu en cuanto terminó sus clases, en verano.

Días placenteros. También malentendidos, como los llamaba ella. (Con el tiempo lo cambiaría por «conversaciones»). Rachas de frialdad, rupturas, rupturas a medias, repentina cordialidad. Un accidentado viaje por Europa, durante el que se presentaron abierta y escandalosamente como amantes.

Sofia pensaba a veces si Maksim iría con otras mujeres. Ella jugueteaba con la idea de casarse con un alemán que la cortejaba. Pero el alemán era demasiado quisquilloso y ella sospechaba que quería un ama de casa. Además, no estaba enamorada de él. Cada vez que el hombre pronunciaba sus concisas palabras de amor en alemán, a ella se le helaba la sangre.

Cuando se enteró de aquel honorable cortejo, Maksim dijo que lo mejor sería que se casara con él. Siempre y cuando ella pudiera sentirse a gusto con lo que él le ofrecía, añadió. Al decirlo fingió referirse al dinero. Por supuesto, lo de sentirse a gusto con sus riquezas era una broma. Sentirse a gusto con una tibia y cortés oferta de sentimientos, que descartara las decepciones y los alborotos que casi siempre provocaba ella…, eso era un asunto completamente distinto.

Sofia se refugió en el tono burlón, dejando que Maksim pensara que ella no creía que sus palabras fueran en serio, y no tomaron ninguna decisión. Pero al volver a Estocolmo se consideraba una imbécil. Y le contó por carta a Julia, antes de ir al sur en Navidad, que no sabía si iba camino de la felicidad o de la amargura. Se refería a que le diría que ella iba en serio y averiguaría si él también. Estaba preparada para la decepción más humillante.

Se libró de eso. Al fin y al cabo, Maksim era un caballero y cumplió su palabra. Se casarían en primavera. Una vez decidido, se sintieron más a gusto el uno con el otro que al principio. Sofia se portaba bien, sin enfados ni arrebatos. Él esperaba cierto decoro, pero no el decoro del ama de casa. Jamás se opondría a que fumara, a sus interminables tazas de té y a su apasionamiento político, como quizá haría un marido sueco. Y a ella no le desagradaba comprobar que cuando a él le fastidiaba la gota podía ser tan irracional, irritante y egocéntrico como ella. Al fin y al cabo, eran compatriotas. Y se sentía culpable y aburrida con los suecos, tan racionales, los únicos en Europa dispuestos a contratar a una matemática para su nueva universidad. Su ciudad era demasiado limpia, demasiado pulcra, sus fiestas demasiado comedidas. Una vez que llegaban a la conclusión de que cierta forma de actuar era la correcta la seguían hasta el final, sin las veladas de discusión, estimulantes y probablemente peligrosas, que se prolongaban sin fin en San Petersburgo o París.

Maksim no se entrometería en el verdadero trabajo de Sofia, que era la investigación, no la enseñanza. Se alegraría de que tuviera algo que la absorbiera, aunque ella sospechaba que las matemáticas no le parecían banales pero sí un tanto accesorias. ¿Cómo iba a pensar un profesor de derecho y sociología?

El tiempo es más cálido en Niza, unos días más tarde, cuando Maksim la acompaña al tren.

—¿Cómo voy a irme, cómo voy a dejar este aire tan suave?

—Ah, pero te están esperando tu mesa y tus ecuaciones diferenciales. En primavera serás incapaz de apartarte de ellas.

—¿Tú crees?

No debe pensar…, no debe pensar que él está insinuándole que ojalá no se casen en primavera.

Sofia ya ha enviado una carta a Julia, diciéndole que, después de todo, va a ser feliz. Después de todo, felicidad. Felicidad.

En el andén un gato negro se les cruza en diagonal. Sofia detesta los gatos, especialmente los negros, pero no dice nada y refrena un estremecimiento. Y como para recompensarla por su autocontrol, Maksim anuncia que irá con ella hasta Cannes, si le parece bien. Ella apenas puede responder, por lo agradecida que está, además de por la funesta presión del llanto. Llorar en público es algo que a Maksim le parece despreciable. (Y cree que tampoco tiene por qué soportarlo en privado).

Sofia logra reprimir las lágrimas, y cuando llegan a Cannes, él la envuelve en sus amplias ropas, de buen corte, con su olor a virilidad, una mezcla de aroma de animales con pelo y de tabaco caro. La besa con decoro pero pasa rápidamente la lengua por sus labios, recordatorio de íntimas ansias.

Naturalmente, ella no le ha recordado que su trabajo trataba de la teoría de las ecuaciones diferenciales parciales, ni que lo terminó hace tiempo. Pasa la primera hora de su solitario viaje como suele pasar el primer rato tras separarse de él: sopesando las señales de afecto y las de enfado, las de indiferencia y las de una pasión con ciertas reticencias.

«Recuerda que cuando un hombre sale de una habitación, se lo deja todo en ella —le ha dicho su amiga Marie Mendelson—. Cuando sale una mujer, se lleva todo lo que ha ocurrido allí».

Al menos ahora tiene tiempo de descubrir que sufre un resfriado de garganta. Sofia espera que, si Maksim lo ha pillado también, no sospeche de ella. Como es un soltero con salud de hierro, considera el menor contagio un insulto, y para él la mala ventilación o un aliento fétido son agresiones personales. En ciertos sentidos es un malcriado, francamente.

Malcriado y, aunque parezca mentira, envidioso. Hace algún tiempo le contó a Sofia por carta que habían empezado a atribuirle a ella ciertos escritos suyos, por la coincidencia de apellidos. Había recibido una carta de un agente literario de París, que se dirigía a él como «Estimada señora».

Por desgracia, había olvidado que ella era novelista además de matemática, decía. Qué decepción para el parisiense que él no fuera ninguna de las dos cosas. Un simple erudito, y hombre.

Una broma estupenda, desde luego.

2

Sofia se queda dormida antes de que enciendan las luces del tren. Sus últimos pensamientos de vigilia —pensamientos desagradables— son para Victor Jaclard, el esposo de su hermana muerta, a quien tiene pensado ir a ver en París. En realidad es a su joven sobrino, Urey, el hijo de su hermana, a quien está deseando ver, y el chico vive con su padre. Siempre recuerda a Urey tal y como era a los cinco o seis años de edad, angelicalmente rubio, confiado y cariñoso, pero de temperamento nada parecido al de su madre, Aniuta.

Se ve en un confuso sueño con Aniuta, con la Aniuta de mucho antes de la aparición de Urey y Jaclard. La Aniuta soltera, de pelo dorado, hermosa y de mal genio, en la finca familiar de Palibino, donde está decorando su habitación de la torre con iconos ortodoxos y quejándose de que no son los objetos religiosos propios de la Europa medieval. Ha leído una novela de Bulwer-Lytton y se ha cubierto de velos para imitar a Edith Cuello de Cisne, la amante de Harold de Hastings. Tiene pensado escribir ella también una novela sobre Edith y ya ha terminado unas cuantas páginas donde describe la escena en que la heroína ha de identificar el cuerpo despedazado de su amante por ciertas marcas que solo ella conoce.

Por alguna razón ha llegado a este tren y le lee las páginas a Sofia, que no tiene ánimos para explicarle cómo han cambiado las cosas y qué ha ocurrido desde los tiempos de la habitación de la torre.

Al despertarse, Sofia piensa en que todo aquello era cierto —la obsesión de Aniuta con la historia medieval, especialmente con la de Inglaterra— y en que un buen día aquello desapareció, velos incluidos, como si nunca hubiera existido, y en su lugar surgió una Aniuta seria y ancladas en el presente, que escribía sobre una joven que a instancias de sus padres y por motivos convencionales rechaza a un joven investigador que muere. Tras su muerte, ella comprende que lo ama y no tiene otra opción que seguirlo a la tumba.

Envió en secreto el relato a una revista dirigida por Fiodor Dostoievski, y lo publicaron.

Su padre se indignó.

—Si ahora vendes tus relatos, ¿cuánto tardarás en venderte a ti misma?

En medio de la confusión entró en escena el propio Fiodor, que se portó fatal en una fiesta pero aplacó a la madre de Aniuta con una visita privada y acabó por pedir a Aniuta en matrimonio. La firme oposición del padre casi convenció a Aniuta de aceptar, de fugarse. Pero a fin de cuentas, también apreciaba su propia celebridad, y quizá tuvo la premonición de que debería sacrificarla, con Fiodor, de modo que lo rechazó. Él la convirtió en la Aglia de su novela El idiota y se casó con una joven taquígrafa.

Sofia vuelve a adormilarse, se sumerge en otro sueño en el que Aniuta y ella son jóvenes pero no tanto como en Palibino, y están juntas en París. Jaclard, el amante de Aniuta —todavía no su marido—, ha sustituido a Harold de Hastings y a Fiodor el novelista como héroe, y además Jaclard es un auténtico héroe, aunque maleducado (se vanagloria de sus orígenes campesinos) e infiel desde el principio. Está luchando en las afueras de París, y Aniuta teme que lo maten, porque es muy valiente. En el sueño de Sofia, Aniuta ha ido a buscarlo, pero las calles por las que deambula llorando y gritando su nombre son de San Petersburgo, no de París, y Sofia se queda en un enorme hospital parisiense lleno de soldados muertos y civiles ensangrentados, y uno de los muertos es su marido, Vladimir. Huye de todas aquellas víctimas, buscando a Maksim, que está a salvo en el hotel Splendide. Maksim la sacará de todo aquello.

Se despierta. Llueve y está oscuro, y no está sola en el compartimento. Hay una joven desaliñada sentada junto a la puerta, con una carpeta de dibujo. Sofia teme haber gritado en sueños, pero lo más probable es que no lo haya hecho, porque la chica está durmiendo plácidamente.

Si la chica hubiera estado despierta, quizá Sofia le habría dicho: «Perdone, estaba soñando con 1871. Yo estaba allá, en París; mi hermana estaba enamorada de un comunero. Lo capturaron y podrían haberlo matado o enviado a Nueva Caledonia, pero conseguimos sacarlo. Lo hizo mi esposo. Mi esposo, Vladimir, que no era comunero y lo único que quería era ver los fósiles del Jardín des Plantes».

La chica se habría aburrido. A lo mejor habría sido cortés, aunque de todos modos habría dado la sensación de que para ella todo aquello había sucedido antes del destierro de Adán y Eva. Seguramente ni siquiera era francesa. Las chicas francesas que se podían permitir viajar en segunda no solían ir solas. ¿Quizá norteamericana?

Era sorprendentemente cierto que Vladimir pudo pasar algunos de aquellos días en el Jardin des Plantes. Y falso que lo hubieran matado. En medio del caos estaba cimentando su única y auténtica vocación, la de paleontólogo. Y también era cierto que Aniuta llevó a Sofia a un hospital en el que habían despedido a todas las enfermeras profesionales, a quienes consideraban contrarrevolucionarias, y las iban a sustituir las esposas y camaradas de los comuneros. Las mujeres normales y corrientes maldecían las sustituciones porque no sabían ni poner un vendaje y los heridos morían, aunque la mayoría habría muerto de todos modos. Además de las heridas de guerra había que enfrentarse a las enfermedades. Se decía que la gente comía perros y ratas.

Jaclard y sus revolucionarios lucharon durante diez semanas. Tras la derrota encarcelaron a Jaclard en Versalles, en una celda subterránea. Habían matado a varios hombres porque los habían confundido con él. O eso se contaba.

En aquella época el general, padre de Aniuta y Sofia, había llegado de Rusia. A Aniuta la habían llevado a Heidelberg, donde tuvo que guardar reposo. Sofia volvió a Berlín y al estudio de las matemáticas, pero Vladimir se quedó, y abandonó sus mamíferos terciarios para, en connivencia con el general, liberar a Jaclard. Lo lograron gracias a la osadía y el soborno. Jaclard iba a ser trasladado bajo la custodia de un soldado a una cárcel de París, y pasaría por cierta calle donde habría una muchedumbre que acudía a una exposición. Vladimir se lo llevaría mientras el guardia miraba para otro lado; le habían pagado para que lo hiciera. Y aún bajo su protección, Vladimir lo arrastraría por entre la multitud hasta un cuarto donde encontraría ropa de paisano; después lo llevaría a la estación de ferrocarril y, provisto del pasaporte de Vladimir, Jaclard huiría a Suiza.

Lo lograron.

Jaclard no se molestó en enviar de vuelta el pasaporte hasta que Aniuta se reunió con él; fue ella quien lo devolvió. No se reembolsó ninguna cantidad de dinero.

Sofia envió sendas notas desde su hotel de París a Marie Mendelson y Jules Poincaré. La criada de Marie respondió que su señora estaba en Polonia. Ella contestó diciendo que podría necesitar la ayuda de su amiga, en primavera, para «escoger el traje adecuado para el acontecimiento que el mundo podría considerar el más importante en la vida de una mujer». Añadía entre paréntesis que el mundo de la moda y ella «seguían manteniendo unas relaciones bastante confusas».

Poincaré llegó a una hora de la mañana excepcionalmente temprana y de inmediato empezó a quejarse de la conducta del matemático Weierstrass, antiguo mentor de Sofia, que había formado parte del jurado en la entrega de un reciente premio de matemáticas instituido por el rey de Suecia. Le habían concedido el premio a Poincaré, pero Weierstrass consideró conveniente anunciar que existían posibles errores en su trabajo —el de Poincaré— que a él, Weierstrass, no le habían dado tiempo para investigar. Había enviado una carta con sus dudas y anotaciones al rey (como si semejante personaje supiera algo sobre el tema), y había hecho ciertas declaraciones indicando que Poincaré sería más valorado en el futuro por los aspectos negativos de su trabajo que por los positivos.

Sofia lo calmó diciéndole que iría a ver a Weierstrass y le plantearía el asunto. Fingió no saber nada al respecto, aunque le había escrito una carta tomándole el pelo a su antiguo profesor.

«Estoy segura de que al rey le ha quitado gran parte de su real sueño la información que usted le ha remitido. Piense en la inquietud que habrá despertado en la regia mente, hasta la fecha tan felizmente ignorante de las matemáticas. Espero por su bien que no se arrepienta de su generosidad…».

—Al fin y al cabo —le dijo a Jules—, al fin y al cabo tú tienes el premio y lo tendrás para siempre.

Jules le dio la razón, y añadió que su nombre seguiría brillando cuando el de Weierstrass hubiera caído en el olvido.

Todos y cada uno de nosotros caeremos en el olvido, pensó Sofia, pero no lo dijo, por la delicada sensibilidad de los hombres en estas cuestiones, sobre todo de los hombres jóvenes.

Se despidió de él a mediodía y fue a ver a Jaclard y Urey. Vivían en una zona pobre de la ciudad. Tuvo que atravesar un patio con ropa tendida —había cesado la lluvia, aunque el día seguía oscuro— y subir una escalera exterior larga y un tanto resbaladiza. Jaclard gritó que la puerta no tenía el pestillo echado, y al entrar, Sofia se lo encontró sentado en una caja puesta boca abajo, sacándole brillo a unas botas. No se levantó para saludarla, y cuando ella empezó a quitarse la capa, Jaclard le dijo:

—Será mejor que no. La estufa no se enciende hasta la noche.

Le señaló el único sillón, grasiento y desvencijado. Era peor de lo que Sofia se imaginaba. No estaba Urey; no había esperado a verla.

Había dos cosas que ella quería averiguar sobre Urey. ¿Se parecía más a Aniuta y a la rama rusa de su familia? Y ¿había crecido? Cuando cumplió los quince, el año anterior, en Odesa, no aparentaba más de doce.

Enseguida descubrió que las cosas habían tomado un cariz que restaba importancia a tales preocupaciones.

—¿Y Urey? —preguntó.

—Ha salido.

—¿Está en el colegio?

—Es posible. Sé poco de él. Y cuanto más sé, menos me importa.

Sofia pensó en tranquilizarlo y sacar el tema a colación más adelante. Le preguntó por su salud —la de Jaclard—, y él le contestó que estaba mal de los pulmones. Dijo que no había llegado a recuperarse de aquel invierno de 1871, del hambre y las noches al raso. Sofia no recordaba que los combatientes hubieran pasado hambre —tenían el deber de comer, para poder combatir—, pero dijo, benévola, que había estado pensando en aquella época mientras iba en el tren. Había estado pensando en Vladimir y en el rescate, que parecía sacado de una ópera cómica.

No fue una comedia ni una ópera, dijo él, pero se animó hablando de eso. Mentó a los hombres a los que habían matado al confundirlos con él, y de la desesperada batalla entre el 20 y el 30 de mayo. Cuando al fin lo capturaron, había terminado la época de las ejecuciones sumarias; sin embargo, él seguía creyendo que moriría tras su ridículo juicio. Solo Dios sabía cómo había logrado escapar. Y no es que creyera en Dios, añadió, como hacía siempre.

Siempre. Y cada vez que contaba la historia, el papel de Vladimir —y del dinero del general— se empequeñecía. Tampoco mencionaba el pasaporte. Lo que contaba era la valentía de Jaclard, su destreza. A medida que hablaba parecía más entregado a su público.

Aún se recordaba su nombre. Aún se contaba su historia.

Y siguió hablando, contando historias ya conocidas. Se levantó y cogió una caja de caudales de debajo de la cama. Allí estaba el preciado papel, el papel que ordenaba su salida de Rusia, cuando estaba en San Petersburgo con Aniuta tras la época de la Comuna. Tenía que leerlo de principio a fin.

Excelentísimo señor Konstantin Petrovich:

Me apresuro a comunicaros que el francés Jaclard, miembro de la antigua Comuna, mientras vivió en París se mantuvo continuamente en contacto con representantes del Partido Revolucionario del Proletariado Polaco y el judío Karl Mendelson, y gracias a la vinculación con Rusia por mediación de su esposa participó en el traslado de las cartas de Mendelson a Varsovia. Es amigo de muchos y destacados radicales franceses. Desde San Petersburgo Jaclard mandó a París noticias por completo falsas y dañinas sobre los asuntos políticos rusos y tras el primero de marzo y la tentativa contra el zar esta información traspasó los límites de la paciencia, motivo por el cual, ante mi insistencia, el ministro decidió enviarlo fuera de las fronteras de nuestro imperio.

 

Fue recuperando el entusiasmo a medida que leía, y Sofia recordó que antes se burlaba y bromeaba, y que ella, e incluso Vladimir, se sentían en cierto modo honrados de que los tuviera en cuenta, aunque fuera como público.

—Qué lástima —dijo Jaclard—. Es una lástima que la información sea incompleta. No menciona que me eligieron los marxistas de la Internacional de Lyon para representarlos en París.

En aquel momento entró Urey. Su padre siguió hablando.

—Era un secreto, por supuesto. Oficialmente me pusieron en el Comité de Seguridad Pública de Lyon. —Iba de acá para allá por la habitación, con una seriedad gozosa, descontrolada—. Fue en Lyon donde nos enteramos de que habían capturado al sobrino de Bonaparte, más pintarrajeado que una puta.

Urey saludó a su tía con la cabeza, se quitó la chaqueta —saltaba a la vista que no notaba el frío— y se sentó en la caja para reanudar la tarea que había empezado su padre con las botas.

Sí. Se parecía a Aniuta. Pero era con la Aniuta de la última época con quien tenía parecido. La caída de párpados cansada y sombría, la mueca de escepticismo —que en él era desdén— de los gruesos labios. No había ni rastro de la muchacha de pelo dorado ansiosa de peligro, de merecida fama, con arrebatadas invectivas. Urey no debía de guardar ningún recuerdo de aquel ser; solo el de una mujer enferma, asmática, con cáncer, un bulto informe proclamando su deseo de morir.

Jaclard la había amado al principio, quizá, en la medida en que él era capaz de amar. A Jaclard le constaba el amor de Aniuta. En la carta ingenua o simplemente arrogante dirigida al padre de Aniuta, en la que le explicaba su decisión de casarse con ella, decía que le parecía injusto abandonar a una mujer que le profesaba tanto cariño. Nunca había renunciado a otras mujeres, ni siquiera al principio de la relación, cuando Aniuta estaba enloquecida por él. Y por supuesto, tampoco durante el matrimonio. Sofia suponía que las mujeres aún lo encontraban atractivo, a pesar de la barba descuidada y canosa y de que a veces se exaltaba tanto al hablar que sus palabras se convertían en un balbuceo. Un héroe agotado por su lucha, un hombre que había sacrificado su juventud; así podía presentarse, no sin causar impresión. Y en cierto modo era verdad. Era físicamente valiente, tenía ideales, había nacido pastor y sabía lo que significaba ser despreciado.

Y también Sofia lo despreciaba en aquellos momentos.

La habitación era un desastre, pero al mirarla con detenimiento se notaba que la habían limpiado lo mejor posible. Había unos cuantos cacharros de cocina colgados de clavos en la pared. Le habían sacado brillo a la estufa apagada, así como al fondo de los cacharros. A Sofia se le pasó por la cabeza que Jaclard aún podría tener una mujer a su lado.

Él estaba hablando de Clemenceau, comentando que mantenían buenas relaciones. Ya se había puesto a tono para presumir de la amistad con un hombre a quien Sofia habría esperado que Jaclard acusara de estar pagado por el Ministerio de Asuntos Exteriores británico (aunque ella no creía que fuera verdad).

Sofia lo distrajo elogiando lo ordenada que estaba la habitación.

Jaclard miró a su alrededor, sorprendido ante el cambio de tema, y sonrió lentamente, con renovado afán de venganza.

—Estoy casado con una persona que se encarga de mi bienestar. Me alegro de poder decir que es una señora francesa. No es tan charlatana ni tan vaga como las rusas. Es culta; fue institutriz, pero la despidieron por sus simpatías políticas. Siento no poder presentártela. 

Es pobre pero decente y sigue importándole su buen nombre.

—Ya —dijo Sofia levantándose—. Tenía pensado decirte que yo también vuelvo a casarme. Con un caballero ruso.

—Había oído que andabas con Maksim Maksimovich. No sabía nada de boda.

Sofia estaba tiritando tras tanto rato sentada con aquel frío. Se dirigió a Urey en el tono más alegre que pudo.

—¿Vienes con tu anciana tía a la estación? No he tenido ocasión de hablar contigo.

—Espero no haberte ofendido —dijo Jaclard maliciosamente—. Siempre he creído que hay que decir la verdad.

—En absoluto.

Urey se puso la chaqueta y Sofia se dio cuenta de que le quedaba grande. Probablemente la habían comprado en un mercadillo de segunda mano. Había crecido, pero no era más alto que ella. Sin duda no se había alimentado como era debido en una época importante de su vida. Su madre era alta, y Jaclard seguía siéndolo.

Aunque al principio no parecía demasiado dispuesto a acompañarla, Urey se puso a hablar antes de llegar al final de las escaleras. Recogió la maleta de Sofia inmediatamente, sin que ella se lo pidiera.

—Es tan tacaño que ni siquiera enciende el fuego para ti. Hay leña en la caja, ella ha traído un poco esta mañana. Es más fea que un demonio, por eso no quiere que la conozcas.

—No deberías hablar así de las mujeres.

—¿Y por qué no, si quieren ser iguales?

—Supongo que debería decir «de las personas». Pero no quiero hablar de ella ni de tu padre. Quiero hablar de ti. ¿Qué tal te va con los estudios?

—Los detesto.

—No puedes detestarlo todo.

—¿Por qué no? No es nada raro detestarlo todo.

—¿Puedes hablar en ruso conmigo?

—Es un idioma primitivo. ¿Por qué no hablas tú mejor en francés? Él dice que tienes un acento primitivo. Dice que también mi madre tenía un acento primitivo. Los rusos son primitivos.

—¿Eso también lo dice él?

—Yo tengo mis propias ideas.

Caminaron un rato en silencio.

—París es un poco deprimente en esta época del año —dijo Sofia—. ¿Te acuerdas de lo bien que lo pasamos aquel verano en Sévres? Hablábamos de todo. Fufu todavía te recuerda y habla de ti. Se acuerda de cuánto deseabas venir a vivir con nosotros.

—Eso era cosas de chiquillo. Entonces yo no pensaba de forma realista.

—¿Y ahora sí? ¿Has pensado en un trabajo para toda la vida?

—Sí.

Por el tono satisfecho y sarcástico de su voz, Sofia no le preguntó en qué iba a consistir, pero él se lo dijo.

—Voy a trabajar anunciando las paradas del ómnibus. Estuve trabajando en eso en Navidad, pero él vino y me obligó a volver. Cuando cumpla un año más, ya no podrá obligarme.

—A lo mejor no siempre te conformarás con anunciar las paradas.

—¿Por qué no? Es algo muy útil. Es necesario siempre. Lo que no es necesario son las matemáticas, o eso me parece a mí.

Sofia guardó silencio.

—No sentiría respeto por mí mismo siendo profesor de matemáticas. —Estaban subiendo al andén—. Ganar premios y un montón de dinero por cosas que nadie entiende y que no le importan a nadie y que no sirven para nada.

—Gracias por llevarme la maleta.

Le dio algo de dinero, aunque no tanto como tenía intención. Él lo cogió con una desagradable sonrisa, como diciendo: te creías que iba a ser demasiado orgulloso, ¿no? Después le dio las gracias apresuradamente, como en contra de su voluntad.

Sofia lo observó mientras se alejaba y pensó que posiblemente no volvería a verlo. El hijo de Aniuta, bien mirado, cuánto se parecía a Aniuta. A Aniuta dando al traste con casi todas las comidas familiares con sus altivas diatribas. A Aniuta recorriendo los senderos del jardín, llena de desdén por su vida de entonces y de fe en un destino que la llevaría a un mundo completamente nuevo, justo y sólido.

Quizá Urey cambiaría de rumbo; quién sabe. Incluso quizá llegaría a sentir cierto cariño por su tía Sofia, aunque probablemente no sería hasta que tuviera la edad que tenía ahora ella y ella llevara mucho tiempo muerta.

3

 

Sofia llegó media hora antes que el tren. Quería una taza de té y unas pastillas para la garganta, pero no se sentía con fuerzas para ponerse a hacer cola ni hablar en francés. Por muy bien que te las arregles cuando tienes buena salud, basta un ligero decaimiento o el presagio de una enfermedad para volver al refugio de la lengua de la infancia. Se sentó en un banco y dejó caer la cabeza. Podía dormir un ratito.

Más que un ratito. Habían pasado quince minutos según el reloj de la estación. Se había formado una muchedumbre, había un gran ajetreo a su alrededor, y carritos con equipaje yendo y viniendo.

Mientras corría hacia el tren vio a un hombre con un gorro de piel como el de Maksim. Un hombre corpulento, con abrigo oscuro. Aunque no le vio la cara mientras el hombre se alejaba de ella, sus anchos hombros y su forma cortés pero decidida de abrirse paso le recordaron vivamente a Maksim.

Un carro cargado hasta los topes pasó entre ellos y el hombre desapareció.

No podía ser Maksim, por supuesto. ¿Qué podría estar haciendo en París? ¿A qué tren o cita tenía que acudir con tanta prisa? A Sofia le empezó a latir el corazón de manera desagradable cuando subió al tren y encontró su asiento junto a una ventanilla. Era lógico que hubiera otras mujeres en la vida de Maksim. Por ejemplo, la mujer a quien no podía presentarla cuando se negó a invitarla a Beaulieu. Pero Sofia estaba convencida de que no era hombre de complicaciones escabrosas. Y mucho menos dispuesto a ataques de celos, reprimendas y llantos femeninos. Maksim había dejado claro en aquella otra ocasión que Sofia no tenía ningún derecho, que no ejercía ningún control sobre él.

Lo que sin duda significaba que él pensaba que ahora sí lo tenía y le parecería indigno engañarla.

Y cuando creyó verlo, Sofia acababa de despertarse de un sueño malsano, enfermizo. Había tenido una alucinación.

El tren fue encajándose con los traqueteos y crujidos de costumbre y lentamente salió de debajo del techo de la estación.

Cómo le gustaba antes París. No el París de la Comuna, donde había estado a las órdenes exaltadas y en ocasiones incomprensibles de Aniuta, sino el París que había visto después, en la plenitud de su vida adulta, cuando conoció a matemáticos y pensadores políticos. En París no existían cosas como el aburrimiento, el esnobismo o el engaño, pregonaba entonces.

Después le concedieron el premio Bordin, le besaron la mano y le ofrecieron flores y discursos en las salas más elegantes y espléndidamente iluminadas. Pero a la hora de darle trabajo le habían cerrado las puertas. Ni se les ocurría contratarla, como jamás habrían contratado a un chimpancé amaestrado. Las esposas de los grandes científicos preferían no conocerla y no la invitaban a sus casas.

Las esposas eran las vigilantes de las barricadas, el ejército invisible e implacable. Sus maridos se encogían de hombros con tristeza ante las prohibiciones, pero las acataban. Unos hombres que hacían pedazos viejas ideas seguían sometidos a unas mujeres en cuya cabeza solo tenían cabida la necesidad de los corsés ajustados, las tarjetas de visita y unas conversaciones que te llenaban la garganta de una especie de niebla perfumada.

Tenía que poner fin a esa letanía de rencores. Las mujeres casadas de Estocolmo la invitaban a sus casas, a las fiestas más importantes y a las cenas íntimas. La elogiaban y se sentían orgullosas de ella. Acogían a su hija. Sofia podía ser una rareza, pero una rareza que ellas aceptaban. Como si fuera un loro políglota o uno de esos prodigios capaz de decir sin vacilación ni aparente reflexión que cierta fecha del siglo XIV caía en martes.

No, no era justo. La respetaban por lo que hacía, y muchas de ellas estaban convencidas de que debía haber más mujeres que hicieran cosas como aquéllas y de que algún día sería así. Entonces, ¿por qué se aburría con ellas y echaba en falta las largas veladas y las conversaciones raras? ¿Por qué le molestaba que vistieran como las esposas de los clérigos o como gitanas?

Estaba de un humor de perros, a causa de Jaclard, Urey y la mujer respetable a la que no podían presentar. Y del dolor de garganta y los ligeros escalofríos, sin duda síntomas del resfriado que se le venía encima.

De todos modos, también ella sería una mujer casada dentro de poco, y encima, la esposa de un hombre rico, inteligente y competente.

 

Ha llegado el carrito del té. Eso le aliviará la garganta, pero piensa que ojalá fuera té ruso. La lluvia empezó a caer poco después de que salieran de París y ahora se ha transformado en nieve. Sofia prefiere la nieve a la lluvia, los campos blancos a la tierra oscura y empapada, como cualquier ruso. Y donde hay nieve la mayoría de la gente reconoce la presencia del invierno y toma algo más que medidas deslavazadas para mantener sus casas caldeadas. Piensa en la casa de los Weierstrass, donde dormirá esta noche. El profesor y sus hermanas se niegan a que vaya a un hotel.

Su casa siempre es cómoda, con alfombras oscuras, gruesas cortinas con flecos y profundos sillones. La vida allí sigue un ritual: está consagrada al estudio, sobre todo al estudio de las matemáticas. Los alumnos, por lo general mal vestidos, tímidos, cruzan el salón de uno en uno para ir al despacho. Las dos hermanas solteras del profesor los saludan amablemente al pasar, sin esperar respuesta. Se dedican a tejer, remendar o hacer ganchillo. Saben que su hermano tiene un cerebro prodigioso, que es un gran hombre, pero también que necesita cierta cantidad de ciruelas al día, debido a su trabajo sedentario, que no le puede rozar la piel ni la lana más delicada, porque le sale sarpullido, que se siente herido cuando un colega no reconoce sus méritos en un artículo publicado (si bien él finge no darse cuenta, en las conversaciones y por escrito, y elogia escrupulosamente a la persona que lo ha desairado).

Las hermanas, Clara y Elise, se sobresaltaron el primer día que Sofia entró en el salón camino del despacho. La doncella que la había dejado entrar no estaba acostumbrada a hacer distinciones, porque quienes vivían en la casa llevaban una vida muy retirada, y también porque algunos estudiantes que iban allí eran desastrados y descorteses, de modo que no se podían aplicar las exigencias de la mayoría de las casas respetables. Aun así, a la doncella le vaciló un poco la voz antes de dejar entrar a aquella mujer menuda, cuyo rostro quedaba casi del todo oculto por un sombrero oscuro, que se movía asustada, como una mendiga avergonzada. Las hermanas no pudieron determinar su verdadera edad, pero llegaron a la conclusión, después de dejarla pasar al despacho, de que podía ser la madre de un alumno que iba a regatear o a suplicar por los honorarios.

—Dios mío, Dios mío —dijo Clara, la más animada de las dos a la hora de hacer conjeturas—. ¿Qué tenemos aquí? —pensamos—. ¿Una Charlotte Corday?

Se lo contaron a Sofia más adelante, cuando ya era amiga suya. Y Elisa añadió secamente:

—Por suerte, nuestro hermano no se estaba bañando. Y nosotras no pudimos levantarnos para protegerlo, porque estábamos liadas en esas interminables bufandas.

Entonces tejían bufandas para los soldados del frente. Era 1870, antes de que Sofia y Vladimir iniciaran lo que pretendían que fuera su viaje de estudios a París. Tan abismados estaban en otras dimensiones, en siglos remotos, tan escasa atención prestaban al mundo en el que vivían que apenas habían oído hablar de una guerra contemporánea.

Weierstrass ignoraba tanto como sus hermanas la edad y la misión de Sofia. Más adelante le dijo que la creyó una pobre institutriz que quería utilizar su nombre para asegurar que las matemáticas eran uno de sus conocimientos. Pensó que tenía que reñir a la criada y a sus hermanas por haber consentido que lo interrumpieran, pero como era un hombre educado y amable, en lugar de despedirla inmediatamente le explicó que solo admitía estudiantes avanzados, con títulos académicos reconocidos, y que en aquellos momentos tenía más de los que podía atender. Como Sofia seguía de pie —temblando— delante de él, con aquel sombrero ridículo protegiéndole la cara y aferrada al chal, recordó el método, o el truco, que había utilizado en un par de ocasiones para desanimar a un estudiante que no daba la talla.

—Lo que sí puedo hacer en su caso es plantearle una serie de problemas y pedirle que los resuelva y me los traiga dentro de una semana a partir de hoy —le dijo—. Si me satisface el resultado, volveremos a hablar.

Al cabo de una semana se había olvidado por completo de ella. Por supuesto, no esperaba volver a verla. Cuando Sofia entró en su despacho no la reconoció, quizá porque había prescindido de la capa que ocultaba su esbelta figura. Debía de sentirse más audaz, o puede que hubiera cambiado el tiempo. No recordaba el sombrero —sus hermanas sí—, pero no se fijaba mucho en los complementos de la indumentaria femenina. Sin embargo, cuando Sofia sacó los papeles del bolso y los dejó sobre la mesa, la recordó; suspiró y se puso las gafas.

Grande fue su sorpresa —también se lo dijo un tiempo más tarde— al ver que todos y cada uno de los problemas estaban resueltos, y algunos de una forma totalmente original. Pero siguió sospechando de ella, pensando que debía de haber presentado el trabajo de otro, tal vez un hermano o un amante que se escondía por motivos políticos.

—Siéntese —dijo—. Y explíqueme cómo ha llegado a estas soluciones, todos los pasos seguidos.

Sofia empezó a hablar, inclinada hacia delante; el sombrero de tela blanda le cayó sobre los ojos; se lo quitó y lo dejó tirado en el suelo. Quedaron al descubierto sus rizos, sus brillantes ojos, su juventud y su temblorosa fogosidad.

—Sí —dijo él—. Sí. Sí. Sí.

Hablaba reflexiva, lentamente, tratando de disimular lo mejor posible su asombro, sobre todo ante las soluciones cuyo método discrepaba del suyo con suma brillantez.

Sofia lo desconcertó en muchos sentidos. Era tan frágil, tan joven y tan apasionada… Se sintió obligado a calmarla, a tratarla con cuidado, a dejar que aprendiera a refrenar los fuegos de artificio de su cerebro.

Llevaba toda la vida —a Weierstrass le costó decirlo, como tuvo que reconocer, siempre receloso del excesivo entusiasmo—, llevaba toda la vida esperando a que un alumno así entrase en su habitación. Un alumno que lo cuestionase por completo, que no solo fuera capaz de seguir las elucubraciones de su mente, sino quizá de volar incluso más lejos. Debía tener cuidado y no decir lo que realmente pensaba, que en la mente de un matemático de primer orden hay sin duda algo parecido a la intuición, una llamarada que revele lo que siempre ha estado allí. Riguroso, meticuloso, así hay que ser, aunque así también ha de ser el gran poeta.

Cuando al fin se armó de valor para decirle todo esto a Sofia, también le dijo que había quienes torcerían el gesto ante la palabra «poeta» relacionada con la ciencia matemática. Y otros que saltarían de alegría ante la idea, para defender el desorden y la laxitud de su propio pensamiento.

Como era de esperar, la capa de nieve que se veía por las ventanillas del tren era cada vez más espesa a medida que avanzaban hacia el este. Era un tren de segunda clase, bastante espartano en comparación con el que había tomado en Cannes. No había vagón restaurante, pero en el carrito del té servían panecillos fríos, algunos rellenos de diversas salchichas con especias. Compró uno relleno de queso del tamaño de media bota y pensó que jamás se lo terminaría, pero lo hizo al cabo de un rato. Después sacó su librito de Heine, para que la ayudara a hacer aflorar la lengua alemana a la superficie de su mente.

Cada vez que levantaba los ojos hacia la ventanilla le daba la impresión de que nevaba más copiosamente, y a veces el tren reducía la velocidad, hasta casi detenerse. A ese paso, tendrían suerte si llegaban a Berlín a medianoche. Deseó no haberse dejado convencer para ir a la casa de la calle Potsdam en lugar de a un hotel.

«Al pobre William le vendrá tan bien tenerte bajo el mismo techo una noche… Aún piensa que eres la niña que apareció en nuestra puerta, a pesar de que respeta enormemente tus logros y se enorgullece de tus grandes éxitos».

Y cuando llamaba al timbre ya era después de medianoche. Apareció Clara, en bata, pues había mandado a la sirvienta a la cama. Su hermano —lo dijo casi en un susurro— se había despertado con el ruido del coche de alquiler y Elise había ido a ponerlo cómodo y a asegurarle que vería a Sofia por la mañana.

Las palabras «ponerlo cómodo» no auguraban nada bueno para Sofia. En las cartas de las hermanas solo se aludía a cierta fatiga. Y las cartas de Weierstrass no contenían novedades de tipo personal, sino que estaban plagadas de detalles sobre Poincaré y su obligación —la de Weierstrass— para con las matemáticas, aclarándole las cosas al rey de Suecia.

Al oír a la anciana bajar la voz con aquel dejo de compasión o temor al hablar de su hermano, al percibir los olores de aquella casa, en otro tiempo familiares y reconfortantes, pero aquella noche un poco rancios y deprimentes, Sofia pensó que quizá no fuera muy indicado adoptar el tono ligero de antes, pues ella no solo había llevado allí aire fresco, sino el bullicio del éxito, un dinamismo del que ella no era consciente y que podía molestar e intimidar un poco. Ella, a quien antes recibían con abrazos y saludable alegría (una de las sorpresas que deparaban las hermanas: lo joviales y convencionales que podían ser a un tiempo), también fue acogida con abrazos en esta ocasión, pero con lágrimas en unos ojos apagados, con viejos brazos temblorosos.

Pero había agua caliente en la jarra de su cuarto, había pan y mantequilla en su mesilla. Mientras se desvestía oyó susurros ligeramente agitados en el corredor de arriba. Podrían haber sido comentarios sobre el estado del hermano, sobre ella o sobre la ausencia de acompañamiento para el pan con mantequilla, que quizá nadie observó hasta que Clara la llevó a su habitación.

Cuando trabajaba con Weierstrass, Sofia vivía en un apartamento pequeño y oscuro, la mayor parte del tiempo con su amiga Julia, que estudiaba química. No asistían a conciertos ni al teatro; tenían unos ingresos modestos y su trabajo las absorbía por completo. Julia iba a un laboratorio privado donde disfrutaba de privilegios difíciles de conseguir para una mujer. Sofia pasaba un día tras otro ante su mesa, algunos sin levantarse de la silla hasta que tenía que encender la lámpara. Entonces se estiraba y caminaba muy, muy deprisa de un extremo del apartamento al otro —un recorrido muy corto—, y a veces echaba a correr y hablaba en voz alta, soltando tonterías, de modo que cualquiera que no la conociese tan bien como Julia se habría preguntado si estaba en su sano juicio.

La mente de Weierstrass, y en esta época también la de Sofia, se centraba en las funciones elípticas y abelianas y en la teoría de las funciones analíticas basada en su representación como una serie infinita. La teoría que llevaba el nombre de Weierstrass sostenía que toda secuencia acotada infinita de números reales contiene una sucesión convergente. Por entonces Sofia iba por detrás de Weierstrass, después lo cuestionó y durante una temporada incluso se le adelantó, de modo que pasaron de ser profesor y alumna a colegas, y ella servía en muchas ocasiones de catalizador de las investigaciones de Weierstrass. Pero esta relación tardó en desarrollarse, y en la cena de los domingos —a la que la invitaban de buena gana, porque el profesor le dedicaba las tardes— era como una pariente joven, una protegida entusiasta.

Cuando iba Julia, también la invitaban, y a las dos muchachas les servían carne asada, puré de patatas y postres ligeros, exquisitos, que desbarataban sus ideas sobre la cocina alemana. Después de cenar se sentaban junto a la chimenea y escuchaban a Elise leer en voz alta. Leía con energía y expresividad las novelas del escritor suizo Conrad Ferdinand Meyer. La literatura era la diversión de la semana, tras tanto tejer y remendar.

En Navidad siempre había un árbol para Sofia y Julia, a pesar de que los Weierstrass llevaban años sin molestarse en ponerlo. También había bombones, envueltos en papel reluciente, bizcocho de frutas y manzanas asadas. Para las niñas, como decían ellos.

Pero muy pronto hubo una sorpresa inquietante.

La sorpresa consistió en que Sofia, que parecía la viva imagen de la muchacha tímida e inexperta, tenía marido. Durante las primeras semanas de clase, antes de que llegara Julia, los sábados por la noche iba a recogerla a la puerta de la casa un joven a quien ella no presentó a la familia Weierstrass, que lo tomó por un criado. Era alto, sin gracia, con barba rala y rojiza, nariz larga y ropa astrosa. En realidad, si los Weierstrass hubieran tenido más mundo, se habrían dado cuenta de que ninguna familia noble que se preciara —sabían que la de Sofia lo era— habría tenido un criado tan desaliñado y que, por consiguiente, tenía que ser un amigo.

Después llegó Julia, y el joven desapareció.

Fue tiempo después cuando Sofia les comunicó que se llamaba Vladimir Kovalevski y que estaba casada con él. Estudiaba en Viena y París, aunque era licenciado en derecho y había intentado abrirse camino en Rusia como editor de libros de texto. Era varios años mayor que ella.

Casi tan sorprendente como esto fue que Sofia se lo anunciara a Weierstrass y no a las hermanas. En aquella casa eran ellas quienes mantenían algún contacto con la vida, aunque fuera solo con la vida de sus criados y la lectura de obras de ficción contemporáneas. Pero Sofia no había sido la predilecta de su madre ni de su institutriz. El trato con el general no siempre había sido satisfactorio, pero Sofia lo respetaba y pensaba que quizá también él a ella. Por eso recurrió al hombre de la familia para una confidencia importante.

Comprendió que Weierstrass debió de sentirse incómodo, no mientras estaba hablando con él, sino cuando tuvo que contárselo a sus hermanas. Porque había algo más que el hecho de que Sofia estuviera casada. Estaba bien y legalmente casada, pero era un matrimonio blanco, algo de lo que él jamás había oído hablar, y sus hermanas tampoco. Marido y mujer no solo no vivían en el mismo sitio, sino que no vivían juntos. No solo no se habían casado por los motivos universalmente aceptados, sino que estaban obligados por su promesa a no vivir jamás así, a jamás…

—¿Consumar?

Quizá fuese Clara quien lo dijera. Con coraje, incluso con impaciencia, para pasar el mal trago enseguida.

Sí. Y los jóvenes, las jóvenes, que querían estudiar en el extranjero se veían obligadas a mantener este engaño porque una mujer rusa soltera no podía abandonar el país sin el consentimiento de sus padres. Los padres de Julia eran lo suficientemente avanzados para dejarla marchar, pero los de Sofia no.

Qué ley tan bárbara.

Sí. Rusa. Pero algunas jóvenes solucionaban el problema con la ayuda de hombres jóvenes muy idealistas y comprensivos. Quizá también fueran anarquistas. ¿Quién sabe?

Fue la hermana mayor de Sofia quien localizó a uno de esos jóvenes, y una amiga suya y ella prepararon un encuentro con él. Quizá tuvieran motivos políticos más que intelectuales. Sabe Dios por qué llevaron a Sofia, a quien no le apasionaba la política y no se sentía preparada para semejante empresa. Pero el joven examinó a las dos muchachas mayores —a pesar de su seriedad, una de las hermanas, la llamada Aniuta, no podía ocultar su belleza— y dijo que no. No, no deseo cumplir este contrato con ninguna de ustedes, estimables señoritas, pero sí accedería con su hermana más joven.

—Posiblemente pensó que las mayores causarían conflictos —quizá fuera Elise quien lo dijera, con una experiencia que le venía de tanto leer novelas—, sobre todo la más guapa. Se enamoró de nuestra pequeña Sofia.

En teoría en este asunto no interviene el amor, podría haberle recordado Clara.

Sofia acepta la propuesta. Vladimir va a visitar al general para pedirle la mano de su hija menor. El general es cortés, consciente de que el joven es de buena familia, si bien hasta la fecha no ha destacado en nada especial, pero dice que Sofia es demasiado joven. ¿Sabe siquiera ella de sus intenciones?

Sí, dijo Sofia, y añadió que estaba enamorada de él.

El general dijo que no podían dejarse llevar por sus sentimientos, que debían pasar cierto tiempo, un tiempo considerable, conociéndose en Palibino. (Entonces estaban en San Petersburgo).

Las cosas quedaron paralizadas. Vladimir jamás causaría buena impresión. No se esforzaba lo suficiente por disimular sus ideas radicales y vestía mal, como a propósito. El general confiaba en que cuanto más tratase Sofia a su pretendiente, menos querría casarse con él.

Pero Sofia tenía sus propios planes.

Un buen día sus padres iban a dar una cena importante. Habían invitado a un diplomático, a varios profesores de universidad, a camaradas del general de la Escuela de Artillería. Sofia logró escabullirse en medio del bullicio.

Salió sola a las calles de San Petersburgo, por las que nunca había ido sin un criado o una hermana. Fue al alojamiento de Vladimir, en una zona de la ciudad donde vivían los estudiantes pobres. Le abrieron la puerta inmediatamente, y en cuanto estuvo dentro se sentó a escribir una carta a su padre.

Querido padre:

He venido a casa de Vladimir y aquí voy a quedarme. Te ruego que no sigas oponiéndote a nuestro matrimonio.

 

Todos se habían sentado a la mesa antes de que se notara la ausencia de Sofia. Una criada encontró su habitación vacía. Cuando le preguntaron a Aniuta por su hermana, contestó sonrojada que no sabía nada. Para esconder el rostro dejó caer la servilleta.

Al general le entregaron una nota. Se disculpó y salió de la habitación. Sofia y Vladimir pronto iban a oír sus airados pasos ante la puerta de la casa. Les ordenó a su comprometida hija y al hombre por el que estaba dispuesta a perder su honor que lo acompañaran. Fueron a casa, sin que ninguno de los tres pronunciara una sola palabra, y el general dijo ante la mesa:

—Permítanme que les presente a mi futuro yerno, Vladimir Kovalevski.

De modo que fue aceptado. Sofia rebosaba de alegría, no por casarse con Vladimir, por supuesto, sino por complacer a Aniuta rompiendo una lanza en favor de la emancipación de las mujeres rusas. Se celebró una boda tan espléndida como convencional en Palibino, y los recién casados se fueron a vivir bajo el mismo techo en San Petersburgo.

Una vez desbrozado el camino, se marcharon al extranjero y no siguieron viviendo bajo el mismo techo. Sofia en Heidelberg y después en Berlín, Vladimir en Múnich. Él iba a Heidelberg siempre que podía, pero después de que llegaran allí Aniuta y su amiga Zanna, y también Julia —las cuatro mujeres teóricamente bajo su protección— ya no quedó sitio para él.

Weierstrass no reveló a las mujeres que había mantenido correspondencia con la esposa del general. Le había escrito una carta cuando Sofia volvió de Suiza (en realidad de París) con un aspecto tal de agotamiento y fragilidad que se preocupó por su salud. La madre le respondió, comunicándole que era París, en tan peligrosos momentos, el responsable de la situación de su hija. Pero parecía menos contrariada por la agitación política con que se habían encontrado sus hijas que por el descubrimiento de que una de ellas había vivido abiertamente con un hombre antes de casarse, y la otra, casada como es debido, en realidad no vivía con su marido. De modo que, en contra de su voluntad, Weierstrass se vio obligado a ser el confidente de la madre antes que el de la hija. Y desde luego, no se lo contó a Sofia hasta que su madre murió.

Pero cuando al fin se lo contó, también le dijo que Clara y Elise le habían preguntado inmediatamente qué debían hacer.

Ésa parecía ser la manera de las mujeres, había dicho él, de dar por sentado que había que hacer algo.

Él había respondido con severidad: «Nada».

Por la mañana Sofia sacó un vestido limpio pero arrugado de la maleta —nunca llegaría a aprender a hacer como es debido el equipaje—, se arregló los rizos del pelo lo mejor que pudo para ocultar unos mechones grises y bajó al oír los ruidos de una casa en plena actividad. Su sitio era el único que seguía con la vajilla dispuesta en la mesa del comedor. Elise le trajo el café y el primer desayuno alemán que Sofia tomó en aquella casa: lonchas de fiambre y queso y pan con una gruesa capa de mantequilla. Dijo que Clara estaba arriba, preparando a su hermano para ver a Sofia.

—Al principio venía un barbero —dijo—. Pero después Clara aprendió y lo hace bastante bien. Resulta que es la que tiene aptitudes de enfermera. Es una suerte que una de nosotras las tenga.

Incluso antes de que lo dijera, Sofia se había dado cuenta de que andaban mal de dinero. El damasco y los visillos estaban deslucidos, y hacía tiempo que no habían sacado brillo al cuchillo y al tenedor que estaba utilizando. Por la puerta abierta que daba al salón se veía a una muchacha de aspecto zafio limpiando la chimenea y levantando nubes de polvo. Elise miró hacia allí, como para pedirle que cerrase la puerta; se levantó y la cerró ella. Volvió a la mesa sonrojada y cabizbaja, y Sofia preguntó, de manera precipitada, por no decir descortés, qué enfermedad tenía herr Weierstrass.

—Es el corazón débil por un lado, y la neumonía que tuvo en otoño, que al parecer no puede superar. Además, tiene un tumor en los órganos generativos —respondió Elise, bajando la voz pero con franqueza, como las mujeres alemanas.

Clara apareció en el umbral de la puerta.

—Te está esperando.

Sofia subió las escaleras pensando no en el profesor, sino en aquellas dos mujeres que lo habían convertido en el centro de sus vidas. Tejiendo bufandas, remendando la ropa blanca, preparando los postres y las conservas que no se podían confiar a una criada. Honrando como su hermano a la Iglesia católica —una religión fría y aburrida en opinión de Sofia—, y todo sin un solo momento de rebelión, al menos en apariencia, sin asomo de descontento.

Yo me volvería loca, pensó.

Incluso siendo profesora, me volvería loca. Los estudiantes tienen mentes mediocres, por lo general. Solo se les pueden inculcar los modelos más comunes, más evidentes.

No se habría atrevido a reconocer esto para sus adentros antes de Maksim.

Entró en el dormitorio sonriendo por la suerte que tenía, por la libertad que la aguardaba, por el que pronto sería su esposo.

—Ah, por fin estás aquí —dijo Weierstrass, hablando trabajosamente y con voz débil—. La niña traviesa… Ya pensábamos que nos habías abandonado. ¿Vas camino de París otra vez, a divertirte?

—Vuelvo de París —respondió Sofia—. Voy camino de Estocolmo. París no estaba nada divertido. Más deprimente, imposible.

Le tendió las manos para que se las besara, una después de la otra.

—Entonces, ¿Aniuta está enferma?

—Ha muerto, mein liebe profesor.

—¿Murió en la cárcel?

—No, no. Eso fue hace tiempo. En esa época no estaba en la cárcel, pero su marido sí. Murió de neumonía, aunque llevaba mucho tiempo sufriendo por muchos motivos.

—Vaya, neumonía. Yo también la pasé. De todos modos, tuvo que ser muy triste para ti.

—Mi corazón nunca se curará, pero tengo algo bueno que contarle, algo alegre. Voy a casarme en primavera.

—¿Vas a divorciarte del geólogo? No me extraña. Tendrías que haberlo hecho hace tiempo. Sin embargo, un divorcio siempre es desagradable.

—Él también ha muerto. Y era paleontólogo. Es una nueva disciplina, muy interesante. Descubren cosas a través de los fósiles.

—Sí, ahora lo recuerdo. He oído hablar de esa disciplina. Así que murió joven. Yo no deseaba que se interpusiera en tu camino, pero sinceramente, tampoco quería que muriese. ¿Estuvo enfermo mucho tiempo?

—Podría decirse que sí. Debe de recordar que lo dejé y usted me recomendó a Mittag-Leffler, ¿no?

—En Estocolmo, ¿verdad? Lo dejaste. Bien. Así tenía que ser.

—Sí, pero ya ha pasado y voy a casarme con un hombre que lleva el mismo apellido pero que no es pariente cercano suyo, y además es un tipo de hombre completamente distinto.

—Entonces, ¿es ruso? ¿También interpreta los fósiles?

—No, en absoluto. Es profesor de derecho. Es muy activo y de muy buen carácter, menos cuando está bajo de moral. Lo traeré para que lo conozca, y ya verá.

—Lo recibiremos con mucho gusto —dijo Weierstrass—. Pondrá fin a tu trabajo —añadió con tristeza.

—En absoluto, en absoluto. No quiere eso. Pero dejaré de dar clase; seré libre. Y viviré en un clima maravilloso, en el sur de Francia, y tendré muy buena salud y trabajaré más.

—Ya veremos.

Mein Liebe —dijo Sofia—. Le ordeno que sea feliz por mí. Se lo ordeno.

—Debo de parecer muy viejo —dijo él—. Y he llevado una vida muy reposada. Mi carácter no es tan polifacético como el tuyo. Me llevé una gran sorpresa al enterarme de que escribías novelas.

—No le gustó la idea.

—Te equivocas. Me gustaron tus recuerdos. Muy agradables de leer.

—Ese libro no es realmente una novela. No le gustaría el que he escrito ahora. A veces ni siquiera me gusta a mí. Es sobre una chica más interesada por la política que por el amor. Da igual. No tendrá que leerlo. Los censores rusos no permitirán que se publique y el mundo exterior lo rechazará porque es muy ruso.

—En general no soy muy aficionado a las novelas.

—¿Son para mujeres?

—Francamente, a veces me olvido de que eres una mujer. Pienso en ti como… como…

—¿Como qué?

—Como un regalo para mí, solo para mí.

Sofia se inclinó y le besó la blanca frente. Contuvo las lágrimas hasta que se despidió de las hermanas y abandonó la casa.

Nunca volveré a verlo, se dijo.

Pensó en la cara de Weierstrass, blanca como las almohadas recién almidonadas que Clara debía de haberle colocado detrás de la cabeza aquella misma mañana. Quizá ya se las habría quitado, dejando que se desplomara sobre las de abajo, más usadas y blandas. Quizá se hubiera quedado dormido inmediatamente, agotado por la conversación. Debió de pensar que era la última vez que se veían y tenía que saber que a ella le rondaba la misma idea, pero no podía saber —era la vergüenza, el secreto de Sofia— lo serena, lo libre que se sentía, a pesar de las lágrimas, más libre a cada paso que la alejaba de aquella casa.

¿Podía considerarse la vida de Weierstrass mucho más plena que la de sus hermanas?, pensó.

Su nombre perduraría un tiempo en los libros de texto. Y entre los matemáticos. No tanto como si hubiera puesto mayor empeño en ganarse la fama en lugar de limitarse a destacar en su selecto y perseverante círculo. Le importaba más su trabajo que su nombre, mientras que a muchos de sus colegas les preocupaban ambos por igual.

Sofia no debería haber mencionado el hecho de que escribía. Simple frivolidad para Weierstrass. Había escrito los recuerdos de su vida en Palibino en una oleada de amor por todo lo perdido, cosas de las que ya había desesperado y también cosas en su momento muy apreciadas. 

Lo había escrito lejos de su hogar, cuando aquel hogar y su hermana habían desaparecido. Y Muchacha nihilista había brotado del dolor por su país, un estallido de patriotismo, tal vez con la sensación de no haberles prestado demasiada atención, entre las matemáticas y su vida tumultuosa.

Dolor por su país, sí. Pero en cierto sentido había escrito ese relato en homenaje a Aniuta. Era la historia de una joven que renuncia a la posibilidad de una vida normal para casarse con un prisionero político exiliado en Siberia. De este modo hacía que la vida del prisionero, su castigo, se suavizara hasta cierto punto en el sur de Siberia en lugar del norte, como era la norma para los hombres acompañados por sus esposas. El relato recibiría elogios de los rusos desterrados que pudieran leer el original. Bastaba que se negaran a publicar un libro en Rusia para que despertara tales elogios entre los exiliados políticos, como bien sabía Sofia. Las hermanas Raevski —los recuerdos— le gustaba más, a pesar de que el censor le había dado el visto bueno, y algunos críticos lo rechazaban por nostálgico.

4

Sofia ya le había fallado a Weierstrass en una ocasión. Le falló cuando ella obtuvo sus primeros éxitos. Era verdad, aunque él jamás lo comentó. Sofia les dio la espalda a él y a las matemáticas; ni siquiera contestó a sus cartas. Se fue a su casa de Palibino en el verano de 1874, con su título académico guardado en un estuche de terciopelo, y lo dejó en un baúl, donde quedaría en el olvido durante meses, incluso años.

El olor de los henares y los pinares, los días de verano, cálidos y dorados, y las largas y brillantes noches del norte de Rusia la embriagaban. Había meriendas en el campo y representaciones teatrales de aficionados, bailes, cumpleaños, visitas de viejos amigos, y estaba la presencia de Aniuta, feliz con su hijo de un año. Vladimir también estaba allí, y en el distendido ambiente veraniego, con el calor, el vino y las largas y animadas cenas, el baile y las canciones, resultó natural ceder ante él, consagrarlo, tras tanto tiempo, no solo como esposo, sino también como amante.

Sofia no lo hizo porque se hubiera enamorado de él. Le estaba agradecida, y había llegado a convencerse de que en la vida real no existía un sentimiento como el amor. Pensó que a los dos les haría más felices acceder a lo que él quería, y así fue durante una temporada.

En otoño fueron a San Petersburgo, y allí continuaron las grandes diversiones. Cenas, teatros, recepciones y todos los periódicos y revistas a disposición, frívolos y serios. Weierstrass le rogó a Sofia, por carta, que no abandonase el mundo de las matemáticas. Se encargó de que su tesis se publicara en Crelle’s Journal, para matemáticos. Ella apenas le echó un vistazo. Weierstrass le pidió que dedicara una semana —solo una semana— a pulir su trabajo sobre los anillos de Saturno para que también pudiera publicarse. A Sofia no le interesó lo más mínimo. Tenía demasiadas cosas que hacer, entregada a fiestas continuas que celebraban onomásticas, títulos de la corte y estrenos de óperas y ballets, pero en realidad, lo que parecían celebrar era la vida misma.

Estaba aprendiendo, con bastante retraso, lo que muchas personas de su entorno parecían saber desde la infancia: que la vida puede ser plena sin grandes éxitos. Podía rebosar de actividades que no te dejaran exhausta. Adquirir lo necesario para una vida cómoda y después llevar una vida pública y social de entretenimiento te evita el aburrimiento e incluso la ociosidad, y al final del día tienes la sensación de haber hecho exactamente lo que complace a todo el mundo. Sin necesidad de angustiarse.

Salvo en el asunto de cómo conseguir dinero.

Vladimir recuperó su negocio editorial. Pidieron dinero prestado a quienes pudieron. Los padres de Sofia murieron al cabo de poco tiempo, y el matrimonio invirtió la herencia en unos baños públicos anexos a un invernadero, una panadería y una lavandería. Tenían magníficos proyectos. Pero en San Petersburgo hacía más frío de lo habitual, y ni siquiera los baños de vapor tentaban a la gente. Los constructores y también otras personas los engañaron, el mercado se volvió inestable, y en lugar de construir unos cimientos que sustentaran sus vidas fueron aumentando sus deudas.

Y actuar como cualquier otra pareja de casados dio los dispendiosos resultados de costumbre. Sofia tuvo una niña. Le pusieron el nombre de la madre, pero la llamaban Fufu. Fufu tenía niñera, ama de cría y sus propias habitaciones. La familia contrató también a una cocinera y una criada. Vladimir le compraba vestidos de moda a Sofia y regalos preciosos a su hija. Tenía la licenciatura por Jena y había conseguido el puesto de ayudante de catedrático en San Petersburgo, pero no era suficiente. El negocio editorial estaba prácticamente en la ruina.

Entonces asesinaron al zar, el clima político empezó a ser preocupante, y Vladimir comenzó una época de tan profunda melancolía que no podía ni trabajar ni pensar.

Weierstrass se había enterado de la muerte de los padres de Sofia, y para mitigar un poco el dolor de la muchacha, según sus propias palabras, le envió información sobre su nuevo sistema de integrales, excelente. Sin embargo, en lugar de volver a las matemáticas, a Sofia le dio por escribir crítica teatral y artículos científicos de divulgación para los periódicos. Era una forma de emplear su talento de forma más rentable, menos molesta para los otros y menos agotadora para ella que las matemáticas.

La familia Kovalevski se trasladó a Moscú, con la esperanza de que cambiase su suerte.

Vladimir se recuperó, pero no se sintió capaz de volver a la enseñanza. Encontró otra oportunidad de hacer negocios cuando le ofrecieron un puesto en una empresa que producía nafta. Los dueños de la empresa eran los hermanos Ragosin, que tenían una refinería y un castillo moderno en el Volga. El puesto dependía de que Vladimir invirtiese cierta cantidad de dinero, que pidió prestado.

Pero esta vez Sofia intuyó los problemas. No les caía bien a los Ragosin, y los hermanos no le caían bien a ella. Vladimir estaba cada día más en sus manos. Son los hombres nuevos, decía; no se andan con tonterías. Estaba distante, se daba aires de dureza y superioridad. Dime el nombre de una mujer verdaderamente importante, decía. Alguna que haya influido de verdad en el mundo, salvo seduciendo o asesinando hombres. Son congénitamente retrógradas y egocéntricas, y si encuentran alguna idea, cualquier idea decente a la que dedicarse, se ponen histéricas y la destrozan con su soberbia.

Hablas como los Ragosin, decía Sofia.

Reanudó la correspondencia con Weierstrass. Dejó a Fufu con su vieja amiga Julia y se marchó a Alemania. Escribió una carta a Alexander, el hermano de Vladimir, diciéndole que Vladimir había mordido el anzuelo de los Ragosin tan deprisa que parecía estar tentando al destino para que le asestara otro golpe. Sin embargo, escribió a su marido, ofreciéndose a volver. La respuesta de Vladimir no fue favorable.

Se vieron una vez más, en París. Sofia vivía allí modestamente, mientras Weierstrass intentaba encontrarle trabajo. Volvía a estar sumergida en los problemas matemáticos, como las personas que conocía. Vladimir a estas alturas desconfiaba de los Ragosin, aunque se había comprometido hasta tal punto que no podía echarse atrás. No obstante, hablaba de ir a Estados Unidos. Y fue, pero volvió.

En el otoño de 1882 le escribió una carta a su hermano diciéndole que había comprendido que era una persona absolutamente despreciable. En noviembre le anunció la bancarrota de los Ragosin. Temía que intentaran implicarlo en ciertas actividades delictivas. En Navidad vio a Fufu, que estaba en Odesa con la familia del hermano de Vladimir. Se alegró de que se acordase de él, y de que estuviera sana y fuera inteligente. Después redactó cartas de despedida para Julia, su hermano y varios amigos, pero no para Sofia. También escribió una para los tribunales, explicando algunas de sus intervenciones en el asunto de los Ragosin.

Esperó un poco más. Fue en abril cuando se ató una bolsa a la cabeza e inhaló cloroformo.

En París, Sofia se encerró en su habitación y se negó a comer. Concentró sus pensamientos en rechazar los alimentos para no sentir lo que sentía.

Al final la alimentaron por la fuerza, y se quedó dormida. Cuando despertó se sentía profundamente avergonzada de su conducta. Pidió papel y lápiz para seguir trabajando en un problema.

No quedaba dinero. Weierstrass le escribió una carta donde le pedía que se fuera a vivir con él como una hermana más. Pero siguió tocando todas las teclas hasta que al fin obtuvo una respuesta de su antiguo alumno y amigo Mittag-Leffler, en Suecia. La Universidad de Estocolmo, recién inaugurada, accedió a ser la primera universidad europea en contratar a una profesora de matemáticas.

Sofia recogió a su hija en Odesa y la llevó a vivir con Julia. Estaba furiosa con los Ragosin. En la carta que le escribió al hermano de Vladimir los llamaba «granujas astutos y peligrosos». Convenció al magistrado a cargo de la causa de que declarase que todas las pruebas demostraban que Vladimir había sido crédulo pero honrado.

Después volvió a tomar un tren de Moscú a San Petersburgo para emprender viaje hacia su nuevo puesto de trabajo en Suecia, que todo el mundo había comentado y criticado. Hizo el viaje desde San Petersburgo por mar. El barco se adentró en un crepúsculo estremecedor. Se acabaron las tonterías, pensó. Voy a llevar una vida como es debido.

Aún no había conocido a Maksim. Ni le habían dado el premio Bordin.

5

Sofia salió de Berlín a primera hora de la tarde, poco después de darle a Weierstrass el último y triste adiós, pero aliviada. El tren era viejo y lento, aunque limpio, y llevaba buena calefacción, como era de esperar de cualquier tren alemán.

A medio camino, el hombre que estaba sentado enfrente de ella abrió un periódico y le ofreció cualquier sección que le apeteciera leer.

Sofia le dio las gracias y lo rechazó.

Él señaló con la cabeza la ventanilla y la fina nieve que la azotaba.

—En fin —dijo—. ¿Qué se puede esperar?

—Desde luego —contestó Sofia.

—¿Va más lejos de Rostock?

Quizá habría notado que no tenía acento alemán. A Sofia no le importó que le hablara ni que llegara a semejante conclusión. Era mucho más joven que ella, iba bastante bien vestido y se mostraba deferente sin propasarse. Sofia tenía la sensación de haberlo conocido o visto en alguna parte, pero eso ocurre a menudo cuando viajas.

—A Copenhague —dijo—. Y después a Estocolmo. Yo encontraré nieve más densa.

—Yo me quedaré en Rostock —dijo él, quizá para convencerla de que no iba a meterse en una larga conversación—. ¿Le gusta Estocolmo?

—Detesto Estocolmo en esta época del año. Lo detesto.

Sofia se sorprendió a sí misma, pero él sonrió encantado y se puso a hablar en ruso.

—Perdone —dijo—. Yo tenía razón. Ahora soy yo quien le habla como un extranjero, pero es que estudié en Rusia una temporada. En San Petersburgo.

—¿Ha reconocido mi acento ruso?

—No estaba seguro, hasta que ha dicho lo de Estocolmo.

—¿Todos los rusos detestan Estocolmo?

—No, no, pero dicen que detestan. Que detestan, que aman.

—No debería haberlo dicho. Los suecos se han portado muy bien conmigo. Te enseñan cosas…

En ese momento el hombre movió la cabeza, riendo.

—En serio —dijo Sofia—. A mí me han enseñado a patinar…

—Seguro. ¿No aprendió a patinar en Rusia?

—Allí no son…, no se empeñan tanto en enseñarte cosas como los suecos.

—En Bornholm tampoco —dijo él—. Ahora vivo en Bornholm. Los daneses no son… tan insistentes. Ésa es la palabra. Pero claro, en Bornholm ni siquiera somos daneses. Decimos que no lo somos.

Era médico, en la isla de Bornholm. Sofia se preguntó si estaría fuera de lugar pedirle que le mirase la garganta, que le dolía mucho. Llegó a la conclusión de que sí.

Él dijo que le esperaba un viaje largo y probablemente muy movido en el transbordador, después de cruzar la frontera danesa.

Los de Bornholm no se consideraban daneses, dijo; se consideraban vikingos dominados por la Liga Hanseática en el siglo XVI. Tenían una historia violenta; tomaban prisioneros. ¿Sabía ella algo del malvado conde de Bothwell? Algunos decían que había muerto en Bornholm, sin embargo, en Sealand decían que murió allí.

—Asesinó al marido de la reina de Escocia y se casó con ella. Pero murió encadenado, loco.

—María, reina de los escoceses —dijo Sofia—. Sí, algo he oído.

Y era verdad, porque la reina escocesa había sido una de las primeras heroínas de Aniuta.

—Ah, perdone. Estoy diciendo tonterías.

—¿Que le perdone? ¿Qué tengo que perdonarle?

El hombre se sonrojó. Dijo:

—Sé quién es usted.

Al principio no se había dado cuenta, dijo, pero lo supo con certeza cuando Sofia empezó a hablar en ruso.

—Es usted la profesora. He leído un artículo sobre usted en una revista. También había una fotografía, pero parecía mucho mayor de lo que es. Lamento molestarla, no he podido evitarlo.

—Parezco mucho más seria en la fotografía porque pienso que la gente no se fiaría de mí si sonriera —dijo Sofia—. ¿No pasa lo mismo con los médicos?

—Puede ser. No estoy acostumbrado a que me fotografíen.

Había crecido un pequeño obstáculo entre ellos; dependía de Sofia que él se sintiera cómodo. Todo iba mejor antes de que él se lo dijera. Sofia volvió al tema de Bornholm. Era abrupta y escarpada, explicó él, no suave y ondulada como Dinamarca. La gente iba allí por el paisaje y el aire limpio. Si en alguna ocasión deseaba ir, sería un honor para él acompañarla.

—Hay una roca azul rarísima —dijo—. Se llama mármol azul. La rompen en pedazos y los pulen para que las señoras se los pongan como un collar. Si deseara tener uno…

Hablaba como un tonto porque quería decir algo pero no podía. Sofia se dio cuenta.

Se aproximaban a Rostock. El médico estaba cada vez más nervioso. Sofia temía que le pidiera que estampara su firma en un papel o un libro. Raramente le ocurría, pero siempre la entristecía, sin saber por qué.

—Escúcheme, por favor —dijo el médico—. Tengo que decirle una cosa. En teoría no se debería hablar de ello. Por favor. Cuando vaya a Suecia, no pase por Copenhague. Por favor. No se asuste. Estoy completamente en mis cabales.

—No estoy asustada —replicó Sofia. Aunque sí lo estaba un poco.

—Debe ir por el otro lado, por las islas danesas. Cambie el billete en la estación.

—¿Puedo preguntarle por qué? ¿Está embrujada Copenhague?

De repente tuvo la seguridad de que le iba a hablar de una conspiración, de una bomba. Así que ¿era anarquista?

—En Copenhague hay viruela. Una epidemia. Ha salido mucha gente de la ciudad, pero las autoridades están intentando mantenerlo en secreto. Tienen miedo de que cunda el pánico o de que alguien intente incendiar los edificios del gobierno. El problema son los finlandeses. La gente dice que la han llevado los finlandeses. No quieren un levantamiento contra los refugiados finlandeses, ni contra el gobierno por haberlos dejado entrar.

El tren se detuvo y Sofia se levantó para revisar sus maletas.

—Prométamelo. No me deje aquí sin habérmelo prometido.

—De acuerdo —dijo Sofia—. Se lo prometo.

—Tomará el transbordador hasta Gedser. Iría con usted a cambiar el billete, pero tengo que seguir hasta Rutgen.

—Se lo prometo.

¿No tenía ese hombre algo de Vladimir? El Vladimir de la primera época. No por sus rasgos, sino por sus atenciones suplicantes. Sus atenciones constantes, implorantes, humildes, obstinadas.

El médico le tendió la mano y Sofia le dio la suya para que se la estrechara, pero ésa no era la única intención del hombre. Le puso una pastillita en la palma y le dijo:

—Esto le permitirá descansar un poco si se le hace pesado el viaje.

Tendré que hablar con alguna autoridad sobre esa epidemia de viruela, decidió Sofia.

Pero no lo hizo. Al hombre que le cambió el billete le fastidió tener que hacer algo tan complicado y se habría enfadado todavía más si Sofia hubiera cambiado de idea. Al principio parecía que no respondía a ningún idioma salvo el danés tal y como lo hablaban los demás pasajeros, pero cuando terminó la operación con Sofia le dijo en alemán que el viaje duraría mucho más, que si lo entendía. Entonces Sofia cayó en la cuenta de que aún estaban en Alemania y de que aquel hombre quizá no supiera nada de Copenhague… ¿En qué había estado pensando?

El hombre añadió con pesar que estaba nevando en las islas.

El pequeño transbordador alemán de Gedser llevaba buena calefacción, pero había que sentarse en bancos de listones de madera. Sofia estuvo a punto de tomarse la pastilla, pensando que el médico se refería a los asientos como aquéllos al decir que el viaje podía resultar pesado, pero decidió guardarla por si se mareaba.

En el tren al que subió había asientos de segunda clase normales, pero muy deteriorados. Hacía mucho frío, pues solo había una estufa humeante prácticamente inútil en un extremo del vagón.

El revisor era más amable que el vendedor de billetes y no tenía tanta prisa. Cuando estuvo segura de que ya estaban en territorio danés, Sofia le preguntó en sueco —pensó que se parecía más al danés que el alemán— si era verdad que había enfermedades en Copenhague. El revisor contestó que no, que aquel tren no iba a Copenhague.

Al parecer, las palabras «tren» y «Copenhague» eran las únicas que sabía en sueco.

Por supuesto, en aquel tren no había compartimentos; solo los dos vagones con bancos de madera. Algunos pasajeros se habían llevado almohadas y mantas y capas para abrigarse. No miraron a Sofia, y mucho menos intentaron hablar con ella. ¿De qué les habría servido? Ella no los habría comprendido ni habría podido contestar.

Tampoco había vagón para tomar el té. Empezaron a abrir paquetes envueltos en papel aceitado, a sacar emparedados fríos. Gruesas rebanadas de pan, queso de olor fuerte, lonchas de tocino frío, algún que otro arenque. Una mujer sacó un tenedor de un bolsillo entre los pliegues de su ropa y se puso a comer col en vinagre de un tarro. A Sofia le hizo pensar en su casa, en Rusia.

Pero no son campesinos rusos. Ninguno de ellos es charlatán, ni está borracho, ni se ríe. Van tiesos como escobas. Incluso la grasa que les recubre los huesos está tiesa, es digna, grasa luterana. Sofia no sabe nada de ellos.

Pero pensándolo bien, ¿qué sabía ella de los campesinos rusos, los campesinos de Palibino? Siempre representaban un papel ante sus superiores.

Salvo quizá en una ocasión, el domingo en que todos los siervos y sus amos tuvieron que ir a la iglesia a oír la proclama. Después la madre de Sofia se quedó destrozada, y no paraba de llorar y gemir: «¿Qué será de nosotros ahora? ¿Qué será de mis pobres hijos?». El general la llevó a su despacho para consolarla. Aniuta se sentó a leer uno de sus libros, y su hermano pequeño, Fiodor, empezó a jugar con sus tacos de madera. Sofia se puso a dar vueltas y entró en la cocina, donde los siervos de la casa y también muchos siervos del campo comían tortitas y se divertían, pero con solemnidad, como si celebrasen una onomástica. Un anciano cuyo único trabajo consistía en barrer el patio se rió y la llamó «pequeña ama». «Ha venido la pequeña ama, a desearnos buena suerte». Algunos la aclamaron. Qué amables son, pensó Sofia, aunque comprendió que los aplausos eran una especie de broma.

Enseguida apareció la institutriz con expresión nublada y se la llevó.

Después las cosas siguieron más o menos como siempre.

Jaclard le había dicho a Aniuta que jamás sería una verdadera revolucionaria, que solo servía para sacarles dinero a los criminales de sus padres. En cuanto a Sofia y Vladimir (Vladimir, que lo había rescatado de la policía), eran unos parásitos engreídos que chupaban de sus despreciables estudios.

El olor de la col y el arenque le da náuseas.

Un poco más allá se detiene el tren y les dicen que bajen. Al menos eso es lo que supone Sofia, por el rugido del revisor y los cuerpos reacios pero obedientes que se levantan pesadamente. Se quedan en la nieve, que les llega hasta las rodillas, sin pueblo ni andén a la vista y rodeados de suaves colinas blancas que surgen en medio de la nieve, que ahora cae liviana. Delante del tren unos hombres retiran con palas la nieve que se ha acumulado en una vía en trinchera. Sofia se mueve un poco para evitar que se le congelen los pies en las finas botas, adecuadas para las calles de una ciudad pero no para allí. Los demás pasajeros se quedan inmóviles y no hacen ningún comentario sobre la situación.

Al cabo de media hora, quizá solo de quince minutos, la vía queda despejada y los pasajeros vuelven a encaramarse al tren. Para ellos, igual que para Sofia, debe de ser un misterio por qué han tenido que salir en lugar de esperar en sus asientos, pero por supuesto nadie se queja. Siguen adelante, cortando la oscuridad, y algo que no es nieve azota las ventanillas. Un ruido perverso: cellisca.

Luego las débiles luces de una aldea, y algunos pasajeros que se levantan, se abrigan metódicamente, recogen su equipaje, bajan del tren con dificultad y desaparecen. Reanudan el viaje, aunque poco después vuelven a ordenar que salga todo el mundo. No por una acumulación de nieve, esta vez. Los suben en manada a un bote, un pequeño transbordador que los adentra en unas aguas negras. A Sofia le duele tanto la garganta que está segura de que no podría hablar si tuviera que hacerlo.

No tiene ni idea de cuánto dura la travesía. Cuando atracan, tienen que entrar en un cobertizo de tres paredes, con poco sitio para resguardarse y ningún banco. Llega un tren tras una espera que Sofia no puede calcular. Y cuando llega, qué agradecida está ella, a pesar de que no tiene más calefacción que el primero y sí los mismos bancos de madera. Da la impresión de que el agradecimiento por las escasas comodidades depende de los suplicios por los que haya habido que pasar antes de conseguirlas. ¿Y no es deprimente ese sermón?, le gustaría decirle a alguien.

Al cabo de un rato se detienen en un pueblo más grande en cuya estación hay cantina. Sofia está demasiado cansada para bajar y abrirse paso hasta allí como hacen otros pasajeros, que vuelven con humeantes tazas de café. Pero la mujer que ha comido col trae dos tazas, y resulta que una es para Sofia. Ella le sonríe y hace cuanto puede por expresar su gratitud. La mujer asiente con la cabeza como si tantos aspavientos fueran innecesarios, incluso impropios, pero sigue allí de pie hasta que Sofia saca las monedas danesas que le ha dado el vendedor de billetes. Con un gruñido, la mujer coge dos con sus dedos húmedos y enmitonados. Lo que vale el café, probablemente. Por el detalle, y por el transporte, no le cobra. Así son las cosas. La mujer vuelve a su asiento sin pronunciar palabra.

Han entrado nuevos pasajeros. Una mujer con un niño de unos cuatro años, con un lado de la cara vendado y un brazo en cabestrillo. Un accidente, visita a un hospital rural. Un agujero en la venda deja al descubierto un ojo triste y oscuro. El niño apoya la mejilla sana en el regazo de su madre, que extiende parte de su mantón sobre el cuerpo de la criatura. No lo hace con especial ternura y desvelo, sino de un forma un tanto automática. Ha pasado algo malo y le ha caído encima otra preocupación; eso es todo. Y los hijos esperando en casa, y quizá otro en el vientre.

Es terrible, piensa Sofia. Es terrible la suerte de las mujeres. Y ¿qué diría esa mujer si Sofia le hablase de las nuevas batallas, de la lucha de las mujeres por el voto y por poder trabajar en las universidades? Quizá diría: pero si no es ése el deseo de Dios. Y si Sofia le rogase librarse de aquel Dios y aguzar la mente, sin duda la miraría con cierta lástima y terquedad, y diría agotada: y entonces, sin Dios, ¿cómo vamos a aguantar esta vida?

Vuelven a cruzar las aguas negras, ahora por un largo puente, y se detienen en otro pueblo donde se bajan la mujer y el niño. Sofia ha perdido el interés, no mira para ver si hay alguien esperándolos; intenta ver el reloj a la salida de la estación, iluminado por el tren. Supone que debe de ser cerca de medianoche, pero solo son las diez pasadas.

Está pensando en Maksim. ¿Cogerá un tren como aquel alguna vez en su vida? Se imagina su cabeza cómodamente apoyada en el ancho hombro de Maksim, aunque la verdad es que a él eso no le gustaría, en público. Su abrigo de tela de excelente calidad, cara, con olor a dinero y comodidad. Las cosas buenas que cree tener el derecho de esperar y el deber de mantener, a pesar de ser un liberal no bienvenido en su propio país. Esa prodigiosa confianza que tiene, que tenía el padre de Sofia, que notas cuando te acurrucas como una niña pequeña en sus brazos y quieres estar así toda la vida. Es más placentero si te quieren, naturalmente, pero reconforta aunque se trate solo de un pacto antiguo y noble que sellaron en su día, de un vínculo creado por la necesidad, más que por el entusiasmo, de protegerte.

Les contrariaría que los tacharan de dóciles, y sin embargo en cierto sentido lo son. Se someten a la conducta viril. Se someten a la conducta viril con todos los riesgos y crueldades que comporta, sus complicadas cargas y sus engaños deliberados. Sus normas, de las que como mujer te has beneficiado en algunos casos y en otros no.

Y de pronto lo vio, a Maksim, no protegiéndola, sino andando a zancadas por la estación de París como correspondía a un hombre con vida privada.

Su imponente gorro, su elegante seguridad.

Eso no había ocurrido. No era Maksim. Seguro que no.

Vladimir no era un cobarde —solo había que fijarse en cómo había rescatado a Jaclard—, pero no tenía la seguridad propia de los hombres. Por eso pudo ofrecerle a Sofia una igualdad que los demás no le ofrecían y por eso nunca pudo ofrecerle un calor y una protección envolventes. Después, ya cercano el final, cuando cayó bajo la influencia de los Ragosin y cambió su conducta —desesperado y creyendo que podría salvarse imitando a otros—, empezó a tratarla de forma arrogante, poco convincente, incluso ridícula. Entonces le dio una excusa para despreciarlo, pero quizá lo había despreciado siempre. Tanto si la idolatraba como si la insultaba, a ella le resultaba imposible amarlo.

Como Aniuta amaba a Jaclard. Jaclard era egoísta, cruel e infiel, y aun odiándolo, Aniuta estaba enamorada de él.

Qué pensamientos tan feos e irritantes podían aflorar si no los mantenías a raya.

Cuando cerró los ojos creyó verlo —a Vladimir— sentado en un banco enfrente de ella, pero no es Vladimir; es el médico de Bornholm, es solo su recuerdo del médico de Bornholm, insistente y angustiado, que se introdujo en su vida de una forma tan insólita y humilde.

Llegó el momento —seguramente cerca de medianoche— en que tuvieron que abandonar aquel tren. Habían alcanzado la frontera de Dinamarca, Helsingborg. La frontera terrestre, al menos; Sofia suponía que la verdadera frontera estaría más allá, en el Kattegat.

Y después el último transbordador, que los esperaba, grande y con aspecto acogedor, con multitud de luces brillantes. Y apareció un mozo que llevó el equipaje de Sofia a bordo, le dio las gracias por sus monedas danesas y desapareció apresuradamente. Después ella le enseñó el billete al oficial de a bordo, que le habló en sueco. Le aseguró que enlazarían al otro lado con el tren de Estocolmo. Sofia no tendría que pasar el resto de la noche en una sala de espera.

—Me siento como si hubiera vuelto a la civilización —le dijo Sofia.

Él la miró con cierto recelo. Sofia tenía la voz ronca, a pesar de que el café le había aliviado la garganta. Es solo porque este hombre es sueco, pensó Sofia. A los suecos no les hace falta sonreír ni intercambiar comentarios. Se puede ser cortés sin necesidad de esas cosas.

La travesía resultó un poco movida, pero Sofia no se mareó. Aunque se acordó de la pastilla, no le hizo falta. Y el barco debía de llevar calefacción, porque algunas personas se habían quitado la capa superior de su ropa de invierno. Sin embargo, ella seguía tiritando. Quizá fuera normal, con tanto frío como había acumulado en el cuerpo durante el viaje por Dinamarca. Lo había almacenado, el frío, y al fin podría expulsarlo con la tiritona.

El tren para Estocolmo estaba esperando, como le habían prometido, en el concurrido puerto de Helsingborg, mucho más grande y animado que su primo hermano y casi homónimo del otro lado del estrecho. Aunque los suecos no sonrían, la información que te dan es correcta. Un mozo cogió las maletas de Sofia y las sostuvo mientras ella buscaba unas monedas en el bolso. Sacó un buen puñado y se las puso al hombre en la mano, pensando que eran danesas; ya no iba a necesitarlas.

Eran danesas. Él se las devolvió y dijo en sueco:

—No sirven.

—Es lo único que tengo —replicó Sofia, y se dio cuenta de dos cosas. Estaba mejor de la garganta y no tenía dinero sueco.

El mozo dejó las maletas en el suelo y se marchó.

Dinero francés, dinero alemán, dinero danés. Sofia se había olvidado del sueco.

El tren soltaba vapor, los pasajeros subían mientras Sofia seguía allí con su dilema. No podía cargar con las maletas, pero si no las cargaba tendría que dejarlas.

Agarró las diversas correas y echó a correr. Corrió tambaleándose y jadeando, con dolor en el pecho y bajo los brazos y las maletas golpeándole las piernas. Había que subir escaleras. Si se paraba para recuperar el aliento llegaría tarde. Subió los escalones. Con lágrimas de autocompasión suplicó que el tren no se fuera.

Y no se fue. No hasta que el revisor, al asomarse para cerrar la puerta, cogió a Sofia por un brazo y logró aferrar también las maletas y auparlo todo.

Salvada, Sofia se puso a toser. Intentó expulsar algo del pecho con la tos. Expulsar el dolor del pecho. El dolor y la tensión de la garganta. Pero tuvo que seguir al revisor al compartimento, riéndose, triunfal, entre los accesos de tos. El revisor vio que en un compartimento había varias personas sentadas y llevó a Sofia a otro vacío.

—Tenía usted razón. Ponerme donde no debo. Dar la lata —dijo Sofia, radiante—. No tenía dinero. Dinero sueco. De todas clases menos sueco. He tenido que correr. No creía que fuera a poder…

El revisor le dijo que se sentara y se tranquilizara. Salió y volvió sin tardanza con un vaso de agua. Mientras bebía, ella pensó en la pastilla que le habían dado y se la tomó con el último sorbo. Se le calmó la tos.

—No debe hacer esas cosas —dijo el revisor—. Mire cómo respira. Le va a reventar el pecho.

Los suecos eran muy francos, además de reservados y puntuales.

—Espere —dijo Sofia. Porque había algo más que aclarar, le parecía casi que si no lo aclaraba el tren no podría llevarla a su destino—. Espere un momento. ¿Sabe algo de…? ¿Sabe si hay viruela? En Copenhague.

—No lo creo —respondió el revisor. Se despidió con una inclinación de cabeza, rígida pero cortés, y se marchó.

—Gracias. Gracias —contestó ella en voz bien alta cuando salió el revisor.

Sofia no se ha emborrachado en su vida. Si ha tomado alguna medicación que pudiera aturdirla se ha quedado dormida antes de que su cerebro se alterase, por eso no tiene nada con que comparar la extraordinaria sensación —el cambio en la percepción— que serpentea en su interior en esos momentos. Al principio le pareció simple alivio, la magnífica aunque absurda sensación de ser una privilegiada por haber logrado cargar con las maletas y llegar corriendo al tren. Después sobrevivió al golpe de tos y a la presión que sentía en el corazón y se olvidó casi de la garganta.

Pero hay algo más, como si su corazón pudiera seguir dilatándose, recobrando su estado normal, y continuar aligerándose y renovándose y resoplando, casi cómicamente, para abrirle camino. Incluso la epidemia en Copenhague podía convertirse en la peste de una balada, en parte de un antiguo relato. Como su propia vida, con sus contratiempos y sus penas transformándose en simples imaginaciones. Hechos e ideas iban adquiriendo un perfil nuevo visto a través de las láminas de una inteligencia despejada, con una óptica diferente.

Esto le trajo a la memoria una experiencia. Fue la primera vez que se tropezó con la trigonometría, cuando tenía doce años. El profesor Tirtov, un vecino de Palibino, había dejado un texto escrito recientemente, pensando que podría interesarle al padre de Sofia, el general, por sus conocimientos de artillería. Sofia lo encontró en el despacho y por casualidad lo abrió por el capítulo que trataba de óptica. Empezó a leerlo, a observar los diagramas, y llegó a la conclusión de que pronto sería capaz de entenderlo. Nunca había oído hablar de senos ni de cosenos, pero sustituyendo la cuerda de un arco por el seno, y gracias a la feliz circunstancia de que en los ángulos pequeños casi coinciden, pudo introducirse en aquel lenguaje nuevo y gozoso.

Entonces no se llevó una gran sorpresa, pero sí una intensa alegría.

Esos descubrimientos eran posibles. Las matemáticas eran un don natural, como la aurora boreal. No estaban mezcladas con nada en absoluto, ni con artículos, ni premios, ni colegas ni diplomas.

El revisor la despertó un poco antes de que el tren llegara a Estocolmo. Sofia preguntó:

—¿A qué día estamos?

—Viernes.

—Bien. Bien. Voy a poder dar mi conferencia.

—Cuide su salud, señora.

A las dos Sofia estaba tras el atril y dio la conferencia con soltura y coherencia, sin dolores ni toses. El delicado zumbido que le recorría el cuerpo, como por un cable, no le afectó la voz. Y la garganta parecía curada. Cuando acabó se fue a casa, se cambió de vestido y tomó un coche para ir a la recepción a la que estaba invitada en casa de los Gulden. Estaba de buen humor y habló animadamente de sus impresiones de Italia y el sur de Francia, pero no del viaje de vuelta a Suecia. Después salió de la habitación sin disculparse y se fue. Tenía la cabeza demasiado llena de ideas excepcionales y brillantes para seguir hablando con la gente.

Ya reinaba la oscuridad, caía la nieve, sin viento; las farolas, agrandadas como bolas de Navidad. Miró a su alrededor en busca de un coche de alquiler y no vio ninguno. Pasaba un ómnibus y le hizo señas con la mano. El conductor le comunicó que no era una parada regular.

—Pero se ha parado —replicó Sofia sin darle importancia.

Como no conocía bien las calles de Estocolmo, tardó un rato en darse cuenta de que iba en la dirección que no debía. Se lo explicó riendo al conductor, que la dejó bajar. Tuvo que volver a casa andando, con el vestido de fiesta y la capa y los zapatos, demasiado finos. Las aceras estaban prodigiosamente silenciosas y blancas. Tuvo que recorrer como un kilómetro y medio, pero descubrió encantada que al menos conocía el camino. Aunque llevaba los pies empapados no tenía frío. Pensó que sería porque no hacía viento y por el embeleso de su mente y su cuerpo, del que nunca había tenido conciencia y con el que sin duda podía contar a partir de entonces. Quizá no sea muy original, pero la ciudad parecía sacada de un cuento de hadas.

Al día siguiente se quedó en la cama y envió una nota a su colega Mittag-Leffler pidiéndole que le enviara a su médico, ya que ella no tenía. También fue él, y durante la larga visita Sofia le habló con gran excitación del nuevo estudio matemático que estaba preparando. Era el más ambicioso, el más importante y más hermoso que había investigado hasta entonces.

El médico pensaba que lo que tenía mal eran los riñones y le dio un medicamento.

—Se me ha olvidado preguntárselo —dijo Sofia cuando el médico se hubo marchado.

—¿El qué? —dijo Mittag-Leffler.

—¿Hay una epidemia? En Copenhague.

—Está soñando —dijo Mittag-Leffler con dulzura—. ¿Quién se lo ha contado?

—Un hombre notable —respondió Sofia. Y añadió—: No, quiero decir amable. Un hombre amable. —Movió las manos, como si intentara dar forma a algo que encajara mejor que las palabras—. Este sueco que hablo…

—Espere a estar mejor para hablar.

Sofia sonrió y después pareció entristecerse.

—Mi marido.

—¿Su prometido? Ah, todavía no es su marido. Estoy de broma. ¿Le gustaría que viniera?

Sofia negó con la cabeza. Dijo:

—El no. Bothwell. No, no, no —añadió atropelladamente—. El otro.

—Debe descansar.

Habían ido Teresa Gulden y su hija Else, y también Ellen Key. Iban a turnarse para cuidarla. Después de que Mittag-Leffler se marchara, Sofia durmió un rato. Cuando se despertó volvía a estar locuaz, pero no mencionó a ningún marido. Habló de su novela y del libro de recuerdos de su juventud en Palibino. Dijo que ahora podía hacer algo mejor y se puso a describir la idea que tenía para un nuevo relato. Se embrolló y se echó a reír porque no lo explicaba con claridad. Había un movimiento hacia delante y hacia atrás, dijo, había un pulso en la vida. Tenía la esperanza de que en esa novela descubriría qué pasaba. Algo oculto. Inventado, pero no.

¿Qué querría decir con aquellas palabras? Se rió.

Desbordaba de ideas de una amplitud y una importancia completamente nuevas, dijo, pero al mismo tiempo tan naturales y evidentes que no podía evitar reírse.

El domingo estaba peor. Apenas podía hablar, pero se empeñó en ver a Fufu con el vestido que se iba a poner para una fiesta infantil.

Era un traje de gitana, y Fufu bailó con él alrededor de la cama de su madre.

El lunes Sofia le pidió a Teresa Gulden que cuidara de Fufu.

Aquella noche se sintió mejor y fue una enfermera para que Teresa y Ellen descansaran.

De madrugada se despertó. Despertaron a Teresa y Ellen, que levantaron a Fufu de la cama para que pudiera ver a su madre viva una vez más. Sofia pudo hablar un poco.

Teresa creyó oír que decía: «Demasiada felicidad».

Murió alrededor de las cuatro. La autopsia demostró que la neumonía le había destrozado por completo los pulmones y que el corazón presentaba una dolencia que arrastraba desde hacía varios años. Como todo el mundo se esperaba, el cerebro tenía un gran tamaño.

El médico de Bornholm se enteró de su muerte por el periódico y no le sorprendió. De vez en cuando tenía presentimientos, alarmantes para alguien de su profesión, y no siempre fiables. Pensaba que evitar Copenhague podría protegerla. Se preguntó si habría tomado la droga que le había dado y si le habría proporcionado el alivio que le proporcionaba a él cuando lo necesitaba.

Sofia Kovalevski fue enterrada en el entonces llamado Cementerio Nuevo, en Estocolmo, a las tres de la tarde de un día apacible y frío en el que el aliento de los dolientes y los curiosos formaba nubes en el aire helado.

Weierstrass envió una corona de laurel. Les había dicho a sus hermanas que sabía que no volvería a ver a Sofia.

Vivió seis años más.

Maksim acudió desde Beaulieu, en respuesta al telegrama que Mittag-Leffler le envió antes de la muerte de Sofia. Llegó a tiempo para hablar en el funeral, en francés, refiriéndose a ella un poco como si hubiera sido una profesora a la que conocía, y dio las gracias a la nación sueca en nombre de Rusia por haberle ofrecido a Sofia la oportunidad de ganarse la vida como matemática (aplicar sus conocimientos de una forma meritoria, dijo).

Maksim no se casó. Se le permitió regresar a su patria al cabo de cierto tiempo para dar clase en San Petersburgo. Fundó el Partido para la Reforma Democrática en Rusia y adoptó una postura favorable a la monarquía constitucional. Los zaristas lo consideraban demasiado liberal. En cambio, Lenin lo denunció por reaccionario.

Fufu ejerció la medicina en la Unión Soviética, donde murió a mediados de la década de 1950. No le interesaban las matemáticas, decía.

Hay un cráter en la luna que lleva el nombre de Sofia.