Animales de piedra

 

Kelly Link

 

Henry hizo una pregunta. Bromeaba.

—De hecho —le espetó la mujer de la inmobiliaria—, así es.

No esperaba que se lo preguntaran. Le ofreció a Henry una sonrisa tontorrona y conciliadora y le dio un tirón al dobladillo de la falda de su traje de lino rosa, que parecía estar a punto de enrollarse sobre sí misma piernas arriba como una persiana. Era más joven que Henry y vendía casas que ella misma no se podía permitir.

—Tal como ha dicho usted, está reflejado en el precio, por supuesto —dijo.

Henry la miró fijamente. Ella se sonrojó.

—Yo nunca he visto nada —dijo—, pero se cuentan historias. Tampoco he escuchado ninguna, sólo sé que las hay. Para los que se las creen.

—Yo no creo —dijo Henry.

Cuando se volvió para comprobar si Catherine había escuchado la conversación, vio que tenía la cabeza metida dentro de la chimenea de azulejos, como si se la estuviera probando para ver cómo le quedaba. Estaba embarazada de seis meses y nada le quedaba bien a excepción de las gorras de Henry, sus pantalones de chándal, sus camisetas. Pero la chimenea le gustaba.

Carleton corría arriba y abajo por la escalera, golpeando los escalones con fuerza con los talones, con la cabeza gacha, las manos asiendo el barandal. Carleton se tomaba los juegos muy en serio. Tilly estaba sentada en el rellano, leyendo un libro con las piernas colgando entre los balaustres. Todas las veces que él pasaba por su lado, le daba un mamporro en la cabeza sin que Tilly dijera ni una palabra. Carleton se lamentaría más tarde, sin ni siquiera saber por qué.

Catherine sacó la cabeza de la chimenea.

—Chicos —dijo—. Carleton, Tilly. Dejad de alborotar un momento y decidme qué os parece. ¿Creéis que King Spanky estará bien aquí?

—Mamá, King Spanky es un gato —dijo Tilly—. A lo mejor deberíamos tener un perro. Ya sabes, para protegernos.

Con sólo mirar a su madre sabía que se iban a mudar allí, aunque no tenía claro qué le parecía. Eso sí, ya había pensado qué hacer con el jardín. Uno como aquel necesitaba un perro.

—No me gustan los perros —dijo Carleton, que tenía seis años y era muy pequeño para su edad—. No me gusta esta escalera, es demasiado grande.

—Carleton —dijo Henry—, ven aquí. Necesito un abrazo.

Carleton bajó la escalera, se tumbó boca abajo en el suelo y rodó lenta, ruidosa y lánguidamente hasta el lugar donde Henry estaba con la agente inmobiliaria. Se enrolló a sus pies como una serpiente muerta.

—No me gustan los perros que hay ahí fuera —dijo.

—Sé que parece que estemos en mitad de la nada, pero al llegar al final del jardín trasero y después de atravesar la arboleda, hay un camino que lleva directamente a la estación de tren. Diez minutos en bici —dijo la agente. Nunca nadie recordaba su nombre, por eso se veía obligada a llevar faldas demasiado estrechas. De hecho, estaba escribiendo una novela rosa y pasaba mucho tiempo inventando pseudónimos por si algún día la terminaba. Ophelia Pink. Matilde Hightower. LaLa Treeble. También cabía la posibilidad de escribir novelas góticas, historias de fantasmas. Pero no sobre gente como aquélla—. Diez minutos más por el mismo camino y se llega al pueblo.

—¿De qué perros hablas, Carleton? —dijo Henry.

—Carleton, creo que son leones —dijo Catherine—. ¿Te refieres a aquellos de piedra que hay junto a la puerta? Son como los leones de la biblioteca, y esos te encantan, Carleton. Paciencia y Fortaleza.

—Siempre he pensado que eran conejos —dijo la agente—. Por las orejas, ya sabes. Tienen las orejas grandes. —Imitó la oreja de un conejo con la mano y se estiró la falda, que se negaba a quedarse en su sitio—. Tengo entendido que son muy valiosos. El tipo que construyó la casa tenía una galería de arte en Nueva York y conocía a muchos escultores.

Henry pensó que él no conocía a ningún escultor.

—No me gustan los conejos. No me gusta la escalera. No me gusta esta habitación. Es demasiado grande. Ella tampoco me gusta.

—¡Carleton! —dijo Henry, y sonrió a la agente.

—No me gusta la casa —dijo aferrándose a los tobillos de su padre—. Las casas no me gustan, no quiero vivir en una.

—En ese caso te construiremos un tipi en el jardín —dijo Catherine.

Se sentó en los escalones junto a Tilly, que se inclinó hacia ella de manera apenas perceptible. Catherine se quedó tan quieta como pudo. Tilly estaba en cuarto curso y era una niña difícil, pero difícil en cosas que se suponía que las niñas no debían serlo. En general, rechazaba los abrazos o los mimos. Sin embargo, allí estaba, sentada apoyándose en el brazo de Catherine, emanando fragancias angelicales: paz y tranquilidad, placidez, bondad. «Quiero esta casa», le dijo Catherine a Henry moviendo los labios como la heroína de una película muda para que ni Carleton ni la agente, que se había agachado para inspeccionar una mota de polvo del suelo, se enteraran.

—Puedes vivir en el tipi y nosotros te invitaremos a comer a casa. Comer sí que te gusta, ¿verdad? ¿Sándwiches de manteca de cacahuete?

—No —dijo con un único sollozo.

Pero compraron la casa de todos modos. La agente consiguió la comisión. Cuando salieron, Tilly frotó las pétreas y cerosas orejas de los conejos, fingiendo que ya le pertenecían. Eran tan altos como ella, 

pero eso no sería así para siempre. Carleton se comió un sándwich de manteca de cacahuete.

 

 

Los conejos flanqueaban la puerta de entrada. Un par de animales de piedra sentados sobre sus agrietadas y musgosas patas traseras. Eran informes, un par de bultos; tenían un aire de paciencia que no parecía haberse agotado, pero era posible que ni siquiera estuvieran terminados. Tenían algo que a Henry le recordaba a Stonehenge. Catherine pensó en arbustos podados en formas artísticas, en El conejo de terciopelo, en soldados que montan guardia frente a palacios y no mueven ni la nariz. Podían donarlos a un museo. O destrozarlos con un martillo hidráulico. No casaban en absoluto con el edificio.

 

 

—¿Qué tal la casa nueva? —dijo la jefa de Henry.

Estaba enrollando cuidadosamente más gomas sobre la bola de gomas elásticas. Era tan grande que tenía que conseguir gomas especiales extra largas del departamento de arte. Decía que le ayudaba a pensar. Durante un tiempo probó a tejer, pero resultó ser demasiado utilitario, demasiado femenino. Pero con lo de hacer una bola gigantesca con gomas elásticas dio en el clavo. Era algo que haría un hombre.

Ocupaba la mitad de su mesa. Bajo la luz fluorescente de la oficina tenía una vivacidad roja y desnuda. Uno prácticamente esperaba verla desaparecer por la puerta por sus propios medios. Cuando más grande se hacía, más se asemejaba a algún tipo de animal sin patas, pelo ni ojos. Puede que a un perro. Un perro del tamaño de Carleton, pensaba Henry, pero no una bola de gomas elásticas del tamaño de Carleton.

A veces Catherine bromeaba sobre el uso del carleton como unidad de medida.

—Grande —dijo Henry—. Embrujada.

—¿De verdad? Esta goma también —apuntó a Henry con la goma y le disparó al codo. Ese gesto pretendía insinuar que eran buenos amigos y que, como tales, estaban haciendo el tonto. Pero en realidad lo que quería decir era que estaba enfadada con él—. No me abandones.

—Estaré a dos horas de aquí —Henry levantó la mano para protegerse de las gomas—. Para ya. Hablaremos por teléfono, usaremos el e-mail. Vendré a la ciudad cuando me necesites en la oficina.

—¿Estás seguro de que es buena idea? —le dijo la jefa fijando en él su acuosa mirada de reptil. Tenía un problema en los lagrimales y, aunque tuvo ocasión de hacerse una pequeña operación para solventarlo, eligió no hacerlo. La manera en que asustaba a la gente suponía una ventaja táctica.

En realidad no importaba que Henry fuera inmune a las gomas elásticas y a las lágrimas de cocodrilo. Tenía estrategias de presión. 

Mientras Henry le daba la estúpida charla una y otra vez, ella pensaba en cuál de ellas iba a ser más efectiva.

Henry tenía el número de la empresa de mudanzas en el bolsillo a modo de talismán. Quería sacarlo, restregárselo por la cara a la cocodrilo y decir: «¡Mira!». Pero en lugar de eso dijo:

—Llevamos nueve años viviendo en un apartamento pegado a un edificio que huele a orina. Es como si alguien lo hubiera construido de arriba abajo con ladrillos hechos de pis rojo comprimido. La semana pasada alguien le escupió a Catherine en la calle; una vieja rusa con un abrigo de pieles. El otro día un chaval llamó a la puerta para vendernos máscaras de gas. Vendedores a domicilio de máscaras de gas. Catherine le compró una y mientras me lo contaba rompió a llorar. Dijo que no conseguía entender si se sentía culpable por haber comprado la máscara o por no haber comprado suficientes para todos.

—Buenos restaurantes chinos —dijo su jefa—. Buenas películas. Buenas librerías. Buenas lavanderías. Buena conversación.

—Casitas en los árboles —dijo Henry—. Cuando era niño, yo tenía una.

—Tú nunca has sido niño.

—Tres baños. Molduras. La casa de los vecinos más cercanos ni siquiera se ve. Por la mañana me levanto, me tomo un café, meto a Carleton y Tilly en el autobús y me pongo a trabajar en pijama.

—¿Y Catherine? —La cocodrilo apoyó la cabeza en la bola. Posiblemente fuera un gesto de derrota.

—Sí, eso podía haber sido un problema, pero todo su departamento se marcha. Como las ratas de un barco que se hunde. De todos modos, necesita un cambio de aires. Y yo también. Hay otro bebé en camino. Haremos jardinería, Catherine dará clases de inglés para extranjeros, formará un grupo de lectura, escribirá un libro. Enseñaremos a los críos a jugar al bridge. Tenemos que enseñarles pronto.

Recogió una goma del suelo y se la dio a su jefa.

—¿Por qué no vienes a visitarnos un fin de semana?

—Nunca voy al norte —dijo la cocodrilo abrazando la bola—. Demasiados fantasmas.

 

 

—¿Vas a echar esto de menos? ¿Vivir aquí? —dijo Catherine. No soportaba la manera en que su tripa sobresalía. No era capaz de ver más allá. Levantó el pie izquierdo para asegurarse de que aún estaba ahí y le quitó la sábana a Henry.

—Me encanta la casa.

—A mí también.

Catherine se estaba mordiendo las uñas y Henry oía el clic clic de los dientes. Entonces ella levantó ambos pies y los movió en el aire. Hola, pies.

—¿Qué haces?

Volvió a bajarlos. Fuera, en la calle, los coches iban y venían, empujando manchas de luz por el techo, lenta y rápidamente al mismo tiempo. El bebé se retorcía dentro, le daba patadas con ambos pies como si estuviera cruzando el canal de la Mancha a nado. El Pacífico. Dando patada tras patada hasta llegar a China.

—¿Te crees la historia de que los antiguos dueños se mudaron a Francia?

—Yo no creo en Francia —dijo Henry—. Je ne crois pas en France.

—Yo tampoco. ¿Henry?

—¿Qué?

—¿Te gusta la casa?

—Me encanta.

—A mí más que a ti —dijo Catherine a pesar de que Henry odiara que dijera cosas así—. ¿Qué es lo que más te gusta?

—La sala que da a la parte de delante. La de las ventanas. Nuestra habitación. Las estatuas raras de los conejos.

—A mí también —dijo Catherine, aunque no era verdad—. Adoro los conejos. ¿Alguna vez te preocupas por Carleton y Tilly? —dijo entonces.

—¿Qué quieres decir? —Miró el despertador: eran las cuatro de la mañana—. ¿Por qué estamos despiertos a estas horas?

—A veces me preocupo por si quiero más a uno de los dos. Por si quiero más a Tilly porque solía hacerse pis en la cama. O a Carleton, porque estuvo tan enfermo cuando era pequeño.

—Yo quiero igual a los dos.

Ni siquiera sabía que estaba mintiendo, pero Catherine sí. Sabía que mentía y que no se daba cuenta, pero la mayor parte del tiempo no le parecía importante. Mientras él pensara que los quería a los dos por igual y se comportara como si así fuera, eso era más que suficiente.

—Entonces, ¿alguna vez te preocupa que tú puedas quererles más que yo? ¿O que yo les quiera más que tú?

—¿Les quieres más que yo?

—Por supuesto. Tengo que hacerlo. Es mi responsabilidad.

 

 

Catherine encontró la máscara de gas en una caja de copas de vino junto con seis números recientes de The New Yorker que algún día quizá tuviera oportunidad de leer. Guardó la máscara debajo del fregadero y las revistas dentro del fregadero. ¿Por qué no? Era suyo. Podía meter lo que ella quisiera. Volvió a sacarlas y las puso en la nevera porque sí.

Henry entró en la cocina con unos candeleros de plata en la mano y un armadillo disecado con el que alguien había hecho un bolso. Iba acompañado de una correa hecha con la misma piel y si le abrías la boca, podías meter cosas dentro, como pintalabios y billetes de metro. Tenía una mirada penetrante y un fuerte olor a vinagre. Pertenecía a Tilly, aunque no quedaba claro de dónde había salido. Ella afirmaba haberlo ganado en el colegio, en un concurso en el que unos donuts tuvieron algo que ver. Catherine creía que era más probable que Tilly lo hubiera robado o (preferiblemente) que lo hubiera encontrado en la basura de algún vecino. En él guardaba sus posesiones más preciadas para mantenerlas a salvo de Carleton, que codiciaba cosas valiosas —porque eran pequeñas y porque eran de Tilly—, pero tenía miedo del armadillo.

—Ya le he dicho que como mínimo durante las dos semanas primeras no podrá llevárselo al colegio. Después ya veremos —Catherine le quitó el bolso a Henry y lo guardó debajo del fregadero con la máscara de gas.

—¿Qué hacen? —preguntó Henry. Enmarcados por la ventana de la cocina, Carleton y Tilly se encorvaban sobre el césped. Tenían consigo unas tijeras, una libreta y una grapadora.

—Tomando muestras de hierba —Catherine sacó los platos de una caja, apartó el plástico de burbujas para que Tilly las hiciera explotar a pisotones y los metió en un armario. El bebé la pateó como si supiera qué es el plástico de burbujas—. Ayayay, Chimenea —dijo—. Ahí dentro no hay licencia de salón de baile.

Henry alargó la mano y dio un par de golpecitos en la barriga de Catherine. «Pom, pom». Era la broma que solía hacer Tilly. «¿Quién es?», decía Catherine. Tilly solía contestar: «Soy Candelero», «Soy el gordo», «Caja», «Martillo», «Batido de Fresa», «Clarinete», «Ratonera», «Paparrucha». Tilly tenía una larga lista de nombres para el bebé. La agente inmobiliaria le habría dado su aprobación.

—¿Dónde está King Spanky? —preguntó Henry.

—Debajo de nuestra cama —dijo Catherine—. Se ha metido dentro de la base.

—¿Hemos desempaquetado el despertador?

—Pobre King Spanky, sólo quiere al despertador. Vamos arriba a ver si conseguimos sacarlo. Tengo un regalo para ti.

El regalo estaba en una caja de la empresa de mudanzas exactamente igual que el resto de cajas de la habitación, pero en ella Catherine había escrito REGALO PARA HENRY en lugar de DORMITORIO GRANDE. Dentro había bolitas de poliestireno y una caja más pequeña de los almacenes Takashimaya. La caja venía atada con una cinta plateada. El papel de seda del interior era de un dorado apagado y dentro había una bata de seda verde con mangas naranjas y animales heráldicos bordados con hilo naranja y dorado.

—Leones —dijo Henry.

—Conejos —dijo Catherine.

—Yo no te he comprado nada.

Catherine sonrió con generosidad: le gustaba más hacer regalos que recibirlos, pero nunca se lo había confesado a Henry porque le parecía que el mero hecho era egoísta, aunque no se había molestado en descifrar de qué manera lo era. Catherine estaba agradecida por haberse casado con Henry, que aceptaba los regalos como algo que se merecía, a quien le quedaba bien toda la ropa que ella le compraba y que tenía una actitud vanidosa pero relajada respecto de su belleza. Comprarle ropa a Henry en aquel momento la satisfacía especialmente, mientras ella estaba embarazada y no podía comprarse nada.

—Si no te gusta me la quedaré yo —dijo ella—. Mírate, mira esas mangas… Pareces el emperador de Japón.

De momento ya habían colonizado la habitación llenándola de cosas que les pertenecían. Ahí estaba el espejo de Catherine, colgando de la pared; y el armario de caoba: su primer mueble de verdad, un regalo de boda de su tía abuela. Ahí estaba la práctica cama de matrimonio en la que King Spanky se había metido y allí 

Henry, haciendo aspavientos con las anchas mangas naranjas, como un molino de viento bordado. Henry lo veía todo a través del espejo y, detrás de él, el césped del jardín y a Tilly y Carleton grapando hierba en la libreta. Vio todas esas cosas y le parecieron bien, pero no veía a Catherine. Cuando se dio media vuelta, ella estaba en el quicio de la puerta, mirándolo con el ceño fruncido. Tenía el despertador en la mano.

—Mírate —repitió—. Le preocupaba la manera en que algo, alguien, Henry, podía de pronto parecer un lugar en el que ella no había estado jamás. El despertador sonó y King Spanky salió de debajo de la cama y trotó hacia Catherine. Ella se inclinó con torpeza —sin gracia, sin garbo, tan patosa y tan jodidamente torpe… Estar embarazada era como llevar una puta maleta atada a la cintura—, dejó el despertador en el suelo y King Spanky se agachó frente a él y rozó el cristal de la esfera sonante con la nariz.

Eso hizo que Catherine volviera a reírse. Henry adoraba su risa. En el piso de abajo los niños abrieron una puerta de golpe, corrieron por toda la casa con las tijeras en la mano —tanto Henry como Catherine lo sabían—, abrieron otra puerta de golpe y salieron dejando atrás el aroma de la hierba. Hay una tienda en Nueva York donde se puede comprar un perfume que huele igual.

 

 

Catherine, Carleton y Tilly volvieron de la tienda de comestibles con un neumático, una cuerda con la que colgarlo y una caja de polvos para hacer tortitas para la cena. Henry estaba conectado, mirando la foto de una bola de gomas elásticas. También había un mensaje: la cocodrilo necesitaba que fuera a la oficina. Sólo iban a ser unos días. Alguien estaba encendiendo fuegos y él era el único lo suficientemente inteligente como para saber apagarlos. Se trataba de sus cuentas, así que tenía que ir a salvarlas. Sabía que Catherine y Henry aún no habían vendido el apartamento, lo había preguntado en la inmobiliaria. De modo que no se trataba de un imposible; imposible no, sólo poco conveniente.

Bajó a contárselo a Catherine.

—Esa bruja… —dijo ella mordiéndose el labio—. ¿Ha llamado a la inmobiliaria? Lo siento, ya lo habíamos hablado. Da igual. Dame unos minutos.

Catherine respiró hondo. Inhaló. Exhaló. Si fuera Carleton aguantaría la respiración hasta que se le pusiera la cara roja y Henry aceptara quedarse en casa, pero pensándolo mejor, a él nunca le funcionaba.

—Nos hemos encontrado con los vecinos en la tienda. Ella tiene más o menos la misma edad que yo. Liz y Marcus. Una hija, más mayor… Creo que se llama Alison, puede que sea de otro matrimonio. Posible canguro, así que buenas noticias. Liz es abogada. Guapísima. Lee libros de Oprah Winfrey y a él le gusta cocinar.

—A mí también.

—Tú eres más guapo. Entonces, ¿tienes que marcharte esta noche o cogerás el tren por la mañana?

—Puedo ir por la mañana —dijo Henry queriendo parecer afable.

Carleton apareció en la cocina abrazando el cuerpo de King Spanky. Las patas delanteras del gato quedaban estiradas delante de él, como si el niño estuviera buscando agua con una varilla. King Spanky tenía los ojos cerrados y sus bigotes se movían en código Morse.

—¿Qué te has puesto? —dijo Carleton.

—Es mi nuevo uniforme. Lo llevo para trabajar.

—¿Dónde trabajas? —dijo Carleton poniéndolo a prueba.

—Trabajo en casa.

Catherine resopló.

—Parece el rey de los conejos, ¿verdad? El plenipotenciario de Conejalia —dijo sin parecer muy contenta por ello.

—Parece una princesa —dijo Carleton apuntándole con King Spanky como si fuera un arma.

—¿Dónde está la colección de hierba? —dijo Henry—. ¿Me la dejas ver?

—No —dijo Carleton.

Dejó al gato en el suelo y éste se escapó con sigilo de la cocina y se escabulló hacia la escalera, la habitación, la seguridad de los muelles de la cama, el adorado despertador, el amado. El amado podía ser traicionero, de cabeza grasienta y dado a hábitos malvados o bien un hombre de cuarenta y muchos que trabaja mucho, o bien un despertador.

—Después de cenar —volvió a intentar Henry— podríamos ir a buscar un árbol para el columpio.

—No —dijo Carleton con pesar. Se quedó un rato más en la cocina con la esperanza de que le preguntaran algo a lo que pudiera contestar que sí.

—¿Dónde está tu hermana? —preguntó Henry.

—Viendo la televisión. En esta casa no me gusta la tele.

—Es demasiado grande —dijo Henry, pero Catherine no se rió.

 

 

 

Henry sueña que es el rey de los agentes inmobiliarios. Le encanta su trabajo. Intenta venderles una casa a una pareja joven de nariz espasmódica y grandes ojos oscuros. ¿Por qué siempre sueña que intenta vender cosas?

La pareja lo mira, inquieta. Se acerca a ellos como si fuera a susurrarles algo a sus estúpidas orejas expectantes. Es un secreto que jamás le ha contado a nadie. Es un secreto que ni siquiera él sabía que sabía.

—Dejémonos de hacer el tonto —les dice—. No podéis permitiros esta casa; no tenéis dinero porque sois conejos.

 

 

 

—¿Dónde trabajas? —le preguntó Carleton por la mañana cuando Henry llamó desde la estación de Grand Central.

—Trabajo en casa. En la casa donde vivimos ahora, donde estás tú. Bueno, tarde o temprano. Pero hoy no. ¿Te estás preparando para ir a la escuela?

Carleton dejó el auricular junto al teléfono; Henry le escuchó decirle algo a Catherine.

—Dice que no está nervioso por la nueva escuela —dijo ella—. Es un niño valiente.

—Esta mañana te he dado un beso, pero no te has despertado. Había un montón de conejos en el jardín. Eran enormes. Del tamaño de King Spanky. Estaban ahí sentados como si estuvieran esperando a que saliera el sol. Era gracioso, como una instalación artística. Pero también era un poco espeluznante. ¿Crees que han estado allí toda la noche?

—¿Conejos? ¿Crees que pueden tener la rabia? Los he visto esta mañana, cuando me he levantado —dijo Catherine—. Carleton no se ha querido cepillar los dientes. Dice que le pasa algo al cepillo.

—Igual se le ha caído en el váter y no te lo quiere decir.

—¿Podrías comprarle uno nuevo y traerlo a casa? No quiere uno de la farmacia de aquí, quiere uno de Nueva York.

—¿Dónde está Tilly?

—Dice que está averiguando qué le pasa al cepillo de dientes de Carleton. Todavía está en el baño.

—¿Puedo hablar con ella un momento?

—Dile que tiene que vestirse y comerse los cereales —dijo Catherine—. Después de que los lleve al colegio vendrá Liz a tomar café. Después iremos a comer. No voy a desempaquetar ni una sola caja más hasta que vuelvas. Aquí está Tilly.

—Hola —dijo Tilly. El saludo parecía una pregunta.

A Tilly no le gustaba hablar por teléfono. ¿Cómo podía uno saber si la otra persona era realmente quien decía que era? Y en el caso de que fueran quienes afirmaban ser, ellos no sabrían si tú eras quien decías ser. Podrías ser otra persona. Podrían revelar información sobre ti sin ni siquiera darse cuenta. No existían los protocolos de seguridad, no se tomaban suficientes precauciones.

—¿Te has cepillado los dientes esta mañana? —dijo ella.

—Buenos días, Tilly —dijo su padre (si es que era su padre)—. Mi cepillo estaba bien. Totalmente normal.

—Bien. He dejado que Carleton utilice el mío.

—Muy generoso por tu parte.

—Gracias —dijo Tilly. Compartir cosas con Carleton no era como compartirlas con otras personas. En realidad no tenía nada que ver con compartir porque Carleton le pertenecía, igual que el cepillo de dientes—. Dice mamá que cuando lleguemos a casa, si queremos podemos dibujar en las paredes de nuestro cuarto, mientras decidimos de qué color pintarlas.

—Eso parece divertido. ¿Puedo dibujar yo también?

—A lo mejor sí —Tilly ya había hablado demasiado—. Tengo que irme. Tengo que desayunar.

—No te preocupes por la escuela.

—No.

—Te quiero.

—Estoy muy preocupada por el cepillo de dientes.

Cerró los ojos un minuto. Sólo un minuto. Cuando se despertó estaba a oscuras y no sabía dónde se encontraba. Se levantó, se acercó a la puerta y por el camino estuvo a punto de tropezar con algo que se alejó de él con un amplio movimiento circular, exuberante y divertido. Según el reloj de su mesa eran las cuatro de la mañana. ¿Por qué siempre las cuatro de la mañana? Tenía cuatro mensajes en el móvil, todos de Catherine.

 

 

 

Miró los horarios de trenes en Internet y después le envió un e-mail rápido.

 

Me he dormido a medianoche? Perdido el tren. Ahora estoy despierto, voy a trabajar. Apagando fuegos. Cojo el tren a primera hora de la tarde? Todavía me quieres?

 

Antes de ponerse a trabajar empujó la bola de gomas elásticas pasillo abajo de una patada, hacia la puerta de la cocodrilo.

 

 

Catherine lo llamó a las nueve menos cuarto.

—Lo siento —dijo Henry.

—Ya me lo imagino.

—No encuentro la cuchilla de afeitar. Creo que la cocodrilo tuvo una pataleta y debe de haber tirado mis cosas.

—Carleton estará encantado. Quizá deberías entrar en casa sin que se dé cuenta y afeitarte antes de cenar. Ayer lo pasó mal en la escuela.

—Igual debería dejarme barba. No puede tener miedo de todo para siempre. Cuéntame qué tal fue el primer día en el cole.

—Luego te lo cuento, acaba de llegar Liz. Me va a llevar al gimnasio como invitada. Tienes que llegar a casa para la hora de cenar.

 

 

A las seis de la mañana Henry volvió a enviarle un correo electrónico a Catherine: «Lo siento, he causado una avalancha sin querer mientras apagaba fuegos. ¿Me esperarás despierta? ¿Qué tal el 2.º día de colegio?». Ella no le contestó. Henry llamó y nadie lo cogió. Ella tampoco le llamó.

Cogió el último tren. Cuando llegó a la estación era el único pasajero del vagón. Desató la bicicleta y se fue a casa en mitad de la oscuridad. Los conejos cruzaban el camino a toda velocidad por delante de la bici. En el césped había alguno más buscando comida. Cuando se bajó de la bici y la arrastró sobre la hierba, se quedaron petrificados. El césped estaba arrugado; la bicicleta subía y bajaba por depresiones invisibles que él supuso que eran madrigueras. A ambos lados de la puerta había sendos hombres gordos, esperándolo de pie en la oscuridad, pero cuando se acercó recordó que eran los conejos de piedra.

—Pom, pom —dijo.

Los conejos de verdad que estaban sobre el césped inclinaron las orejas hacia él. Los de piedra esperaron a escuchar el final del chiste, pero sólo eran conejos de piedra. No tenían nada mejor que hacer.

La puerta no estaba cerrada con llave. Henry recorrió las habitaciones de la planta baja colocando las manos en las partes traseras y superiores de los muebles. En la cocina, unas cajas recortadas estaban apoyadas contra la pared formando montones, esperando para ser recicladas o convertidas en casas de cartón, naves espaciales y túneles para Carleton y Tilly.

Catherine había desempaquetado las cosas de Carleton. En cada enchufe había lamparillas de noche con forma de osos y ocas y gatos. También había pequeñas lamparitas de bajo voltaje: hipopótamo, robot, gorila, barco pirata. Todo estaba inundado de una luz tierna y pacífica que mudaba la habitación de Carleton en mucho más que eso: algo luminoso, numinoso, una iglesia de dibujos animados del sueño de Carleton de medianoche.

Tilly estaba dormida en la otra cama.

Tilly se negaba a admitir que era sonámbula, de la misma manera que jamás admitiría que a veces se hacía pis en la cama. Pero aun así, rehusaba hacer amigos; porque hacer amigos significaría pasar la noche en casas extrañas. Al día siguiente insistiría en que Henry o Catherine la llevaron allí desde su cuarto y la acostaron en la habitación de Carleton, ellos sabrían por qué.

Henry se arrodilló entre las camas y besó a Carleton en la frente. Le dio otro beso a Tilly y le pasó la mano por el pelo. ¿Cómo podría no querer más a Tilly? La conocía desde hacía más tiempo y ella era tan valiente, y estaba tan enfadada…

Los hijos de Henry habían dibujado una casa en la pared de la habitación de Carleton. Un gato casi tan grande como la casa; sobre su cabeza había una corona. Unos árboles o flores con un par de hojas apuntando hacia arriba y, más allá de los árboles, un muñeco de palotes montado en una bici de palotes. Fijándose un poco más, pensó que quizá los árboles fueran conejos. La pared olía a caramelo de fruta. Alguien había escrito: «Henry es un Rat Fink, ¡ja, ja, ja!». Reconoció la letra de su mujer.

—Rotuladores con olor —dijo Catherine. Estaba en el quicio de la puerta, sujetando una almohada contra su barriga—. Estaba durmiendo abajo, en el sofá. Has pasado de largo sin verme.

—La puerta estaba sin cerrar.

—Liz dice que aquí nadie cierra la puerta con llave. ¿Vienes a la cama o te has pasado por aquí solamente para ver cómo estamos?

—Tengo que volver mañana —dijo Henry sacándose un cepillo de dientes del bolsillo y enseñándoselo a ella—. Hay una caja de donuts de Krispy Kreme en la encimera de la cocina.

—Borra lo de los donuts, no soy tan fácil.

Dio un paso hacia él y, sin querer, le dio una patada a King Spanky. El gato maulló. Carleton se despertó.

—¿Quién está ahí? —dijo—. ¿Quién está ahí?

—Soy yo —dijo Henry y se arrodilló junto a la cama de Carleton a la luz de la lamparita de Winnie the Pooh—. Te he traído un cepillo de dientes nuevo.

Carleton soltó un gemido.

—¿Qué pasa, hombre del espacio? Sólo es un cepillo. —Se acercó a Carleton y él huyó hacia atrás, gritando.

En la otra cama, Tilly soñaba con conejos. Al llegar de la escuela ella y Carleton vieron unos cuantos sentados sobre el césped, como si hubieran montado guardia frente a la casa mientras Tilly estaba fuera. En el sueño seguían allí y ella soñaba que se les acercaba con sigilo. Abrían la boca lo suficiente como para que ella metiera la mano dentro como si fuera una especie de dentista para conejos, así que la metía. Cerraba la mano alrededor de algo pequeño, duro y frío; quizá fuera un anillo, un anillo de diamantes. O un… O… Era un… Estaba ansiosa por enseñárselo a Carleton. Tenía el brazo metido dentro del conejo hasta el hombro. Alguien le rodeaba la muñeca con una mano diminuta y fría, y estiraba. En alguna parte, su madre estaba hablando. Dijo…

—Es la barba.

Catherine no sabía si reírse, llorar o chillar como Carleton. Eso sorprendería al niño, que ella también se pusiera a gritar.

—Venga, venga, Henry: ve a afeitarte y ven rápidamente o no se volverá a dormir. Carleton, cariño —decía mientras Henry salía de la habitación—, es tu papá. No es Papá Noel, ni el lobo feroz. Es papá. Se le ha olvidado. ¿Por qué no me cuentas un cuento? ¿O prefieres ir a ver cómo se afeita?

La bolsa de agua caliente de Catherine descansaba sobre el borde de la bañera. En el suelo había un montón de toallas. Las cosas de Henry estaban guardadas detrás del espejo. Pensar en todo aquello que aún tenían que colocar le hizo sentirse cansado. Se lavó las manos y miró la pastilla de jabón: le dio una sensación extraña. La volvió a dejar en el lavabo, se agachó a olerla, arrancó un pedazo de papel higiénico y lo utilizó para manipular la pastilla. La tiró a la papelera y desenvolvió una nueva. Al jabón nuevo no le pasaba nada. Al viejo tampoco. Simplemente estaba cansado. Se lavó las manos y se cubrió la cara de espuma, se afeitó la barba y miró cómo los pelitos desaparecían por el desagüe. Cuando fue a enseñarle a Carleton su nuevo rostro, Catherine estaba acurrucada en la cama junto a él. Ambos dormían. Cuando salió de casa a las cinco y media de la mañana, seguían dormidos.

 

 

—¿Dónde estás? —dijo Catherine.

—Estoy de camino a casa, en el tren.

El tren seguía en la estación y estaban a punto de salir. Llevaban a punto de salir más o menos una hora y antes de eso tuvieron que bajarse del tren dos veces para volver a subir. Les habían asegurado que no tenían nada de qué preocuparse; no había amenaza de bomba, tampoco había una bomba. El retraso era meramente temporal. Los viajeros del tren se miraron unos a otros, intentando fingir que no se miraban. Todos tenían los móviles en la mano.

—Los conejos vuelven a estar en el jardín —dijo Catherine—. Debe de haber al menos cincuenta o sesenta. Nunca había contado conejos. Tilly ha intentado salir varias veces para hacerse amiga de ellos, pero en cuanto está fuera todos se marchan dando botes como si fueran pelotas de playa. Hoy he hablado con un especialista en céspedes. Dice que tenemos que poner remedio al asunto, lo mismo que dijo Liz. Aquí los conejos pueden convertirse en un gran problema porque seguramente ya hayan hecho túneles y madrigueras por todo el jardín. Podría darnos problemas. Sería como vivir sobre un desagüe. Pero Tilly no nos lo perdonará nunca, ya se ha dado cuenta de que algo pasa. Dice que ya no quiere un perro porque los asustaría. ¿Crees que deberíamos tener perro?

—¿Y qué es lo que hacen? ¿Ponen veneno? ¿Cavan el jardín? —dijo Henry.

El hombre que estaba en el asiento de delante de él se levantó. Cogió sus bolsas del estante del equipaje y se bajó del tren bajo la atenta mirada del resto de pasajeros, que fingían no estar mirando.

—Me ha contado que tienen unos dispositivos, una especie de equipos de ultrasonido. Hacen un mapa de los túneles, los cierran y gasean a los conejos. Suena muy truculento. Y este crío, el bebé, me está moliendo a palos. Se pasa el día entre patadas y más patadas y saltos, como si fuera un especialista en artes marciales. Va a ser un niño muy rabioso, Henry, como su hermana. O niña. O puede que dé a luz a conejos.

—Mientras tengan tus ojos y mi barbilla…

—Tengo que dejarte. Necesito hacer pis otra vez. Me paso el día recibiendo patadas, haciendo pis, viendo cómo a Tilly se le parte el corazón porque no consigue hacerse amiga de los conejos, preocupándome porque no quiere hacerse amiga de otros niños sino sólo de los conejos, escuchando cómo Carleton me vuelve a preguntar si hoy tiene que ir al colegio y si mañana tiene que ir al colegio y por qué le hago ir si allí todos son más grandes que él, que por qué tengo la tripa tan grande y tan gorda y por qué le dice su profesora que se comporte como un niño grande. Henry, ¿por qué estamos pasando otra vez por esto? ¿Por qué estoy embarazada? ¿Y dónde estás tú? ¿Por qué no estás aquí? ¿Qué hay del trato que hicimos? ¿Es que no quieres estar aquí?

—Lo siento —dijo Henry—. Hablaré con la cocodrilo. Buscaremos la manera de solucionarlo.

—Creía que tú también querías todo esto, Henry. ¿No lo quieres?

—Por supuesto. Por supuesto que sí.

—Tengo que dejarte. Liz va a venir con unas mujeres; por fin vamos a empezar el club de lectura. Vamos a leer El club de la lucha. Alison, su hijastra, va a cuidar de Tilly y Carleton. Ya se lo he dicho a Tilly, me ha prometido que no la morderá ni le hará llorar.

—¿A cambio de qué? ¿Unas cuantas horas extra de televisión?

—No. A la tele le pasa algo.

—¿Qué le pasa a la tele?

—No lo sé. Funciona bien, pero los niños no quieren ni acercarse. ¿No te parece genial? Es lo mismo que con el cepillo de dientes, ya lo verás cuando vengas. Me refiero a que no es sólo cosa de los críos: antes estaba viendo las noticias y tuve que apagar el televisor. No era por las noticias, era el aparato en sí.

—¿Así que estamos hablando del baño de la planta baja, la cafetera, el cepillo de dientes de Carleton y ahora también el televisor?

—Hay algo más, desde esta mañana. Tu oficina, por lo visto. Todo lo que hay dentro: el escritorio, las librerías, la silla, incluso los clips.

—Bueno, eso está bien, ¿no? Quiero decir que así no entrarán.

—Supongo. Lo que pasa es que estuve un rato allí de pie y también me dio escalofríos. Así que ahora no puedo leer los e-mails. Y también he tenido que tirar otra pastilla de jabón. Y a King Spanky ya no le gusta el despertador. Cuando hago sonar la alarma, no sale de la cama.

—¿El despertador también?

—La verdad es que suena diferente. Un poquito diferente. A no ser que me esté volviendo loca. Esta mañana Carleton me ha dicho que sabía dónde estaba nuestra casa. Dice que vivimos en un lugar secreto de Central Park, que reconoce los árboles. Cree que si baja por el caminito, le atracarán. Henry, de verdad que te tengo que dejar porque si no me voy a hacer pis encima y no tengo tiempo de cambiarme antes de que llegue todo el mundo.

—Te quiero —dijo Henry.

—Entonces, ¿por qué no estás aquí? —dijo Catherine con tono victorioso.

Colgó el teléfono y corrió pasillo abajo hacia el baño, pero al llegar, se dio media vuelta. Subió las escaleras a toda prisa bajándose los pantalones por el camino y llegó al baño de su habitación justo a tiempo. Llevaba todo el día subiendo y bajando la escalera, y sintiéndose increíblemente tonta por hacerlo, ya que al baño de abajo no le pasaba nada. Era el mobiliario, los accesorios. Cuando tiras de la cadena o dejas correr el agua en el lavabo. No le gusta cómo suena.

 

 

Ya había pasado varias veces que Henry llegaba a casa y se encontraba a Catherine pintando habitaciones, cosa que suponía un problema. El problema era que Henry seguía marchándose. Si no lo hiciera, no tendría que volver a casa una y otra vez. Ése era el argumento de Catherine. El de Henry era que ella no debía pintar habitaciones estando embarazada. Se supone que las embarazadas no deben respirar los gases de la pintura.

Catherine solucionó el problema poniéndose la máscara de gas mientras pintaba. Sabía que tarde o temprano le serviría de algo. Le prometió a Henry que dejaría de pintar en cuanto él empezara a trabajar en casa tal y como habían planeado. Mientras tanto, ella no conseguía decidir qué colores quería. Pasaba horas mirando catálogos de pintura en los que había colores con nombres como Sangría, Turbera, Tulipán, Pataleta, Planetario, Galáctica, Hoja de té, Yema de huevo, Juguete de hojalata, Gauguin, Susan, Envidia, Azteca, Utopía, Manzana de Java, Bol de arroz, Llorón, Labio hinchado, Plátano verde, Trampolín, Uña. Se trataba de un pasatiempo maravilloso. Los niños se iban a la escuela y cuando volvían a casa el salón era de color Foca arpa en lugar de Luna llena. Pasaban un tiempo con ese color, acostumbrándose a él, ignorando la televisión (que estaba encantada —por supuesto, «encantada» no era la palabra exacta, pero a Catherine no se le ocurría la que sí lo era—) y un par de días más tarde Catherine salía a comprar más pintura de revestimiento y volvía a empezar. A Carleton y Tilly les fascinaba. Le suplicaron que volviera a pintar sus cuartos y ella lo hizo.

Sentía el deseo de comer pintura. Siempre que abría una lata se le hacía la boca agua. Cuando estaba embarazada de Carleton no podía comer nada más que aceitunas, palmitos y tostadas sin mantequilla ni mermelada. Cuando lo estaba de Tilly, una vez comió tierra de Central Park. Tilly creía que debían ponerle al bebé el nombre de un color de pintura: Tiza, Corazón de esmeralda o Pasado por la quilla. Lapis Lazulila. Pom pom.

Catherine tenía pensado pedirle a Henry que guardara el televisor en el garaje, porque ya nadie la veía. También habían dejado de utilizar el microondas, un colador, algunos platos, y estaba vigilando la tostadora. Tenía una premonición, o más bien una intuición. No parecía que le pasara nada, aún no, pero tenía cierto presentimiento. Tenía un precioso par de pendientes que le había regalado Henry… ¿Cómo era posible tener miedo de unos pendientes con diamantes? Y aun así, le daban repelús. Carleton no quería construir cabañas con el juego de troncos, así que lo iban a llevar a la beneficencia; el bolso de armadillo de Tilly había desaparecido. Tilly no había dicho nada al respecto y Catherine no quiso hacer preguntas.

Algunas veces, si Henry no volvía a casa, Catherine pintaba después de que los niños se fueran a la cama. Tilly solía entrar en la habitación donde Catherine estaba trabajando, con la boca abierta y los ojos cerrados, una turista sonámbula. Se quedaba allí de pie con la cabeza ladeada en dirección a su madre. Si ella le hablaba, nunca respondía y si le cogía de la mano, la seguía hasta la cama y se acostaba de nuevo. Pero a veces Catherine dejaba que Tilly se quedara allí a hacerle compañía. Cuando estaba despierta nunca estaba tan atenta, tan presente. Tarde o temprano se daba media vuelta y se marchaba; Catherine la escuchaba subir las escaleras. Entonces volvía a quedarse sola.

 

 

Catherine sueña con colores. Resulta que su matrimonio era del mismo color con el que acababa de pintar el recibidor. Fundido a terciopelo. Leonard Felter —que tenía un affaire en curso con dos de sus estudiantes de posgrado, varias adjuntas, dos catedráticas y que tiró por tierra el departamento de Catherine pero salvó su matrimonio— sería un buen lápiz de labios o una buena laca de uñas. Labios de melocotón. Y la cocodrilo, un Eau de Vil particularmente nauseabundo, un color que sabe mal cuando lo pronuncias. Su madre, siempre decepcionada con las decisiones que Catherine tomaba, resultó ser un profundo, hermoso y rico color chocolate. ¿Por qué no se había dado cuenta de esto antes? Ya era demasiado tarde, demasiado tarde. Le daban ganas de llorar.

Está bebiendo pintura con Liz, espesa y pálida como la nata.

—Toma un poco más de pintura —le dice Catherine—, ¿quieres azúcar?

—Sí, mucho —le contesta Liz—. ¿De qué color vas a pintar los conejos?

Catherine le pasa el azúcar. Ni siquiera se había parado a pensar en los conejos, pero ¿a cuáles se refiere Liz? ¿A los de piedra o a los de verdad? ¿Cómo podrías hacer que se estuvieran quietos?

—Tengo algo para ti —dice Liz.

Es el bolso de armadillo de Tilly. Está lleno de catálogos de pintura y a Catherine se le hace la boca agua.

 

 

Henry sueña que tiene una cita con el exterminador de plagas.

—Tienes que ocuparte de esto —le dice—. Tenemos dos hijos y estos bichos podrían tener la rabia. Podrían ser portadores de la peste.

—Veré qué puedo hacer —le dice el exterminador, cabizbajo.

Está de pie junto a Henry y es un tipo lleno de tics y de aspecto extraño. Tiene las orejas muy grandes. Están contemplando los rascacielos que sobresalen de entre la hierba como si fueran obeliscos. El césped está repleto de rascacielos.

—Nunca he visto nada igual. Nunca he querido verlo. Pero si quieres oír mi opinión, creo que el verdadero problema es la casa…

—No te preocupes por mi esposa —dice Henry.

Se agacha junto a un rascacielos de estilo art déco y mira por una de las ventanas. Un hombrecito lo mira y sacude los puños mientras grita alguna obscenidad. Henry le da un golpecito con el dedo a la ventana, lo suficientemente fuerte como para estar a punto de romperla. Se acalora. Jamás ha sentido tanta ira en su vida, ni siquiera cuando Catherine le contó que se había acostado con Leonard Felter sin querer. Este pequeño cabrón se va a arrepentir de lo que quiera que haya dicho. Henry levanta el pie.

—Yo no lo haría —dice el exterminador—. Hay que desenterrarlos, sacar las raíces. Si no, podrían volver a crecer. Como tu casa, por ejemplo. Que en realidad, por decirlo de alguna manera, no es más que la punta de la lechuga iceberg. Seguramente haya setenta u ochenta pisos bajo tierra. ¿Ya has bajado por el ascensor? ¿Has hablado con la gente que vive ahí abajo? Es tu casa, ¿es que vas a dejarles vivir ahí sin pagar alquiler? ¿Vas a dejarles entrometerse de esa manera?

—¿Qué? —dice Henry y entonces oye helicópteros, cazas del tamaño de colibrís—. ¿Es realmente necesario? —le dice al exterminador.

Éste asiente.

—Es mejor pillarlos desprevenidos.

—A lo mejor nos estamos precipitando —dice Henry. Tiene que gritar para que se le oiga por encima del ruido de los diminutos, furiosos aviones de hojalata—. Quizá podamos resolverlo de manera pacífica.

—Hemrriii —dice el interrogador mientras sacude la cabeza—. Me has llamado porque yo soy el experto y tú sabías que necesitabas mi ayuda.

Henry quiere decirle «estás pronunciando mi nombre mal», pero no quiere ofender al funerario.

El caimán no deja de hablar.

—Escucha, Hemmriiii, y calla ya con lo de las negociaciones y eso, porque si no nos ocupamos de esto ahora mismo, podría ser demasiado tarde. No se trata de quién es el propietario de la casa o de cómo cuidar del césped. Hemrrii, esto es la guerra. Las vidas de tus hijos están en peligro. La felicidad de tu familia. Sé valiente. Sé fuerte. Agárrate fuerte al conejo y dispara cuando veas placer en sus miradas.

 

 

Se despertó.

—Catherine —susurró—. ¿Estás despierta? He tenido un sueño.

Catherine se rió.

—Es el teléfono, Liz —dijo—. Seguramente será Henry diciendo que va a llegar tarde.

—Catherine, ¿con quién estás hablando?

—Henry, ¿estás enfadado conmigo? ¿Es por eso que no vienes a casa?

—Estoy aquí.

—Coge tus conejos y tus cocodrilos y lárgate de aquí. Y después vuelve directo a casa. —Catherine se sentó en la cama y señaló con el dedo—: ¡Estoy harta de que me espíen esos conejos!

Entonces Henry se dio cuenta de que había algo junto a la cama, balanceándose atrás y adelante sobre los talones. Buscó el interruptor a ciegas, encendió la luz y vio a Tilly con la boca abierta y los ojos cerrados. Parecía mucho más grande que cuando estaba despierta.

—Es Tilly —le dijo a Catherine, pero Catherine volvió a tumbarse y se tapó la cabeza con la almohada.

Cuando la cogió en brazos para llevarla a la cama, Tilly estaba caliente y sudada, y le latía el corazón como si hubiera estado corriendo por toda la casa.

Henry recorrió la casa. Dio golpecitos en la pared, a modo de prueba. Pegó la oreja al suelo. No había ningún ascensor. Ninguna habitación secreta ni pasadizos ocultos.

 

 

Ni siquiera tienen sótano.

Tilly ha dividido el jardín en dos. Carleton no puede entrar en el lado de ella salvo que le dé permiso.

Desde el fondo de su mitad del jardín, donde los árboles bordean el camino de entrada para el coche, Tilly apenas puede ver la casa. Ha decidido llamar el jardín «El Reino Conejo de Matilda», porque le gusta mucho poner nombres a las cosas. Su madre le ha prometido que cuando nazca el nuevo bebé podrá ayudar a escoger un nombre real, pero sólo dos: el primero y el segundo. Tilly no comprende por qué sólo escogerán dos. Oishi significa «delicioso» en japonés. Sería un buen nombre tanto para el bebé como para el jardín, por la hierba. Ella sabe que el jardín no es tan grande como Central Park, pero le gusta igual aunque no haya pagodas ni castillos ni carruajes ni gente patinando. Hay muchísima hierba. Cientos de conejos. Viven en una gigantesca ciudad subterránea que quizá sea una ciudad como Nueva York. A lo mejor su padre puede dejar de trabajar en Nueva York y trabajar bajo el jardín. Ella podría ayudarle, ir con él al trabajo. Podría ser bióloga, como Jane Goodall y vivir bajo tierra con los conejos. El año pasado su ambición fue ir a vivir secretamente en el Metropolitan Museum of Art, pero alguien lo hizo antes que ella aunque sólo fuera en un libro. Tilly siente lástima de Carleton porque cualquier cosa que él haga, ella ya estará de vuelta. Ya lo habrá hecho.

Tilly ha dejado el bolso de armadillo sobresaliendo de una madriguera. Primero ensanchó el agujero y después tapó el armadillo con la tierra de manera que únicamente sobresaliese el hocico, pelado y brillante. Carleton lo desentierra con un palo, porque a lo mejor Tilly quería que lo encontrara. Quizá fuera un regalo para los conejos, pero, en ese caso, ¿qué hacía en su mitad del jardín? Cuando vivía en el apartamento tenía miedo del bolso, pero en la casa nueva había otras cosas que temer. Aun así, ándate con cuidado, Carleton. Será mejor que tengas cuidado. El bolso de armadillo parece estar diciendo «no me toques», así que no lo toca. Utiliza el palo para abrir la boca-abertura, saca los bienes más preciados de Tilly y los empuja uno a uno con el palo hasta que caen por el agujero. Entonces pega la oreja a la boca de la madriguera para escuchar cómo los conejos le dan las gracias. Dar las gracias es de buena educación, pero los conejos no dicen nada. Están aguantando la respiración, esperando a que se marche. Carleton también espera. El armadillo de Tilly, vacío, encantado y apestoso, hace que le lloren los ojos.

Alguien se acerca y se queda de pie detrás de él.

—Yo no he sido —dice—. Se han caído.

Pero cuando se gira, resulta que es la chica que vive en la casa de al lado. Alison. Tiene el sol detrás, la hace brillar. Carleton entrecierra los ojos.

—Si quieres puedes venir a mi casa —dice—. Me lo ha dicho tu madre. Me va a pagar quince pavos la hora, que es un montonazo de pasta. ¿Qué pasa, que tus padres son ricos? ¿Qué es eso?

—Es de Tilly —dice él—, pero creo que ya no lo quiere.

Ella lo recoge.

—Qué guay. A lo mejor se lo guardo yo.

En las profundidades de la tierra, los conejos dan patadas al suelo de rabia.

 

 

Catherine adora la casa. Le encanta su nueva vida. Nunca ha entendido por qué algunas personas se quedan atrapadas, por qué dejan de ser felices, son incapaces de cambiar y no saben adaptarse. Es cierto que no tiene trabajo, ¿y qué? Ya encontrará algo que hacer. Y que Henry todavía no puede dejar el trabajo o no quiere dejar el trabajo. Y que la casa está encantada. No importa. Ya se las arreglarán. Se compra libros de jardinería. Planta un rosal y una enredadera en una maceta. Tilly le ayuda. Los conejos se comen las hojas. Mordisquean la enredadera.

«Mierda», dice Catherine cuando ve lo que han hecho. Sacude los puños en dirección a los conejos que hay en el césped y ellos sacuden las orejas. Se están riendo y ella lo sabe, pero está demasiado gorda como para correr tras ellos.

 

 

—Henry, despierta. Despierta.

—Estoy despierto —dijo él. Se despertó entonces.

Catherine emitía inquietantes, ruidosos y húmedos sollozos. Tendió la mano y le tocó la cara. Le salían mocos de la nariz.

—No llores —le dijo—. Estoy despierto. ¿Por qué lloras?

—Porque no estabas aquí. Pero entonces me desperté y sí estabas, pero cuando me despierte por la mañana te habrás ido otra vez. Te echo de menos. ¿Es que tú no me echas de menos?

—Lo siento —dijo él—. Siento no estar aquí, pero ahora sí estoy. Ven.

—No —dijo ella. Paró de llorar, pero aún le goteaba la nariz—. Y ahora resulta que el lavavajillas está encantado. Tenemos que comprar uno nuevo antes de que tenga el bebé. No puedes tener un bebé y no tener lavavajillas. Y tú tienes que vivir con nosotros porque esta vez voy a necesitar ayuda. ¿Te acuerdas de Carleton? ¿Recuerdas que fue la hostia de difícil?

—Era un bebé muy llorón.

Cuando Carleton tenía tres meses, Henry se dio cuenta de que algo habían entendido mal. Los bebés no eran bebés: eran minas antipersona, trampas para osos, nidos de avispas. Eran un ruido que en ocasiones no era ni siquiera un ruido, sino un mero escuchar en espera de ese ruido. Eran un olor húmedo y terroso. La manifestación pegajosa, entrecortada y convulsa de lo contrario del sueño. En una ocasión, Henry se quedó mirando cómo Carleton dormía plácidamente en la cuna. No obedeció a su impulso. No se inclinó sobre el bebé ni le gritó al oído. Henry todavía no le había perdonado —todavía no, del todo no— que le hiciera sentir de aquella manera.

—¿Por qué tiene que gustarte tanto tu trabajo? —dijo Catherine.

—No lo sé. No me gusta tanto.

—No me mientas.

—Te quiero más a ti —dijo Henry. Y es cierto. Es cierto, quiere más a Catherine. Esa decisión ya la ha tomado, pero ella ni siquiera le está escuchando.

—¿Te acuerdas de cuando Carleton era pequeño y tú te levantabas por la mañana, te ibas a trabajar y me dejabas sola con ellos? —Catherine le hundió el dedo en las costillas—. Te odiaba por ello. Volvías a casa con comida para llevar y se me olvidaba que te odiaba; pero después me volvía a acordar y te odiaba aún más porque te resultaba tan fácil engañarme, hacer que todo volviera a ser normal sólo porque durante una hora podía tumbarme en la bañera, comer chino y lavarme la cabeza.

—Solías llevar una camisa de repuesto cuando salías —dice metiéndole la mano dentro de la camiseta, posándola sobre su pecho grande y redondo—. Por si se te escapaba la leche.

—No me toques ese pecho, está encantado.

Se sonó la nariz con las sábanas.

 

 

Lucy, la amiga de Catherine, tiene una tienda en Internet: Ropa bonita para gente gorda. Hay una mujer de Tarrytown que teje jerséis elásticos de rombos muy sexys exclusivamente para RBGG y Lucy tiene una cita con ella. Después quiere pasar a ver a Catherine, antes de volver a la ciudad. Catherine le dice cómo llegar y se pone a limpiar la casa, pero se siente un poco pachucha. No está segura de querer verla. Además Carleton siempre le ha tenido miedo, cosa que la avergüenza. Y no quiere hablar sobre Henry, no quiere tener que contarle lo del baño de la planta baja. Había pensado pasarse el día pintando las molduras de madera del comedor, y ahora eso tendrá que esperar.

Suena el timbre, pero cuando Catherine abre la puerta, no hay nadie. Más tarde, después de que Carleton y Tilly hayan llegado a casa, vuelve a sonar, pero tampoco hay nadie. Suena y suena como si Lucy estuviera ahí fuera, apretando el botón una y otra vez. Finalmente, Catherine arranca el cable. Intenta llamar a Lucy al móvil, pero no consigue hablar con ella. Entonces llama Henry. Dice que va a llegar tarde.

Liz abre la puerta y grita: «¡Hola! ¿Hay alguien en casa? Tenéis que ver los conejos, debe de haber miles. Catherine, ¿qué pasa con el timbre?».

 

 

Hasta ahora la bicicleta de Henry estaba bien, pero se preguntó qué harían si de pronto el Toyota también estuviera embrujado. A lo mejor Catherine querría venderlo. ¿Afectaría eso al precio de venta? Cuando llegó a casa no estaban ni Catherine ni los niños ni el coche, así que se puso un par de guantes de trabajo y recorrió la casa con una caja de cartón que llenó de todos los objetos que le parecían embrujados. Un cepillo para el pelo de la habitación de Tilly, un viejo par de zapatillas de deporte de Catherine. Unas braguitas de Catherine que encuentra a los pies de la cama. Al recogerlas sintió una repentina punzada de añoranza, como si lo hubiera alcanzado un extraño rayo sobrenatural. Le dio en la boca del estómago, como un calambre. Tiró las braguitas dentro de la caja.

El kimono de seda de Takashimaya. Dos de las lamparitas de noche de Carleton. Abrió la puerta de su oficina y dejó la caja dentro. Se le erizó el vello de los brazos. Cerró la puerta.

Entonces fue al piso de abajo y lavó los pinceles. Si los pinceles también estaban encantados y si Catherine los estaba tirando y comprando otros nuevos, no se lo había dicho. Quizá debería mirar la factura de la Visa. ¿Y cuánto estaban gastando en pintura?

Catherine entró en la cocina y lo abrazó.

—Me alegro de que estés en casa —le dijo. Apretó la nariz contra su cuello y aspiró—. He dejado el coche en marcha, tengo que hacer pis. ¿Puedes ir a recoger a los niños?

—¿Dónde están? —dijo Henry.

—En casa de Liz. Alison está haciendo de canguro. ¿Tienes dinero?

—¿Quieres decir que voy a conocer a los vecinos?

—Vaya, sí. Si crees que estás preparado, claro. ¿Lo estás? ¿Sabes dónde viven?

—Son vecinos, ¿no?

—Gira a la izquierda cuando salgas y sigue durante unos cuatrocientos metros. Es la casa roja con el montón de árboles delante.

Pero cuando llegó a la casa roja y llamó al timbre, no contestó nadie. Oyó que un niño bajaba unas escaleras corriendo y se paraba frente a la puerta.

—¿Carleton? ¿Alison? —dijo—. Disculpe, soy Henry, el marido de Catherine. El padre de Carleton y Tilly.

Los susurros cesaron. Henry esperó un poco. Cuando se agachó y levantó la tapa del buzón le pareció ver unos pies, el dobladillo de un abrigo, ¿algo peludo? ¿Un perro? ¿Alguien que estaba muy quieto, a la derecha de la puerta? Carleton jugando.

—Te veo —dijo moviendo los dedos por la boca del buzón.

Después pensó que quizá no fuera Carleton. Se levantó rápidamente y se dirigió al coche. Fue al pueblo y compró más jabón.

Cuando llegó a casa, Tilly estaba de pie en la entrada con los brazos en jarras.

—Hola, papá —dijo—. Estoy buscando a King Spanky. Ha salido fuera. Mira qué ha encontrado Alison.

Tendió la mano para mostrarle un diminuto arco de juguete que parecía encordado con seda dental y una flecha más pequeña que una aguja.

—Ten cuidado con eso, parece afilado. Es de la Barbie arquera, ¿no? ¿Os lo habéis pasado bien con Alison?

—Alison es maja —dijo Tilly antes de eructar—. Perdona, no me encuentro muy bien.

—¿Qué te pasa?

—Tengo el estómago un poco raro —dijo Tilly. Lo miró, frunció el ceño y le vomitó sobre la camisa y los pantalones.

—¡Tilly!

Se arrancó la camisa y usó la manga para limpiarle la boca. El vómito era verde y espumoso.

—Sabe horrible —dijo con aparente sorpresa—. ¿Por qué siempre sabe tan mal cuando vomitas?

—Para que no vayas por ahí haciéndolo por diversión. ¿Vas a vomitar otra vez?

—No creo —dijo con una mueca.

—Entonces voy a lavarme y a cambiarme de ropa. ¿Y qué has estado comiendo?

—Hierba.

—Entonces no me extraña. Pensaba que eras más lista, Tilly. No lo vuelvas a hacer.

—No tenía intención —dijo y escupió en la hierba.

Cuando Henry abrió la puerta oyó a Catherine hablar en la cocina.

—Lo más gracioso es —decía— que nada era cierto. Me lo inventé, como podría haber hecho Carleton. Simplemente para llamar la atención.

—Papá —dijo Carleton. Estaba dando saltos a la pata coja—. ¿Quieres que te cante una canción?

—He ido a buscarte. ¿Os ha traído Alison? ¿Tienes que ir al baño?

—¿Por qué no llevas ropa?

Alguien se rió en la cocina, como si le hubiera oído.

—He tenido un accidente —dijo Henry en voz muy baja—, pero tienes razón, Carleton. Debería ir a cambiarme.

Se duchó, aclaró y escurrió la camisa, se puso ropa limpia y cuando bajó a la cocina, Catherine, Carleton y Tilly estaban cenando cereales. Estaban usando cuencos de papel y cucharas de plástico, como si estuvieran de pícnic.

—Ha venido Liz, con Alison, pero se han ido al cine. Han dicho que ya te conocerán otro día. Ha sido horrible: cuando han entrado por la puerta, King Spanky ha salido corriendo. Lleva todo el día vigilando a los conejos. Si caza alguno, Tilly se va a disgustar.

—Tilly ha estado comiendo hierba.

Tilly puso los ojos en blanco. Vaya.

—¿Otra vez? Tilly, las personas reales no comen hierba. Oh, mira, fantástico, aquí está King Spanky. ¿Quién le ha abierto la puerta? ¿Qué tiene en la boca?

King Spanky se sienta de espaldas a ellos. Tose y algo cae al suelo, puede que una rana o un gazapo. Se mueve por el suelo con dificultad, arrastrando una pata. King Spanky se queda sentado, viendo cómo desaparece bajo el sofá. A Carleton le da un ataque y Tilly chilla «¡King Spanky malo! ¡Gato malo!». Cuando Henry y Catherine apartan el sofá ya es demasiado tarde: sólo está el gato y una pequeña mancha de sangre pegajosa en el suelo.

 

 

A Catherine le gustaría escribir una novela. Una en la que no salgan niños, porque el problema de este tipo de novelas es que siempre les ocurren cosas malas a ellos o a los padres. Quiere escribir algo divertido, algo romántico.

Ahora que está tan grande, no está cómoda sentada, así que ha empezado a escribir en las paredes. Escribe a lápiz. Bautiza a los personajes con nombres de pintura y se los imagina viviendo vidas felices, bonitas, útiles. Sin tostadoras encantadas. Ni madres ni hijos ni cocodrilos ni fotocopiadoras ni Leonards Felter. Escribe durante dos o tres horas y después repinta la pared antes de que los demás lleguen a casa. Ésa es siempre la mejor parte.

 

 

—Te necesito el fin de semana que viene —dijo la cocodrilo.

La bola de gomas elásticas estaba en el suelo, junto a la mesa. Tenía los pies sobre ella, en un intento de demostrar quién era el jefe. A la bola se le estaban subiendo los humos y alguien iba a tener que darle una lección, enviarle un memorándum.

Parecía cansada.

—No me necesitas —dijo Henry.

—Sí te necesito —dijo la cocodrilo bostezando—. Te necesito. Los clientes quieren llevarte a cenar al Four Seasons cuando vengan a la ciudad. Quieren ir a ver musicales contigo. Rent. El fantasma del cabaret león. Quieren ir contigo a Coney Island y comer perritos calientes. Quieren salir a tomar algo a los bares de moda para ligar con strippers, publicistas y artistas de performance. Quieren hablar contigo de poesía, filosofía, deportes, política, la pésima relación que tienen con sus padres. Quieren pedirte consejo sobre su vida amorosa. Que vayas a las bodas de sus hijos y propongas brindis. Cariño, eres indispensable. Espero que te des cuenta.

—Catherine y yo estamos teniendo problemas con unos conejos —dijo Henry. Eso era más fácil de explicar que el resto—. Han tomado el jardín. La cosa está un poco movidita.

—No sé nada de conejos —dijo la cocodrilo enterrando los afilados tacones en la carne de la bola de gomas hasta que sintió cómo manaba sangre de caucho rojo. Dejó a Henry paralizado con sus bonitos ojos acuosos—. Henry —dijo su nombre con tal suavidad que él tuvo que inclinarse hacia delante para escuchar lo que le decía—. Tienes lo mejor de dos mundos —le dijo—. Una esposa e hijos que te adoran, una preciosa casa en el campo, un trabajo seguro en una compañía que depende de ti, una jefa que aprecia tu talento, clientes que creen que eres la hostia. Lo eres, Henry, eres la hostia. Y la cuestión es que seguramente estarás pensando que nadie se merece tenerlo todo y que tienes que elegir. Crees que tienes que sacrificar algo. Pero no es así, Henry, no tienes que dejar nada y cualquiera que te diga lo contrario es un puto conejo. No les escuches. Puedes tenerlo todo. Te lo mereces. Tú amas tu trabajo. ¿No amas tu trabajo?

—Adoro mi trabajo.

La cocodrilo le sonríe con lágrimas en los ojos.

Es cierto. Adora su trabajo.

 

 

Cuando Henry llegó a casa debía de ser después de la medianoche, porque nunca llegaba antes. Se encontró a Catherine en la cocina, encaramada a una escalera con un pie apoyado en el fregadero. Llevaba puesta la máscara de gas, un sujetador de deporte de algodón negro y unos pantalones de chándal enrollados de manera que se veía que no llevaba ropa interior. Su tripa sobresalía tanto que para hacer subir y bajar el rodillo por la pared que tenía delante debía colocar los brazos en un ángulo bastante peculiar. Arriba y abajo en forma de V y después rellenar la V. Había pintado el techo de la cocina de un tono violeta tan oscuro que casi parecía negro. Berenjena de medianoche.

Catherine ha estado comprando pintura de un catálogo especializado. Los nombres están inspirados en libros famosos: Madame Bovary, Por siempre ámbar, Farenheit 451, El tambor de hojalata, Una cortina de follaje, Veinte mil leguas de viaje submarino. Estaba pintando las paredes de color Trampa 22, una novela que había enseñado una y otra vez a sus estudiantes. Siempre era bien recibida, y la pintura también era muy agradable. No era capaz de decidir si echaba de menos dar clases. El problema de enseñar y tener hijos es que uno siempre acaba tratando a sus hijos como estudiantes universitarios y a sus estudiantes como a niños. Hay un tono de voz particular que a veces incluso probó con Henry para ver si funcionaba.

Los armarios estaban todos rodeados de cinta de carrocero, como un escenario del crimen. La habitación apestaba a pintura fresca.

Catherine se quitó la máscara de gas.

—Lo ha escogido Tilly, ¿qué te parece?

Tenía los brazos en jarras y la barriga señalaba a Henry. La máscara le había dejado una marca blanca y roja alrededor de los ojos y la barbilla.

—¿Qué tal la cena? —dijo Henry.

—Hemos comido fettuccine. Liz y Marcus se quedaron a ayudarme a fregar.

(«¿Le pasa algo al lavavajillas?». «No. Quiero decir, sí. Vamos a comprar uno nuevo»).

Había tenido una sensación. Una sensación como un déjà vu o como estar borracha o como enamorarse. Como dar clases. Se había imaginado un público de conejos sentado en el césped, observando la cena. Una clase llena de conejos viendo un documental. Televisión coneja. Había tenido una sensación eléctrica en la piel.

—¿Así que ella es abogada? —dijo Henry.

—Aún no los conoces —dijo Catherine en un repentino arrebato posesivo—. Pero a mí me caen bien. Muy bien, la verdad. Querían saberlo todo sobre nosotros. Sobre ti. Me parece que creen que o bien tenemos problemas de pareja o bien que tú eres imaginario. Al final me llevé a Liz al piso de arriba y le enseñé tus cosas del armario. Saqué el álbum de la boda y les enseñé las fotos.

—Podríamos invitarles a venir el domingo, comer en el jardín.

—El fin de semana no están aquí. El viernes se van a las montañas, tienen una casa. Nos han invitado. A ir con ellos.

—No puedo. El fin de semana que viene tengo que ocuparme de unos clientes. Unos peces gordos. Tenemos problemas de liquidez. Además, ¿tú puedes ir? ¿Se lo has preguntado a tu médico? A… ¿cómo se llama? ¿Al doctor Marks?

—¿Te refieres a si me han firmado un permiso? —dijo Catherine. Henry le puso la mano sobre la pierna y no la movió de allí—. El doctor Marks dice que estoy limpia como una patena. Eso fue lo que dijo exactamente. O quizá fuera fresca como una lechuga. Era un símil.

—Entonces supongo que será mejor que vayas —dijo Henry apoyando la cabeza en la tripa. Ella le dejó hacerlo, parecía tan cansado—. Antes de que llegue Carrito de Golf o… ¿cómo lo llama Tilly ahora?

—Está por aquí. No hago más que meterla en la cama y ella vuelve a bajar. A lo mejor te está buscando.

—¿Has recibido mi e-mail?

Henry estaba escuchando los ruidos de la tripa de Catherine y no pensaba dejar de tocarla hasta que ella se lo dijera.

—Ya sabes que no puedo mirar el correo en tu ordenador.

—Qué estupidez. La casa no está embrujada. Las casas embrujadas no existen.

—No es la casa —dijo Catherine—. Son las cosas que trajimos nosotros. Menos el baño de la planta baja, pero eso podría ser una corriente de aire o un problema eléctrico. La casa está perfectamente. La adoro.

—Nuestras cosas están perfectamente. Me encantan nuestras cosas.

—Si realmente lo crees, ¿por qué compraste un despertador nuevo? ¿Por qué no dejas de tirar el jabón?

—Es el cambio. Ha sido un cambio difícil.

—King Spanky lleva tres días sin comer. Al principio creía que era la comida, pero compré comida nueva y él bajó y se la comió, y me di cuenta de que no era eso; era King Spanky. No he podido dormir en toda la noche porque sabía que estaba arriba, debajo de la cama. Pobre tío raro. No sé qué hacer. ¿Lo llevo al veterinario? ¿Y qué le digo? ¿Lo siento pero creo que mi gato está embrujado? De todos modos no consigo que salga de debajo de la cama. Ni siquiera con el despertador viejo, el encantado.

—Ya lo intento yo. Déjame ver si consigo sacarlo —dijo Henry, pero no se movió. Catherine le estiró de un mechón de pelo y él levantó la mano. Ella le dio el rodillo y él desmontó el cilindro, lo metió en una bolsa y lo puso en el congelador, que estaba lleno de brochas y más rodillos. Ayudó a Catherine a bajar de la escalera—. Ojalá dejaras de pintar.

—No puedo —dijo ella— tiene que quedar perfecto. Si consigo acertar con los colores todo volverá a ser normal, todo dejará de estar embrujado y los conejos no escarbarán túneles debajo de la casa ni harán que se hunda, y tú volverás a casa y te quedarás, y nuestros vecinos te conocerán por fin y os caeréis muy bien, y Carleton dejará de tener miedo de todo y Tilly se dormirá en su cama y se quedará allí toda la noche y…

—Escucha: todo va a salir bien. Estamos bien. Este color me gusta mucho.

—No sé —dijo Catherine y bostezó—. ¿No crees que parece demasiado anticuado?

Subieron, y ella se dio un baño mientras él intentaba convencer a King Spanky de que saliera de la cama, pero no había manera. Cuando Henry se puso a cuatro patas y metió la linterna debajo de la cama, vio los ojos del gato y la cola, colgando de la parte inferior de la base.

Fuera, en el jardín, los conejos estaban completamente inmóviles. De vez en cuando daban un salto, media vuelta en el aire, volvían a caer y se quedaban paralizados de nuevo. Catherine estaba frente a la ventana del baño, secándose el pelo con una toalla. Apagó la luz para poder verlos mejor. La luz de la luna resaltaba sus ojos brillantes, el pelaje de color lunar, todas las greñas de pelo con las puntas teñidas de pintura. Estaban jugando a algún juego de conejos como saltar al potro. O bailando la cuadrilla. Librando una batalla conejil. ¿Los conejos luchan? Catherine no tenía ni idea. Se abalanzaban unos sobre otros y salían disparados como una flecha, saltaban, se agachaban y se alzaban sobre las patas traseras. Un par de conejos salió a la carrera como dos caballos, surcando el aire hacia una forma larga y curvada que había sobre el césped. Y otra vez de vuelta. Pegó la cara a la ventana. Era Tilly, tendida en la hierba; tenía las piernas y los pies desnudos, pálidos.

—Tilly —dijo, y salió corriendo del baño llevando tan sólo la toalla enrollada en la cabeza.

—¿Qué pasa? —dijo Henry cuando Catherine pasó volando junto a él y corrió escaleras abajo.

La siguió a toda prisa y cuando ella abrió la puerta y se arrodilló junto a la niña con la hierba mojada haciéndole cosquillas en los muslos y la tripa, Henry también estaba allí. Él cogió a la niña en brazos y la llevó hasta la casa. La envolvieron en una manta y la metieron en la cama, y como ninguno de los dos quería dormir en la cama donde King Spanky se escondía, se tumbaron en el sofá del salón, acurrucados. Cuando se despertaron por la mañana, Tilly estaba durmiendo a sus pies hecha una bola.

 

 

El año pasado, durante uno o dos minutos, Catherine pensó que tenía la solución. Estaba casada con un hombre cuya especialidad era resolver problemas, salvar situaciones difíciles. Si hacía algo lo suficientemente dramático, si lo jodía todo lo suficiente, eso salvaría su matrimonio. Y así fue, sólo que una vez el problema se hubo resuelto, el matrimonio se hubo salvado, el bebé fue concebido y la casa comprada, Henry volvió al trabajo.

Se queda de pie frente a la ventana de la habitación y mira los árboles. Por un momento imagina que Carleton tiene razón y están viviendo en Central Park, que la Quinta Avenida está ahí al lado. La oficina de Henry está a unas cuantas manzanas. Todos esos conejos no son más que turistas.

 

 

Henry se despierta en mitad de la noche. Hay gente en el piso de abajo. Oye voces de mujeres, risas; se da cuenta de que debe de ser una reunión del club de lectura de Catherine. Sale de la cama. Todo está oscuro. «Pero ¿qué hora debe de ser?»; sin embargo, el despertador vuelve a estar embrujado, así que lo desenchufa. Mientras baja las escaleras una voz dice: «Vaya, ¡fíjate!», y después: «¡Todo este tiempo ha estado justo debajo de sus narices!».

Henry recorre la casa encendiendo todas las luces. Tilly está de pie en mitad de la cocina.

—¿Quién llama, si no le importa? —dice. Tiene el móvil de Henry encajado entre el hombro y la cara. Lo está sujetando del revés. Tiene los ojos abiertos, pero está dormida.

—¿Con quién hablas? —le pregunta Henry.

—Los conejos.

Ella ladea la cabeza, escuchando. Entonces se ríe.

—Llame más tarde —dice—. Ahora no quiere hablar con usted. Sí. De acuerdo —le pasa el teléfono a Henry—. Dicen que no es nadie a quien conozcas.

—¿Estás despierta? —dice Henry.

—Sí —dice Tilly, aún dormida.

La lleva arriba. Hace una cama con almohadas dentro de un armario y la tumba encima. La tapa con una manta. Si ella se niega a despertarse en la misma cama en la que se acostó, quizá deberían convertirlo en un juego. Si no puedes vencer al enemigo, únete a él.

 

 

Catherine nunca tuvo un lío con Leonard Felter. Ni siquiera se había acostado con él. Sólo dijo que lo había hecho porque estaba muy enfadada con Henry. Podría haberlo hecho, tuvo oportunidades. Y, de algún modo, él era un encanto: el único miembro del departamento que podía hacer que la fotocopiadora fotocopiara y siempre era agradable con todas las secretarias. Al final resultó que era demasiado agradable. Y cuando descubrieron que Leonard Felter se había estado follando a todo el mundo, Catherine sintió que no podía retirar lo que había dicho y Henry y ella fueron juntos a terapia. Él se tomó un descanso del trabajo. Llevaron a los críos a Yosemite. Se quedaron embarazados. Ella sintió remordimientos por algo que no había hecho y Henry la perdonó. En realidad lo que hizo fue salvar el matrimonio, pero era el tipo de truco que sólo podías hacer una vez.

Si alguien tenía que salvar el matrimonio por segunda vez, tendría que ser Henry.

 

 

Henry salió a buscar a King Spanky. Iba a llevarlo al veterinario y tenía el trasportín en el coche, pero ni asomo del gato. Era la primera hora de la tarde y había conejos en el césped. En el cielo, un pájaro colgaba inmóvil de un gancho de aire. Henry estiró el cuello y miró hacia arriba. Era grande; un halcón, quizá. Dibujó un círculo, dos, tres y entonces se desplomó como una piedra en dirección a los conejos. Éstos no se movieron. La manera en que estaban esperando, como si se tratara de un juego, tenía algo de extraño. El pájaro descendía, se cerró como un paraguas y entonces dio una sacudida, un giro en el aire y siguió cayendo con las alas lánguidas. Se estrelló contra la hierba en una nube de plumas. Los conejos se acercaron, como si estuvieran investigando.

Henry quiso verlo por sí mismo. Los conejos se dispersaron y el jardín quedó vacío. Ni conejos ni pájaro. Pero Henry vio que algo se movía junto a los árboles y el camino para bicicletas. King Spanky agitó la cola furiosamente y se escapó hacia el bosque.

Cuando volvió de entre los árboles los conejos habían regresado y de nuevo montaban guardia en el jardín. Catherine le estaba llamando.

—¿Dónde estabas? —dijo ella. Llevaba la máscara alrededor del cuello y tenía una mancha de pintura en el brazo. Caballo de whiskey. Había pintado el armario de la ropa de cama.

—King Spanky se ha largado —dijo Henry—. No he podido atraparlo. He visto una cosa rarísima: había un pájaro que quería cazar a los conejos y de pronto se desplomó…

—Ha venido Marcus —dijo ella. Tenía las mejillas enrojecidas. Él sabía que si la tocaba, notaría su piel caliente—. Ha pasado por aquí para ver si querías ir a jugar a golf.

—¿Quién quiere jugar al golf? Yo quiero ir arriba contigo. ¿Dónde están los niños?

—Alison los ha llevado al pueblo a ver una película. Los voy a recoger a las tres.

Henry le levantó la máscara del cuello y se la colocó en la cara. Le desabrochó la camisa y el sujetador.

—Será mejor que te quites esto —dijo él—. Será mejor que te quites toda la ropa. Está embrujada.

—¿Sabes cuál sería un buen color de pintura? No me puedo creer que no la haya inventado nadie aún. Amarillo pegajoso. ¿Y qué te parece King Spanky?

Su voz sonaba como la de Darth Vader, quizá lo estuviera haciendo a propósito. Henry pensó que era sexy: Darth Vader embarazado de su hijo. Ella le puso la mano en el pecho y empujó; no muy fuerte, pero más de lo que pensaba. Resulta que con tanto pintar le habían salido músculos. Le será útil cuando tenga que cargar con otro crío.

—Amarillo pegajoso, genial. Pero nada de King Spanky. Como nombre de pintura es pésimo.

 

 

Catherine estaba pintando la habitación de Tilly de Broma de lavanda para darle una sorpresa. Pero cuando lo vio, se echó a llorar.

—¿Por qué has tenido que cambiarlo? Me gustaba como estaba antes.

—Creía que te gustaba el violeta —dijo Catherine atónita. Se quitó la máscara.

—Odio el violeta y te odio a ti. Estás gorda; pregúntaselo a Carleton, él también lo piensa.

—¡Tilly! —Catherine se rió—. Estoy embarazada, ¿recuerdas?

—Eso es lo que tú te piensas —dijo Tilly antes de salir corriendo de la habitación, pasillo abajo. Se oyeron golpes y crujidos, ruido de cosas rompiéndose.

—¡Tilly!

Estaba en mitad de la habitación de Carleton y a su alrededor yacían los restos desparramados de las lamparitas de noche, lámparas y bombillas. La moqueta estaba cubierta de cristales. Tilly tenía los pies descalzos y cuando Catherine bajó la mirada se dio cuenta de que ella tampoco llevaba zapatos.

—No te muevas, Tilly.

—Estaban encantadas —dijo, y se echó a llorar.

 

 

—¿Cómo es que tu padre no está nunca en casa? —preguntó Alison.

—No lo sé —dijo Carleton—. ¿Sabes qué? Tilly me ha roto todas las lamparitas de noche.

—Sí. Debes de estar muy enfadado.

—No, menos mal que lo hizo. Estaban encantadas y ella no quería que tuviera miedo.

—Pero ¿no tienes miedo de la oscuridad?

—Tilly dice que no debería tenerlo. Dice que los conejos se quedan despiertos toda la noche y que cuando está oscuro se ocupan de que no pase nada. Una vez ella durmió fuera y los conejos la protegieron.

—Así que este fin de semana lo pasarás con nosotros.

—Sí.

—Pero tu papá no vendrá.

—No. No lo sé.

—¿Quieres subir más alto? —dijo Alison. Empujó el columpio y le hizo elevarse hacia el cielo.

 

 

Cuando Henry apoya la mano contra la pared del salón, ésta cede ligeramente, como si estuviera embarazada. La pintura de debajo de la pintura aún no se ha secado. Camina por toda la casa recorriendo las paredes con las manos. Catherine ha pintado un mural en el recibidor: árboles y más árboles y más árboles. Árboles dorados con hojas marrones y verdes y rojas; árboles rojizos con hojas moradas, amarillas y rosas. Ha pintado algunas en el suelo, como si hubieran caído.

—Catherine —dice—, tienes que dejar de pintar las putas paredes. Las habitaciones están encogiendo.

Nadie contesta. Catherine, Tilly y Carleton no están. Es la primera vez que pasa la noche solo en esta casa y no puede dormir. No hay televisión. Henry tira a la basura todas las brochas de Catherine. Pero cuando ella llegue a casa, comprará otras nuevas.

Duerme en el sofá y durante la noche alguien viene y se queda de pie delante de él, mirando como duerme. Tilly. Entonces se despierta y recuerda que Tilly no está.

Los conejos vigilan la casa durante toda la noche. Es su deber.

 

 

Tilly está hablando con los conejos. Fuera hace frío y ha perdido los guantes.

—¿Cómo te llamas? Qué bonito eres, muy bonito. —Está a gatas. Mientras tanto, Carleton observa desde su lado del jardín.

—¿Puedo ir? —dice él—. Por favor, ¿puedo ir?

Tilly lo ignora. Se pone a gatas y se acerca más a los conejos. Hay tres, y uno de ellos está tan cerca que podría tocarlo. Si moviera la mano lentamente, quizá podría agarrarlo por las orejas. Podría atraparlo y amaestrarlo. Necesitan un conejo porque King Spanky está embrujado y pasa la mayor parte del tiempo fuera. Sus padres tienen la puerta de la habitación cerrada para que no pueda entrar.

—Buen conejo —dice Tilly—, quédate quieto. Quieto.

Los conejos mueven las orejas. Carleton se pone a cantar una canción que les ha enseñado Alison, una canción para saltar a la comba. Carleton es una nenaza. Tilly tiende la mano. El conejo tiene algo enredado alrededor del cuello, como un pedazo de cuerda o una correa. Se menea un poco para acercarse aún más, con la mano tendida, y lo mira atentamente. Se fija bien y no puede creer lo que ve. Detrás de las orejas del conejo, hay una persona, un hombrecito sentado a horcajadas agarrándose con una mano al pelaje y al pedazo de cuerda anudada. Echa la otra mano hacia atrás, como si fuera a lanzar algo. La mira directamente a la cara, su mano vuela hacia delante y ella siente que algo topa con la suya. La retira, atónita.

—¡Oye! —dice. Cae sobre su costado y ve cómo los conejos se alejan dando saltos—. ¡Escuchad! ¡Volved!

—¿Qué? —grita Carleton. Está desesperado—. ¿Qué haces? ¿Por qué no me dejas ir?

Ella cierra los ojos un momento. Cállate, Carleton. Cállate y ya está. Siente un dolor palpitante en la mano, se tumba, se acerca la mano a la cara. Cállate.

Cuando se despierta, Carleton está sentado a su lado.

—¿Qué haces en mi lado del jardín? —dice. Él se encoge de hombros.

—¿Qué haces? —dice él balanceándose sobre las rodillas—. ¿Por qué te has caído?

—¿A ti qué te importa?

No consigue recordar qué estaba haciendo. Todo tiene un aspecto un tanto extraño, especialmente Carleton.

—¿Y a ti qué te pasa? —le dice.

—No me pasa nada —dice Carleton, pero no es cierto. Observa su rostro y empieza a sentir náuseas, como si hubiera comido hierba. ¡Menudos conejos más listos! La han distraído y mientras no prestaba atención, alguien ha embrujado a Carleton.

—Sí que te pasa —dice Tilly sin acordarse de tener miedo, sin acordarse de que le duele la mano, enfadándose. Ella no tiene la culpa. La tiene su madre, su padre y también Carleton. ¿Cómo ha dejado él que ocurriera?—. Pero tú ni te das cuenta. Voy a decírselo a mamá.

El Carleton embrujado sigue siendo un Carleton al que puede dar órdenes.

—No se lo digas —suplica él.

Tilly hace como que se lo piensa, aunque ya está decidida. Porque, ¿qué puede decir? Su madre o bien se dará cuenta de que algo pasa con Carleton o bien no. Es mejor esperar y ver.

—Pero aléjate de mí —le dice—. Me das escalofríos.

Él se echa a llorar, pero Tilly se mantiene firme. Da media vuelta y regresa lentamente hacia su mitad del jardín, sollozando. El resto de la tarde lo pasa sentado detrás de la azalea, en el límite de su mitad, y llora. A Tilly le dan escalofríos y le duele la mano muchísimo, justo donde algo le ha picado. Los conejos están todos escondidos bajo tierra y King Spanky ha salido a cazar.

 

 

—¿Qué le pasa a Carleton? —dijo Henry al bajar las escaleras. No podía dejar de bostezar, y no por estar cansado, aunque lo estaba. No le había querido dar un beso de buenas noches a Carleton por si acaso se estaba poniendo enfermo. No quería que se contagiara, pero en realidad parecía que Carleton también se estaba poniendo malo.

Catherine se encogió de hombros. Tenía un montón de muestras de colores de pintura colocadas sobre la tripa como si estuviera jugando al solitario. Durante todo el fin de semana, lejos de casa, estuvo pensando en volver a pintar la oficina de Henry. Nunca había pintado una habitación embrujada. A lo mejor sería buena idea mezclar agua bendita con la pintura. Pero no estaba segura: de todas formas, ¿qué era el agua bendita? ¿Se podía comprar?

—Tilly se está portando mal con él —dijo ella—. Ojalá hicieran amigos aquí. No deja de hablar del bebé nuevo, de cómo lo cuidará. Dice que puede dormir en su habitación. He intentado explicarle cómo son los bebés, que todo lo que hacen es dormir, comer y llorar.

—Y hacerse cada vez más grandes —dice Henry.

—Sí, también. ¿Se ha dormido sin problemas?

—Al final sí, pero se está comportando de manera muy rara.

—Pues como siempre —dijo Catherine bostezando—. ¿Ha terminado Tilly de hacer los deberes?

—No lo sé. No, no como siempre. Raro, pero un raro diferente. Igual está pasando por alguna fase extraña. Tilly quería que la ayudara con las mates, pero no me salían las cuentas. Entonces, ¿qué pasa con mi oficina?

—La he vaciado. Alison y Liz vinieron y me echaron una mano. Les he dicho que íbamos a redecorar. No entiendo por qué somos los únicos que nos damos cuenta de que aquí todas las putas cosas están encantadas.

—¿Dónde has puesto mis cosas? ¿Qué pasa?

—Ahora no estás trabajando aquí —señaló Catherine. No parecía enfadada, sólo cansada—. Además, todo estaba embrujado, ¿no? Así que he llevado el ordenador a la tienda para que le echaran un vistazo. No sé, a lo mejor pueden desembrujarlo.

—Bien —dijo Henry—. Vale. ¿Eso es lo que les has dicho? ¿Que está embrujado?

—No seas ridículo —dijo descartando una muestra por parecerse demasiado al limón—. He oído lo de la amenaza de bomba en la radio.

—Sí. El metro estaba lleno de críos con el pelo rapado y metralletas. Hemos tenido que evacuar el edificio durante una hora. Hemos tenido que salir todos fuera y quedarnos allí como pasmarotes, abrazados a los portátiles por si acaso. La cocodrilo ha sacado la bola de gomas elásticas, y debe de pesar unos quince kilos. Creo que a la gente le ha parecido demasiado raro, incluso a los bomberos. Yo creía que los artificieros la iban a hacer explotar. ¿Qué tal el fin de semana?

—Háblame tú del tuyo.

—Lo de siempre. Esos clientes son unos gilipollas. Pero como no lo saben, pues es como si no pasara nada. Tienes que tenerles lástima. Y ellos no lo pillan, tienes que explicarles cómo divertirse, pero ellos se ponen ansiosos y beben demasiado, así que tú también tienes que beber. Hasta la cocodrilo acabó borracha. Hizo un bailecito con las caderas con una canción de Pete Seeger. ¿Qué tal es la casa?

—Es agradable. Ya sabes, muy agradable.

—¿Ha sido un buen fin de semana? ¿Carleton y Tilly se lo han pasado bien?

—Ha sido muy agradable. No, de verdad, ha sido genial. Me lo he pasado de puta madre. ¿Estás seguro de que el jueves llegarás para la cena?

Pero no era una pregunta.

—Carleton tiene pinta de estar poniéndose enfermo —dijo Henry—. Tócame la frente. ¿Crees que estoy caliente o es que aquí hace frío?

—Estás bien. Vendrán Liz y Marcus y algunas de las mujeres del club de lectura con sus maridos. Y, ¿cómo se llama?, la agente de la inmobiliaria. A ella también la he invitado. ¿Sabías que ha escrito un libro? ¡Era yo la que quería hacer eso! Mañana compraré el lavavajillas nuevo, nada de platos de plástico. Y el lunes vendrá el especialista del césped para ocuparse de los conejos. He pensado en llevar a King Spanky al veterinario, a Carleton y Tilly a la ciudad y quedarme dos o tres días en casa de Lucy con ellos. ¿Sabes que intentó encontrar nuestra casa y se perdió? Se supone que ella también vendrá a la cena. Quiero quedarme allí por si el veneno tarda en desaparecer o por si acabamos con un montón de conejos muertos en el jardín. Tú tienes que encargarte de que no haya conejos cuando vuelva con los niños.

—Sí, creo que puedo ocuparme de eso.

—Más vale.

Catherine se puso en pie con cierta dificultad, se acercó a él y se apoyó en su silla. Le dio con la tripa en el hombro. Tenía el aliento caliente y las manos llenas de muestras de pintura.

—A veces me gustaría que, en lugar de trabajar con la cocodrilo, estuvieras teniendo un lío con ella. Quiero decir, que en ese caso volverías a casa cuando debes. No querrías que yo sospechara.

—No tengo tiempo para líos con nadie.

Henry parecía molesto. Puede que estuviera pensando en Leonard Felter o quizá se hubiera imaginado a la cocodrilo desnuda. La cocodrilo con un traje elástico de caucho rojo. Catherine se imaginó diciéndole la verdad a Henry sobre Leonard Felter. No tuve un lío con él. No. Me lo inventé. ¿Te supone un problema?

—Eso es exactamente a lo que me refiero. Vendrías a cenar. Vives aquí, Henry. Eres mi marido. Quiero que conozcas a nuestros amigos, que estés aquí cuando tenga el bebé. Quiero que arregles el baño de la planta baja. Que hables con Tilly; lo está pasando mal y no quiere hablar conmigo del tema.

—Tilly está bien. Anoche hablamos un buen rato: dice que siente haber roto las lamparitas de Carleton. Por cierto, me gustan los árboles. ¿No irás a pintar encima de ellos?

—Me sobraba un poco de pintura y estaba cansada de pintar con el rodillo, sin más. Quería hacer algo más complicado.

—Cuando pintes mi oficina podrías dibujar algún árbol.

—Puede que sí. Aahhh, este bebé no deja de darme patadas —Catherine se tumbó en el suelo delante de él y apoyó los pies en sus rodillas—. Hazme un masaje en los pies. Todavía me queda la hostia de pintura, pero cuando haya hecho tu oficina, dejaré de pintar. Tilly me dijo que ya estaba bien y, además, ahora me esconde la máscara. ¿Vendrás para la cena?

—Llegaré para la cena —dijo Henry masajeándole los pies. Estaba convencido de ello. Pensaba en el exterminador de plagas, en cadáveres de conejo esparcidos por el jardín como un campo de batalla. Pobres conejos, menudo desastre.

Después de ir al terapeuta y de ir a Yosemite y volver a casa, Henry le dijo a Catherine: «No quiero volver a hablar del tema. No quiero volver a hablar de ello jamás. ¿Crees que será posible?». «¿Hablar sobre qué?», le dijo ella. Pero la verdad es que casi le daba pena; le había supuesto un esfuerzo enorme. Había tenido que inventarse tantos detalles que al final le parecía que no se los había inventado en absoluto. Fingir que no había pasado, cuando, después de todo, no había pasado, era demasiado extraño, demasiado confuso.

 

 

Catherine se está vistiendo para la cena. Cuando se mira en el espejo se ve tan gorda como un buque de cruceros. Una torre de agua. No parece ella en absoluto. El bebé le da una patada en las costillas.

—Para ya —le dice. Está segura de que el bebé será una niña, y a Tilly eso no le va a hacer gracia. Se ha portado muy bien durante todo el día. Le ha ayudado a hacer la ensalada. Ha puesto la mesa. Se ha puesto un vestido bonito.

Tilly se ha escondido debajo de una mesa en el recibidor para que Carleton no la encuentre. Si la encuentra, ella chillará. Carleton está embrujado y nadie lo ha notado, sólo ella se preocupa por eso. Repite entre dientes nombres para el bebé. Cucharada. Champú. Natilla. Pom pom. Los conejos están en el jardín y King Spanky se ha vuelto a meter en la cama y no quiere salir ni por un millón de despertadores encantados.

Su madre ha pintado árboles en la pared que hay debajo de la escalera. No parecen reales, los colores no son los verdaderos. No se parece a Central Park para nada. Entre los árboles, su madre ha dibujado una puerta. No es una puerta de verdad, pero cuando Tilly se acerca para mirarla, resulta que sí lo es. Tiene un pomo y, al girarlo, la puerta se abre. Debajo de la escalera hay otra escalera con pequeños escalones de tierra que descienden hacia abajo. En el tercer escalón hay un conejo sentado que mira a Tilly. Da un saltito hacia abajo, un escalón, después otro. Y otro.

—¡Enano Saltarín! —le dice al conejo—. ¡Pintalabios!

Catherine va al armario para sacar la camisa rosa de Henry. ¿Cómo se llama la agente de la inmobiliaria? ¿Por qué nunca consigue recordarlo? Deja la camisa sobre la cama y se queda mirándola un instante, atónita. Esto es demasiado. La camisa rosa está embrujada. Saca todos los trajes de Henry, sus camisas y corbatas. Todo embrujado. Cada puta cosa está embrujada, incluso los putos zapatos. Cuando abre los cajones, los calcetines, la ropa interior, los pañuelos, todo, todo está estropeado. Todo encantado. Henry no tiene nada que ponerse. Va abajo, coge bolsas de basura, vuelve a subir y mete la ropa en bolsas.

Desde allí ve a Carleton enmarcado por la ventana de la habitación. Está persiguiendo conejos con un palo. Abre la ventana, se asoma y grita.

—¡Apártate de esos putos conejos, Carleton! ¿Me oyes?

No reconoce su propia voz.

Tilly corre en el piso de abajo. También está chillando, pero su voz se aleja y se aleja, y se hace cada vez más débil. Grita: «¡Cepillo! ¡Zepelín! ¡Torpedo! ¡Mermelada!».

Suena el timbre.

 

 

La cocodrilo se echó a reír.

—Vale, Henry. Cálmate.

Él disparó otra goma elástica.

—En serio —dijo él—, ya llego tarde. Voy a llegar tarde. Me va a matar.

—Dile que es culpa mía —dijo la cocodrilo—. ¿Qué pasa si empiezan a cenar sin ti? Ya ves…

—He intentado llamar, pero no contestan.

Tenía la sospecha de que el teléfono estaba embrujado y por eso Catherine no contestaba. Tendrían que comprar uno nuevo. Quizá el especialista en céspedes conociera a un especialista del hogar. Quizá alguien pudiera ayudarles de alguna manera.

—Debería irme a casa —dijo él—. Debería irme ahora mismo. —Pero no se levantó—. Creo que la he cagado con Catherine. Creo que ahora mismo las cosas no van demasiado bien.

—Cuéntaselo a otro a quien le interese —le sugirió la cocodrilo secándose las lágrimas—. Largo de aquí. Vete a coger el tren. Que pases un buen fin de semana. Nos vemos el lunes.

 

 

Así que Henry se va a casa, tiene que irse a casa; pero, por supuesto, llega tarde, demasiado tarde. El tren está embrujado. Cuanto más se acercan a su estación, más embrujado está, aunque el resto de pasajeros no parece darse cuenta. Y, por supuesto, resulta que su bicicleta también lo está. La deja en la estación y camina hacia la casa por el caminito, en medio de la oscuridad. Algo lo sigue hasta allí, quizá sea King Spanky.

Ahí está el jardín y ahí está su hogar. Se siente maravillado por su casa y lo iluminada que está. Se puede ver a través de las ventanas; se puede ver el salón, que Catherine ha pintado de color Cangrejo fantasma. Las molduras son de color Rat Fink. Catherine ha trabajado duro. El camino de entrada está lleno de coches y dentro hay gente cenando, admirando los árboles de Catherine. No le han esperado, menos mal. Sus vecinos: quiere mucho a sus vecinos. Les querrá en cuanto los conozca. Cualquier día de éstos su mujer tendrá el bebé. Su hija dejará de ser sonámbula. Su hijo no estará embrujado. La luna brilla y su luz pinta el mundo de un color que no había visto jamás. «Oh, Catherine, espera a ver esto». Césped reluciente, conejos relucientes, mundo reluciente. Los conejos están en el jardín. Le han estado esperando, llevan todo este tiempo esperando. Ahí hay un conejo, su propio conejo. ¿Quién necesita una bicicleta? Se monta en el conejo, aprieta las piernas contra sus cálidas, sedosas y relucientes ijadas y, con una mano, se sujeta al pelaje y a la cuerda que lleva al cuello. Tiene algo en la otra mano y al fijarse ve que es una lanza. A su alrededor, los otros están montados en sus conejos, esperando pacientemente, en silencio. Han estado esperando durante muchísimo tiempo, pero la espera está a punto de acabar. Dentro de un ratito, la cena habrá terminado y comenzará la guerra.